Endorfina en el Huallaga

C-Endorfina en el Huallaga

Miraba con atención la pantalla de mi computadora. Sendero Luminoso había abatido en el Alto Huallaga a un poblador acusado de ser informante de la policía. Era una historia recurrente.

Doce horas después estaba en Tingo María, azotado por el calor.

Cuando me dijeron que me vaya, mis extremidades no se alborotaron como en el 2001, cuando tenía una mochila con varias mudas de ropa negra, navajas, linternas y latas de atún en las oficinas de Panorama.

Viajar a la selva me mantenía vivo. Hoy pienso que estuve loco. En el Alto Huallaga había terrorismo, narcotráfico, minería ilegal y tráfico de madera.

De 1999 al 2005 hice 64 viajes a esa zona, con fotógrafos, camarógrafos y choferes de acero.

La sensación no era la misma de antes.

Los reflejos no eran los mismos.

Tampoco la pericia.

Si antes mis vísceras se mantenían encajadas durante las miles de curvas de la carretera Marginal de la Selva, rumbo al Huallaga, ahora me sentía mareado. Algodón impregnado de alcohol. Quién lo hubiera anticipado.

Llego a Tingo María y atolondrado por el bochorno me subo al primer taxi que veo. Una barbaridad que no hubiese hecho antes. El tipo me cogió del brazo y con zalamerías me condujo hasta su vehículo. No observé si había gente escondida en la cajuela, no me fijé en la placa…

Así mataron a Todd Smith.

En el hotel me preguntan mi nombre y mi profesión. Orazio Potestá, soy periodista.

En el 2001 habría respondido: Marcelo Firpo, profesor.

El hotel quedaba en las afueras de la ciudad y colindaba con un río y con una ceja de selva que podía encubrir a ocho sujetos encapuchados.

[Conmigo hubiesen bastado tres]

Recibí la habitación que me dieron y no la que debía escoger. Siempre preferí las cercanas a una escalera y con ventanas que pudieran ser traspasadas por mi cuerpo. El piso de madera vieja podía anticiparme de alguna visita no esperada, eso debía ser aprovechado.

La presión que generan los peronés sobre los tobillos de una persona tensa es algo que me enseñó a reconocer Quitónero, el viejo comandante del Ejército asháninka.

Fue un acierto llevar agua embotellada, pues cualquier malestar físico relaja la seguridad.

A Pepe Isuiza lo asesinaron cuando salía de una botica, afiebrado y desconcentrado, sin reacción.

Ahora maldecía a las motos. Antes pensaba que eran un producto idiosincrásico. Estaba mareado de verlas y escuchar sus motores.

A la mañana siguiente me interné en la ceja de selva, luego de caminar 500 metros lejos del hotel.

Busque la maravillosa chonta, esa planta que puede salvar de la muerte a cualquiera que se pierda en la selva. Pero que también puede matar si afilada y templada se impregna con curare (veneno nativo) y es lanzada por una cerbatana.

Eso me lo enseñó Simón Bardales Cochagne, el recio capitán Alí.

[En uno de mis viajes a Aucayacu, el capitán Alí, molesto por las burlas de Artemio hacia la policía, me dijo que solamente necesitaba 2.000 dólares y cinco hombres para traerme la cabeza de ese terrorista: “La pongo en una bolsa y comparas la cara con la foto de Reniec”. Eso me movió…]

La chonta aparecía generosa por la zona. No pude descascararla con rapidez y su jugo me pareció amargo.

Compasivamente me reía de mí.

De pronto escucho arengas, frases poco amables. Se acerca un grupo de personas vestidas de negro, encapuchadas. Blandían machetes, cortaban todo lo que veían. La violenta travesía del metal por el aire y el certero desmembramiento de cualquier tipo de materia apuraron mis latidos.

Junto a los del corazón, sentí pálpitos en las sienes, paso previo a la generación de la endorfina.

Pero la endorfina alivia, relaja y mitiga el dolor de los cuerpos que piensan que van a morir. Y no era esa la idea.

Yo necesitaba adrenalina para correr y buscar soluciones milagrosas, rodeado de árboles y terreno fangoso.

La endorfina se evita respirando a grandes bocanadas y cuando uno se mueve frenéticamente. Otra lección del capitán Alí.

“La endorfina te adormece, te pone incapaz de agredir o defenderte. Te mueves, corres, gritas y nada te pasa…”

Simón Bardales Cochagne [2001]

Intenté camuflarme y correr, pero me detuve en seco. Llevaba un polo amarillo en plena la selva. Era yo un camión de Prosegur en la sala de una casa. Me iban a ver como sea. Eso no me hubiera pasado en el 2001.

“Miras una hoja y crees que ves una hoja. Miras un tronco y crees que no hay nada. De pronto sale un animal y es tarde. De los animales aprendimos a escondernos, su piel se mezcla en la selva…”

Quitónero [1999]

Decido esperarlos. Ellos me contemplan, murmullan.

Los terroristas se visten de negro, con botas y caminan con machetes y fusiles. Los sicarios del narcotráfico deambulan por la selva limpiando sus territorios de fisgones, también con machetes.

Identifiqué al líder. Tomé la iniciativa: “¿Son Comandos?”…

– “Sí. ¿Y usted?”.

– Lo escuché y respiré feliz: “Paseo por acá”.

– “Tenga cuidado, la zona es peligrosa”.

– “¿Están patrullando?”.

– “Yo soy el maestro de Comandos, estamos en un curso de supervivencia en selva”.

A 20 metros del encuentro, tres jóvenes aprendices de Comando asesinaban a un picuro a punta de machetazos. Alguien levantó la cabeza del animal y bebió un chorro de sangre.

– “¿Me ayuda a salir de aquí?”.

– “Sí, vamos de frente por el claro”.

Me dieron un machete y caminé cortando lo que encontraba. Se generaron nuevos músculos en mi espalda.

La acción me era familiar, aunque en otros campos. Algunos episodios de mi pasado habían sido seccionados y olvidados. Cortados a machetazos.

Estar entero ahora es un éxito. Gracias, Dios.

Mientras pienso eso voy confirmando la diferencia que hay entre el Orazio del 2001 y el del 2008: Mareos en el bus, polos amarillos y las ganas enormes de no arriesgar el pellejo nunca más.

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