Los maestros del Apra

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Hace 22 años, las toneladas de ropa y víveres que el Cuerpo de Bomberos del Perú llevó a la zona del desastre en Chosica, fueron saqueadas por los maestros apristas

Se va desdibujando el nubarrón causado por el terremoto en Ica y ciertas cosas del pasado empiezan a revelarse. Al menos en mi cabeza.

Por ejemplo, descubiertos y denunciados hace poco aquellos funcionarios municipales que supuestamente se robaban los donativos para los damnificados de Ica, una escena de mi niñez regresa con mucha insistencia: Era 1985 o 1986, tenía 11 o 12 años y era mini bombero, pues mi papá era comandante de la compañía de bomberos Antonio Alarco del Callao y mi mamá era la respectiva presidenta del comité de damas. Luego mi hermano mayor, Italo, pasaría a formar parte de la familia bomberil.

Chosica se encontraba destruida e incomunicada por una serie de huaicos y todos los bomberos del Callao, como si su voluntariado y generosidad no fueran suficientes en medio de una tragedia, habían juntado toneladas de ropa nueva donada por grandes cadenas comerciales y víveres de primera calidad que fueron llevados a la zona afectada en los vehículos de la institución.

Veo por televisión al presidente Alan García pidiendo decencia y honestidad para el reparto de la ayuda humanitaria en Ica y de inmediato recuerdo que en Chosica, las toneladas de ropa y alimentos que el Cuerpo de Bomberos llevó al lugar del desastre, fueron arrebatadas con insultos y amenazas por los maestros apristas que llegaron de Lima para robar todo lo que llegaba.

En ese tiempo, durante el primer gobierno de Alan García, los profesores apristas, reunidos en gremios y sindicatos, fueron endiosados hasta creerse ellos intocables. Formaron una mafia magisterial compuesta por búfalos, matones con pistola y ociosos.

Mostrando el carné del Apra traspasaron el anillo de seguridad y llegaron hasta nuestra ubicación. Nos quitaron los donativos y los introdujeron a un colegio. Los mismos maestros apristas abrían los vehículos del Cuerpo de Bomberos y sacaban frazadas, cocinas a gas, sacos de arroz, conservas, ropa y medicinas. Se llevaban hasta las velas y los fósforos.

Eran implementos que muchos mini bomberos (incluido yo) habían recolectado con esperanza y diligencia, tocando muchos timbres en barrios y negocios cercanos a sus casas.

Así las cosas, los maestros apristas no esperaban llegar al interior del colegio para probarse a escondidas la ropa que era de su agrado. No. Lo hacían frente a nosotros, riéndose como hienas y con miles de damnificados esperando la ayuda que no llegaba. Muchos otros maestros apristas que ingresaban al centro educativo (los más discretos, digamos) salían luego por la puerta posterior con sacos y cajas rumbo a sus casas.

Recordando lo ocurrido en Chosica… ¿Con qué facilidad Alan García pudo llamar recientemente comechados y sinverguenzas a los maestros del Sutep? ¿Cómo puede denostar públicamente a los ladronzuelos de víveres de hoy, con los antecedentes mostrados en Chosica?

En medio de nuestros reclamos y sollozos al ver que los víveres y utencilios recolectados por el Cuerpo de Bomberos eran robados, pude ver a Carmen Haas, esposa (en ese tiempo) del actual Presidente del Consejo de Ministros, don Jorge del Castillo.

Jorge del Castillo era el alcalde de Lima cuando ocurrieron los huaicos en la bella Chosica.

Los maestros apristas, ladrones y sinverguenzas, lo repito, se sentían respaldados con la presencia de Carmen Haas, quien aparentemente no se daba por enterada del saqueo. Muy inocente la señora.

Hace poco, en una sobremesa con mi madre y recordando la aventura de Chosica, ella me dijo que Carmen Haas no se encontraba sola: “Yo misma pude ver a Jorge del Castillo, él estaba en el lugar”.

Yo tenía 11 o 12 años, muchas imágenes han podido irse de mi cabeza.

Solapadamante le vuelvo a preguntar si Jorge del Castillo se encontraba en Chosica. Me dijo con seguridad que sí. “Yo misma lo ví”.

Colofón…

Lo ocurrido en Chosica me dio mucha cólera y posiblemente lloré. Pasé cerca de una militante del Apra y aproveché para decirle: “Que viva el Apra”. Al tiro y muy fresca, me respondió: “Tienes razón lloroncito de mierda, que viva el Apra”.

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