ÉSTAS Y OTRAS experiencias me animaron a pensar que era hora de retirarme del periodismo. Pensar eso a los 33 años es doloroso. Pero no me quedaba otra alternativa, pues sentía que en mi camino profesional encontraba puentes y atajos que no estaba dispuesto a cruzar o transitar. El 2007 fue un año de reflexiones y devaneos, buscando buenas razones para continuar o desistir en la carrera más hermosa del mundo, mientras me dedicaba a la docencia y a la elaboración de estrategias educativas para el Estado. Ahora solamente una cosa puede devolverme la ilusión y la fe que he perdido con el tiempo. Jhon: Tenemos que lograrlo… ¿Qué hace falta? ¿Qué cosas NOS FRENAN?
He mencionado la suerte que he tenido de trabajar con excelentes periodistas. Cada uno ha influenciado en mi carrera y en la manera que he tenido de ejercer el periodismo.
Pero he tenido otro tipo de jefes: Bufones, coimeros, burros y arribistas.
En el 2007, como periodista de un conocido diario de Lima, investigué al general (r) Roberto Chiabra por recibir dinero de Vladimiro Montesinos en plena dictadura. Consigné en mi informe cinco fuentes favorables a mi hipótesis investigativa, superando la cifra que los editores solicitaban como ejercicio de rigurosidad.
OP: No entiendo por qué le ponen tantas trabas a mi informe…
Editor: No se trata de que no queramos que salga… Lo que pasa es que…
OP: Mira: Tengo cinco fuentes y peritos que acusan al tipo de haber recibido el dinero… ¿Qué falta?
Editor: ¿Cuánto tiene tu informe?
OP: Página y media…
Editor: ¿De cuánto es tu coima?
OP: Doce mil dólares…
Editor: No pues, muy poco…
OP: ¿ ?
Editor: Muy poco porque una página del domingo “me cuesta” 25 mil dólares…
OP: ¡Dios! ¿Y eso qué tiene que ver?
El editor notó mi desazón y buscó barajar el incómodo momento. Yo tragaba saliva y me ahogaba por lo que había escuchado.
Recuerdo haberle recalcado que el monto no importaba, si se consideraba que magistrados del Poder Judicial iban presos por 100 soles y que Ernesto Polo Gamarra fue encarcelado casi dos años por recibir menos de 2 mil dólares.
El editor balbuceó. No entendí lo que dijo. Yo seguía con la mente en blanco.
¿Cómo decirle a ese pobre infeliz que la corrupción no puede medirse con dinero y menos compararse con avisos publicitarios dominicales?
Esa persona no podía entender lo que costaba configurar un reportaje de investigación: Buscar fuentes, informantes y documentos… Y junto con eso, decidir el enfoque y redactar sin dejar flancos abiertos que puedan convertirse en futuros procesos judiciales.
Cada frase tiene un sentido y es producto de mucho raciocinio. ¿Para qué? Pues para proteger el prestigio del medio de comunicación y para que muchos editores (¡tremenda paradoja!) se mantengan en sus puestos de trabajo.
Luego sostuve una tensa conversación con el director del periódico para preguntarle por qué razones Roberto Chiabra era un “intocable” que no podía ser investigado. El director no me habló bien. Noté que su incomodidad crecía y sus palabras se volvían ásperas conmigo.
Quise contarle la triste anécdota de los 25 mil dólares, pero me contuve porque ese editor era hombre de su mayor confianza.
La nota salió con inofensivos titulares y las versiones de los testigos y peritos fueron recortadas. Ya estaba avisado. Mi tiempo de vida se acortaba en esa redacción.
Con ese mismo editor había tenido un mal momento pocos meses antes. Me iba a Paita para investigar las actividades de la mafia de Tijuana en esa ciudad y le pedí que me autorizara viajar con una camioneta 4×4 del periódico, acompañado por un chofer que podía socorrernos ante cualquier eventualidad.
Se negó ruidosamente. Sugirió que “con chofer y vehículo” íbamos a emborracharnos de cantina en cantina.
Pensé: “Tú crees que soy como algunos de tus amigos peloteros que se van de tragos y de putas cuando viajan. ¡A ellos sí les permites utilizar los vehículos del periódico!”.
Le expliqué que era mejor que el equipo periodístico (el fotógrafo y yo) viajara acompañado por un tercero que se encargue de hacer “contravigilancia” en una zona copada por el narcotráfico.
Pero le hablaba en chino, pues ese personaje nunca había viajado como periodista a realizar coberturas. Nunca había escrito un reportaje y menos había pisado una zona de emergencia.
El jefe de la unidad de investigación le envió un e-mail, pero no hubo respuesta positiva.
Luego supe que esa unidad móvil y su chofer habían sido asignados a un paseo por las playas de Lima para verificar la contaminación de sus aguas.
Ya en Piura, luego de haber bajado del avión y en condiciones absolutamente vulnerables, le dije al fotógrafo que era mejor meternos a la boca del lobo de una buena vez: Ganar la iniciativa y sorprender.
En el mismo aeropuerto, si no me falla la memoria, llamé a Freddy.
Freddy había sido el chofer de los capos de Tijuana Rubén Lugo Romero (a) Colita y Guillermo Rodríguez Machado (a) Memo.
Su teléfono me lo dio una fuente extranjera cuya identidad no debo recordar.
El plan suicida salió a la perfección, gracias al azar y a nuestra divina suerte. Camino al penal de Río Seco, una patrulla policial nos detuvo. Sollozando y cogiendo con nerviosismo el timón del vehículo, Freddy nos confesó que lo iban a “canear” porque el auto pertenecía a un militar que se encontraba prófugo por colaborar con el cártel de Tijuana.
Bajé rapidísimo del auto, antes de que el policía rastreara la placa. Saqué el carné de prensa y le pedí que nos diera luz verde porque teníamos urgencia de llegar al centro carcelario.
Nos dejaron ir.
Freddy dejó de sudar y se deshizo en agradecimientos.
“¿Ustedes son de la DEA? ¿No? Me gané que le sacaste la placa al capitán”.
Me hice el “interesante” y no respondí. Solamente le dije: “Nos debes una y muy grande, gordo. Pórtate bien con nosotros. Vamos a necesitar que nos ayudes”.
“Lo que quieras, doctor. Lo que quieras”.
Freddy ya estaba bajo nuestro control. Lo habíamos captado. Y lo más gracioso: ¡Pensaba que éramos de la DEA!
Con esa jugada nos pusimos a salvo en Paita, si bien hubo hechos que resultaron curiosos. Todas las noches, puntualmente, en las afueras del hotel San Miguel, escuchaba a jóvenes gritar cosas como “órale cuate… ¡y cómo te fue hoy, mano!”.
Pero una vez sentí miedo. Fue cuando cantaron un corrillo mexicano que decía: “Muerto estás hermano lindo, dos balitas, dos deseos… ¡Yo me encargaré de tu familia!”.
Me faltó decir que el hotel San Miguel de Piura era el preferido de la mafia de Tijuana. ¡Lo de meternos a la boca de lobo había sido realmente en serio!
El editor nunca se enteró de las peripecias y riesgos que tuvimos que pasar en Paita por habernos negado la posibilidad de viajar en un vehículo del diario.
Era lógico: Nunca ejerció el periodismo. Llegó a ese cargo gracias a su enorme franela.
Producto de las investigaciones a la mafia de Tijuana en Paita, me centré en un general del Ejército que era considerado como un héroe por muchos militares. Ese alto oficial se encontraba vinculado con el narcotráfico y las autoridades judiciales le habían encontrado una cuenta bancaria con varios cientos de miles de dólares en Gran Cayman.
Mis pesquisas fueron paralizadas. Mis informes eran “levantados” a medianoche, pese a haberlos dejado diagramados y sacramentados por los jefes.
Ello empezó a ocurrir luego una serie de reuniones que ese editor sostuvo (a mis espaldas) con ese general del Ejército. Yo me enteré de ello gracias a mis buenos amigos de la DEA.
Cuando uno investiga casos de tráfico de drogas suele encontrar enemigos hasta en el propio centro de trabajo. Son enemigos hasta los que saludan mostrando los colmillos. Ciertamente no son amigos. Son hienas a sueldo.
El “amigo” de las mineras
Cierta vez hice un viaje a Áncash para hacer un reportaje sobre la pobreza, el nivel de la salud, el desarrollo productivo y la educación en ese departamento, como parte de una serie de diagnósticos periodísticos que se publicaban con miras a las elecciones generales que se avecinaban.
El tema minero no podía quedar fuera de mis pesquisas y por eso consigné en el informe que había en la población ancashina cierta animadversión contra las empresas extractoras de metales, acusadas de contaminar el medio ambiente.
Simplemente eso.
Recibí un emplazador correo electrónico de un editor que era conocido por su irrelevante diplomacia y por haber sostenido numerosas y secretas reuniones con Alberto Fujimori en Palacio de Gobierno, siempre a medianoche.
Me pedía “explicaciones” por haber difamado a una empresa minera que no hacía otra cosa que brindar “desarrollo” y “trabajo” a los peruanos.
Además me pedía que “probara” cada una de mis afirmaciones y sugirió que había mentido descaradamente.
Solamente un asalariado de una empresa minera podía haber escrito un correo electrónico con ese tenor. ¿Ir en contra de uno de sus periodistas para defender los intereses de una poderosa compañía minera?
“Tranquilo. Me he enterado que lo llevan a su tierra en avioneta. No le malogres esa gollería”. Eso me lo dijo un jefe de sección que conocía de años al enojado jefe.
Ese editor había enviado copias de su e-mail al director y a varios peces gordos del periódico. Pero hubo más: Olvidó borrar del historial el mensaje de queja de sus “patrones mineros”.
En ese mensaje se apreciaba que el editor recibía las órdenes y los reclamos de un empresario minero. Era un texto largo y con los argumentos y las cifras que suelen exponer las mineras cuando se defienden de los hincones periodísticos.
Le dije al editor que yo había reporteado en la zona y que lamentaba que creyera a ciegas el contenido de un e-mail interesado y redactado con “cargos de conciencia”.
Creo que mi e-mail fue fulminante. Le llegué a plantear mi renuncia si es que descubría alguna inexactitud o alguna información de mala fe.
Me respondió que solamente “había planteado dudas” y que siguiera con mi “buen trabajo” en el periódico.
Obviamente, aquel e-mail de “respaldo” no fue copiado al director del medio de comunicación.
Yo me tragué el sapo. Y el editor prosiguió con sus cómodos viajes en avioneta.
La “portada” del domingo
Faltaban pocos días para las elecciones generales del 2006. La editora de política se me acerca y me lanza un conjunto de documentos.
“Esto será portada completa. Es una bomba de aquellas. Te harás famoso. Iré avanzando la diagramación para enseñársela al director”.
Asustado porque imaginaba de dónde había sacado esos papeles, le pregunté: “¿De qué se trata?”.
“Mi fuente estrella [¡Bingo!] me ha dado esa información y me ha dicho que nos entregarán denuncias mas graves, siempre y cuando publiquemos eso”.
Noté que me presionaba con esas palabras.
Con ligera ironía le pregunté a la emocionada editora si podía leer esos documentos que a simple vista parecían informes de inteligencia policial.
“¿Puedo hacerlo?”.
“Obvio, pero apúrate porque mi fuente estrella tiene más información para nosotros. Si publicamos lo que te he dado, nos doblamos”.
Recalcó la frase “lo que te he dado”.
Yo ya sabía quién era su fuente estrella. Ciertamente, todo el periódico lo sabía. Y esa amistad [o lo que sea] se prestaba a muchas suspicacias.
Mierda. Los documentos sostenían que un comando paramilitar de Patria Roja, azuzados por Ollanta Humala, iba a matar a Alan García en caso ganase las elecciones a Palacio de Gobierno.
Maldije: “Dame tres horas para cruzar los papeles. ¿Los has leído? Es un escándalo”.
Se sintió orgullosa.
Luego acabé la idea, sabiendo la identidad del emisor: “Es una trampa del APRA, es absurdo… ¿Cómo vamos a creer eso?”.
Puso cara de fastidio: “Habla con tus amigos y vienes porque ya empecé a diagramar el tema”.
Bajando por las escaleras de mármol, imaginé que la pobre chica no sabía quién era Burrhus Skinner y que lo que se quería hacer con ella era el clásico “reforzamiento positivo” que se utilizaba con gallinas y caballos para generar conductas repetitivas.
Si una gallina picoteaba un objeto rojo en su jaula, era muy posible que repitiera esa conducta si es que recibía un premio.
Psicología elemental de cuarto año de secundaria o de los primeros ciclos universitarios. O simplemente cultura general.
Ello era aplicado por los servicios de seguridad a personas previamente escogidas y no necesariamente por su sagacidad.
En tres horas pude hablar con cuatro personas:
Un amigo que había sido Ministro del Interior: “¿Quién te ha dado tremenda estupidez?”.
Una fuente de la DIRCOTE: “Le vas a hacer un favor a esa cojuda si impides que eso se publique”.
Una fuente del APRA: “Sé quien ha soltado los papeles. ¿El patín tiene algo con tu jefa?”.
Los informes de inteligencia policial mencionaban que el comando paramilitar era conformado por siete personas.
De las conversaciones sostenidas con mis fuentes, supe que en ese grupo había una chica con siete meses de embarazo, un borrachito otoñal, un sujeto de 100 kilos, un dócil dirigente universitario de San Marcos (21 años) y un militante con 71 calendarios que usaba muletas.
Ese era el comando paramilitar que iba a burlar el experimentado cerco de seguridad aprista para asesinar a su candidato presidencial.
Las fuentes también me ayudaron a detectar sellos falsos, terminologías o nomenclaturas que no eran utilizados por los servicios de inteligencia policial y cosas absurdas como que la entrega de armas y municiones se había realizado durante un acto público en un colegio de Villa El Salvador.
Todo estaba clarísimo.
Mi teléfono celular no paraba de sonar. Era ella, un poco incómoda: “Mira, mi fuente estrella me ha recalcado que si publicamos eso el domingo, nos entregará otras cosas…”. Luego dijo: “Creo que debes valorar esas cosas, no ser tan radical… Me entiendes… ¿No?”.
Comprendí que la jefa había telefoneado al político del APRA para decirle que un periodista de investigación se encontraba cruzando esos documentos. Le repliqué: “Dile a ese tipo que nuestro Diario se merece respeto. Dile que sus documentos son apócrifos”.
Respondió: “¿Te consta? Eso lo vamos a conversar aquí”.
Sentía que me habían subestimado. Estaba molesto. Lancé un misil aire-aire: “¿Es el pata que te va a buscar a la medianoche para invitarte Piscos Sours en el Country Club?”.
Silencio. Luego colgó.
Llegué al diario y encontré una maqueta con el siguiente titular: “Inteligencia policial descubre plan para atentar contra Alan García”.
Sentí que la cabeza me iba a estallar. Ese iba a ser el encabezado que los ciudadanos peruanos iban a leer antes de dirigirse a las urnas. Me mojé la cara para tratar de relajarme. Siempre hacía eso.
Hablé con uno de los editores centrales del periódico. Le pedí una reunión privada.
Le dije que era un asunto muy serio y que durante la plática posiblemente iba a tener que desplegar papeles en una mesa, hilar coartadas, leer apuntes y posiblemente llamar a una fuente para reforzar mi hipótesis, siempre y cuando se insistiera con la publicación de la “bomba”.
“Publicar eso va a ser un error terrible. El humalismo y los apristas mantienen una guerra sucia informativa y vamos a caer como tontos. Nada justifica sacar un titular de esa naturaleza, la calle se va a agitar y se armará un caos”. Luego expliqué por qué los documentos de inteligencia policial eran falsos y… risibles.
Apenas acabé de hablar, llamaron a la editora. Tenía el rostro a punto de estallar. Le palpitaban los párpados por la bronca: “Si a esa conclusión has llegado, pues que se hace”.
Pensé: “¿Qué se hace?”
Simple: “Ser menos idiota y no dejarse seducir por las fuentes estrellas del APRA.
Terror al valor
Me fascinó la idea de realizar una mesa redonda sobre narcotráfico en el Alto Huallaga, centro de operaciones de muchas mafias de la droga. Era ir y decirles a esos mafiosos que un medio de comunicación se plantaba en sus dominios y los señalaba como delincuentes.
Y así lo propuse, recordando a don Guillermo Cano, director del diario El Espectador de Colombia, asesinado por sicarios de Pablo Escobar con ocho balazos en el pecho por condenar el tráfico de drogas por medio de sus editoriales.
Su última columna fue publicada el 17 de diciembre de 1986, horas antes de su muerte:
“Así como hay fenómenos que compulsan el desaliento y la desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante colombiano será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera”.
Dos personas que lo conocieron como hombre y periodista lo retrataron con simpleza y orgullo:
“Tenía un sentido maravilloso de lo que era noticia. Era sagaz y muy entero para decir la verdad”.
Luis de Castro
Editor de asuntos judiciales de El Espectador
“Guillermo mantuvo su lucha contra el narcotráfico sin importarle nada. Él sentía que si no los deteníamos, las bandas del tráfico de drogas querrían dirigir el gobierno, como lo que estamos viviendo ahora”.
Luis Gabriel Cano
Hermano mayor
Yo quería saber si en mi redacción había periodistas con el fuego de don Guillermo.
Durante dos años, el diario en el que trabajaba desarrolló (en Lima y en provincias) sucesivas mesas redondas con la participación de especialistas y funcionarios de Estado para analizar ciertos problemas del país: pobreza, justicia, economía, desarrollo social, salud, seguridad, descentralización y otros.
Además, ejecutaba foros públicos para que la población lanzara propuestas y quejas a esos mismos expertos, enriqueciendo el debate local y nacional.
Había que ir al Alto Huallaga y mover conciencias contra el tráfico de drogas, contra sus capos y contra las autoridades que permiten ese ilegal negocio…
La idea prendió y gustó, pero pronto se fue diluyendo con el paso de los días. Fueron surgiendo los miedos y las verdaderas estructuras internas de muchas personas.
“Es peligrosísimo. Nos pueden hacer daño, matar… ¿Qué hacemos si eso pasa? Es mi responsabilidad”. Eso me dijo uno de los jefes del periódico.
“¿No vamos al Alto Huallaga? Creo que el periódico no puede desaprovechar la extraordinaria oportunidad que se le presenta para ganarse el respeto del país”.
El editor replicó: “Hay que pensar en los invitados que van a viajar, en nosotros que tenemos familia… No podemos arriesgar nuestra integridad de esa manera”.
Dije: “¿Ustedes los editores piensan así cada vez que mandan a un reportero o a un fotógrafo para investigar atentados terroristas?”.
Silencio.
Los organizadores decidieron que Cusco sea la sede de la mesa redonda y del foro público.
Cusco: Ciudad turística por excelencia y en donde predomina el consumo tradicional de la hoja de coca.
La búsqueda de la sede para la mesa redonda se convirtió en una frivolidad y se alejó de los propósitos iniciales de la idea. Es decir: Retar a las mafias y seguir los pasos de Guillermo Cano.
Pero en ese diario nadie conocía al periodista colombiano.
Los pasajes de Lupe
Cierta mañana regresé de la embajada de Estados Unidos con las revoluciones a mil. Un buen contacto me había confirmado que Lupe Zevallos, hermana de Fernando Zevallos (a) Lunarejo, había sufrido el embargo en Panamá de una cuenta bancaria con ocho millones de dólares.
Hice la nota rapidísimo y se la entregué a mi jefe.
“Excelente. Se la pasaré a los editores centrales para que la publiquen el fin de semana”.
Tenía dos meses en el periódico y esa debió haber sido mi tercera o cuarta entrega importante.
Me sentía satisfecho. Había conseguido esa información “patoneando” la calle y abriendo muchos candados y cerrojos.
Hasta que mi editor me llamó: “Ven a la oficina urgente. Tenemos que hablar”.
No me asusté y menos me preocupé. Imaginé que me llamaba porque la nota iba a ser portada principal, por lo que mi editor deseaba “afinar” algunos detalles.
Fue todo lo contrario. “No sé que pasa. He notado cosas raras. La nota es redonda, no hay flancos abiertos… Pero el director le está poniendo trabas absurdas”.
Estaba ansioso: “Bueno… ¿Pero qué dice concretamente?”.
“Dice que el problema es con Fernando Zevallos y no con su hermana. Que no debemos meternos con ella porque su presencia en el caso es circunstancial”.
Le expliqué a mi jefe que eso era ilógico. Que Lupe era prácticamente fundadora de Aerocontinente y que se encontraba relacionada con las finanzas de esa empresa cuyo vínculo con el tráfico internacional de drogas había sido probado por el Poder Judicial.
Argumenté que para los cuerpos policiales que investigan casos de narcotráfico no existía eso de “presencia circunstancial”. Que incluso los abogados eran considerados como miembros de las organizaciones mafiosas porque tenían la misión proteger a sus patrocinados (o capos) de las garras de las justicia.
Comenté: “Definitivamente eso se presta a una gran controversia, pero los tombos no son cojudos. Y nosotros los periodistas tampoco debemos serlo. ¿El director dice que Lupe no es parte de la mafia? Pues realmente es un cojudo”.
Luego de numerosas “negociaciones” y falsas esperanzas, mi editor me dijo: “Olvídate, tu nota nunca saldrá impresa. Algo le pasa al jefe”.
La información de los ocho millones de dólares en Panamá fue publicada en Caretas. El rebote del reportaje fue inmediato.
Y yo quedé muy mal con mis contactos de la embajada norteamericana, aunque eso no sea importante para los directores y editores. ¿Alguna vez ellos habrán luchado o sufrido para conseguir al menos media fuente informativa?
Lupe Zevallos acusó el golpe y en declaraciones a Radio Programas del Perú sostuvo que el periódico en el que trabajaba había filtrado el dato a Caretas.
Y dijo algo que (sin exagerar) me tumbó al piso: Ella le había regalado decenas de pasajes aéreos de Aerocontinente a la esposa del director que había rechazado mi reportaje. Los boletos de viaje habían sido entregados mientras algunos periodistas se jugaban el pescuezo investigando los pases y negociados del peligroso Lunarejo.
El director tenía “rabo de paja” y no quería enfrentarse con Lupe.
Lupe lo tenía agarrado de los cojones.
Mis fuentes en la embajada de Estados Unidos se mostraron comprensivas: “Lo ocurrido no cambia en absoluto el concepto que tenemos sobre tu trabajo”.
Estábamos en un popular café del centro de Lima.
“Qué papelón he hecho. ¿Nadie se salva del narcotráfico?”.
Me respondió el pelirrojo DK, un trajinado agente especial de la DEA: “Confiamos en los periodistas, pero no en los directores, ni en los editores… Menos en los propietarios”.
Sexo o periodismo
He tenido jefes buenos y malos. Pasa por mi cabeza una editora que me hizo la guerra y que no paró hasta separarme de mi puesto de trabajo por no querer acostarme con ella.
Esas cosas ocurren en el periodismo. Hablé con mis jefes, pedí que me cambiaran de sección, pero se mantuvieron en sus trece.
Muy por lo bajo, un abogado de ese diario me recomendó presentar una denuncia ante el Ministerio de Trabajo, pues había correos electrónicos enviados por ella que no dejaban lugar a dudas. Pero no. Desistí.
“Siempre pasa lo mismo. Ella tiene antecedentes, siempre se mete en problemas emocionales con trabajadores de aquí”.
Le recalqué que no iba a mover un dedo. Y que era mejor que me vaya del diario, porque mi jefa no lo iba a hacer. Yo sí puedo marcharme y conseguir trabajo en otros lugares.
Me quedé callado por sus padres mayores de edad, quienes no tenían la culpa de la enfermedad de la hija.
Pero me arrepentí de mi “buen corazón” cuando un talentoso cronista me confesó en uno de los pasillos de la Universidad Católica que la editora le había puesto la puntería.
Riendo le dije: “No jodas. Esa loca se pasa”.
Y ya en serio: “Habla con el jefe. Tú eres su pata, te va a proteger. A mi no me hicieron caso. Esto tiene que parar”.
“Ahora se me insinúa. Yo la toreo y ella nota que no le doy bola… Intuyo que por despecho me pide para el miércoles las notas que debo cerrar el sábado. Estoy preocupado, no sé qué va a pasar”.
Por fortuna, mi colega fue trasladado a otra sección. Él ahora respira tranquilo. Y yo también.











