Sánchez Cerro y la fugaz Unión Revolucionaria

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De caudillo popular a líder conservador y protector de la oligarquía. La formación de un fascismo sin Mussolini en el Perú.

Algo interesante en Sánchez Cerro es que en la década del 30 representó los intereses de oligarcas y conservadores, pero también de obreros, comerciantes y campesinos, como líder del partido de derecha Unión Revolucionaria, fundado por él en 1931, tras el derrumbe del Oncenio. Como lo señala Castillo, la derecha conservadora (y la derecha en general) usualmente “no había podido ni tenido la capacidad de armar un proyecto nacional capaz de integrar a otras clases ajenas a ella, ni lograr densas organizaciones políticas”[1].

Pero también llama la atención la rápida desaparición de la Unión Revolucionaria, pese a haber sido uno de los partidos fascistas más importantes de América Latina, con presencia en casi todo el Perú a través de decenas de miles de simpatizantes que llevaron a Sánchez Cerro al poder en 1933. En 1945, el urrismo entró a una crisis que resultó ser irreversible.

La Unión Revolucionaria era un fortín conservador muy bien construido, con estructuras políticas que no volvieron a verse más en el siglo 20. No pocos académicos señalan que a partir de la década del 30, la derecha conservadora perdió cultura, aunque conservó el poder político y económico hasta la actualidad[2].

El conservadurismo y la Unión Revolucionaria habían tenido un poderoso antecedente en la República Aristócratica, que supo difundir una imagen de orden social coherente y armónico, pese a no construir un proyecto nacional con la inclusión de las mayorías[3]. Y también en la Generación del 900, cuyos intelectuales e impulsores, entre ellos José de la Riva Agüero, Francisco García Calderón y Víctor Andrés Belaúnde, tuvieron el acierto de pensar al país en forma total, desde la perspectiva conservadora.

Pero también hubo consideraciones contextuales. La debacle económica de 1929 y la caída de Augusto B. Leguía generaron un conflicto social que dividió en dos el movimiento popular urbano. El APRA representó el afán transformador de la sociedad mediante la abolición de la oligarquía, mientras que la Unión Revolucionaria buscó “salir de la crisis a través del orden y la extinción de las fuerzas que producían el caos y la antipatria”[4]. Había polarización: por un lado, la transformación radical del APRA, y por otro, el continuismo conservador de la Unión Revolucionaria. Según Castillo, el populismo de derecha “supo canalizar las consecuencias de la larga recomposición social que se produjo durante el oncenio leguiísta, con el incremento de las capas trabajadoras, clases medias y sectores sociales de modestos recursos”[5]. Esa fue la base social del urrismo.

Tal vez se pensaba que solamente una catástrofe podía ser capaz de tumbarse el proyecto de la derecha conservadora y del fascismo en el Perú. El fin de la Segunda Guerra Mundial, con sus 66 millones de muertos[6] y la degradante derrota del Eje, manchó al fascismo con descrédito e inviabilidad política, al menos en el Perú. Otra interrogante se relaciona con el temprano ocaso de los principales ideólogos conservadores, especialmente Riva Agüero, quienes se alejaron del arduo debate intelectual sobre los problemas del país. Pocas respuestas han convencido, salvo una: que poco pudieron hacer frente al avasallante surgimiento de los partidos de masas, sobre todo con el APRA, liderado notablemente por Haya de la Torre y vinculado con actos violentos y asesinatos[7].

Presidente y portador de diversos intereses

Además de los contrastes e inesperados devenires, el papel tan particular de Sánchez Cerro como bisagra o puente entre fuerzas tan disimiles y hasta enfrentadas podría explicarse en el odio de la oligarquía hacia Leguía, y en la confianza que las clases populares le depositaron para salir del caos que aporreaba al país. Contreras y Cueto añaden a la fórmula mágica un tercer elemento: el temor que los conservadores católicos sentían contra el APRA y Haya de la Torre, quien en 1923 se opuso tenazmente a la consagración del Perú al Corazón de Jesús, como parte de su anticlericalismo[8].

Molinari asegura que el recelo inicial de la oligarquía contra Sánchez Cerro se diluyó en función del odio mutuo que sentían contra el APRA, tejiendo luego “vínculos recíprocos de poder”. Poco tiempo después, según Basadre, la Unión Revolucionaria acabó siendo adoptada por la oligarquía[9].  

Sánchez Cerro “no tenía un programa de gobierno tan elaborado como el del APRA, pero sí un gran número de seguidores entre distintas clases sociales”[10]. Lo ocurrido en las elecciones presidenciales de 1933 fue algo insólito en la historia republicana del Perú, casi siempre polarizada y con candidatos para cada facción. Salvando las distancias, Alberto Fujimori pudo haber tenido un rol similar en las elecciones presidenciales de 1995, al recibir el apoyo en urnas del empresariado y de los sectores populares, así como de la clase media y de grupos conservadores que lo rodearon después del 28 de julio de 1990, y especialmente tras el autogolpe de Estado de 1992[11].

Sánchez Cerro “había nacido en Piura, el 12 de agosto de 1889, en un hogar modesto, decente y bien constituido”[12]. Carecía de ademanes aristocráticos y de un verbo educado, pero “disponía de una voz estentórea: un vozarrón”[13]. Su vínculo con la gente pudo ser franco y espontáneo, pero la oligarquía y los conservadores aparentemente tejieron con él una relación utilitaria y de mutua manipulación, antes y después de llegar a Palacio de Gobierno[14]. A eso apunta Castillo, al señalar que “en esa caracterización, Sánchez Cerro es un caudillo popular que fue fácilmente cortejado por los grupos civilistas oligárquicos que encontraron en él al personaje político adecuado para defender el orden en momentos en el que él mismo pasaba por una situación crítica”[15].

El caudillo era antileguiísta, antiaprista, anticomunista, anticivilista y antipobreza, además de antidesorden: sus simpatizantes sabían que no iba a tolerar huelgas, bloqueos ni levantamientos. En la campaña del 33, como pasa ahora 84 años después, primó el color de piel y el estereotipo, factores que le ayudaron a vencer a un duro oponente como Haya de la Torre:    

Entre los pobres, Sánchez Cerro se hizo popular por la dimensión paternalista de su autoritarismo, y por el hecho de que fuera de origen social humilde y mestizo, en un país en el que muchos líderes políticos, incluyendo a Haya de la Torre, eran blancos y miembros o descendientes de la aristocracia, donde la mayoría de la población era india y mestiza[16].

Según Contreras y Cueto, Sánchez Cerro siempre “acusó a los apristas de comunistas y antipatriotas, de ser enemigos de la religión y la familia, y de estar coludidos con el leguiísmo, como una forma de acrecentar el temor popular a ese partido”[17].

Los urristas navegaban en calificativos contra sus rivales, especialmente los “compañeros” de Alfonso Ugarte. En la guerra verbal y escrita, irracional y destructiva, eran notables las referencias a Dios y al mesianismo, así como a la patria y al papel de la historia, aunque fuera manipulada y amplificada.

Sánchez Cerro vivió en Europa entre 1925 y 1929, enviado por Leguía para instruirse, cumplir labores diplomáticas y comprar armamento. Estudió en Francia, vivió en Italia y combatió a favor de España en la Guerra del África, que duró hasta 1927, siendo condecorado por el rey Alfonso XIII. En la peninsula itálica conoció el fascismo y a Benito Mussolini. Iba por ese camino.

Tras el atentado de 1932 que casi mata a Sánchez Cerro, el diario El Comercio publicó diversos pronunciamientos de la Unión Revolucionaria contra el APRA, con tono fascistoide. Uno del 7 de marzo, dice:

“Toda esa secta debe ser exterminada para que el país pueda gozar de paz y tranquilidad, y nuestro Presidente pueda gobernar. Ha servido (el APRA) como instrumento para cometer ese delito fanático, pero Dios, ese Dios de los justos y al cual nosotros los sanchecerristas clamamos castigo para el criminal, ha salvado a nuestro primer mandatario”[18].

Luego de la revuelta de Trujillo, el urrismo le hizo un pedido a Sánchez Cerro:

“Rogamos poner de lado por un momento esa rama de olivo que hasta hoy llevará en la diestra, para empuñar la espada vengadora con la que debe terminar de una vez por todas con esa raza mil veces maldita. No podemos permitir que esta situación antipatriótica se repita una vez más en la patria que tanto amamos”[19].

Según Molinari, además de lo ideológico y lo discursivo, la Unión Revolucionaria también supo hacer “demostraciones de fuerza” y “dramaturgia de masas” en mítines, marchas y actos públicos[20]. Fue construyendo una mentalidad colectiva autoritaria y violenta, orientada al encumbramiento de Sánchez Cerro, llamado “jefe supremo” por sus seguidores, y quien iba en búsqueda de un Estado totalitario, corporativista, nacionalista y controlista en lo económico.

El sanchecerrismo conformaría un “fascismo popular” que pronto e irremediablemente sería encaminado hacia el fascismo mussoliniano, asumiendo al milímetro su ideología y parafernalia.

Construyendo un partido fascista

En un primer momento, con Sánchez Cerro a la cabeza, la Unión Revolucionaria cumplía básicamente una labor de coordinación en el entorno político del caudillo, y entre los centenares de clubes populares sanchecerristas dispersos en el territorio, como resultado de la campaña electoral de 1931.

En 1932, al aprobarse la controvertida Ley de Emergencia que proscribió al APRA y persiguió a los principales opositores de Sánchez Cerro, el urrismo pasó a formar parte de un régimen autoritario y centralizado, con una militancia multitudinaria y sumisa por la disciplina y el simbolismo aplicado en su interior.

Sánchez Cerro era el líder mesiánico e infalible, y por ahí algunos seguidores lo catalogaban de santo, incluso venerando imágenes y objetos que hayan pasado por sus manos. Su fuerza se centraba en la acción y en la persuación, pero no en lo ideológico. Esa cuota faltante la pondría Luis Flores, segundo al mando de la Unión Revolucionaria, quien asumió la conducción de la agrupación con la muerte del caudillo, ocurrida el 30 de abril de 1933:

Y allí precisamente está la base potencial de la vocación totalitaria del partido Unión Revolucionaria, construida durante el gobierno de Sánchez Cerro, pero aún sin la condición ideológica y de poder que le permitiese concretarse. Paradójicamente, tal vocación se hace explícita luego del asesinato de Sánchez Cerro, pero sobre aquellas bases dictatoriales establecidas por el propio Sánchez Cerro, y al calor de la violencia física y simbólica de su acción autoritaria y de su enfrentamiento “apocalíptico” con el APRA[21].

Resulta interesante observar cómo Flores, pese a la sombra de Sánchez Cerro, logró hacerse un espacio de liderazgo en la Unión Revolucionaria, supliendo el misticismo del fundador con dosis de capacidad y energía:  

Así pues, si bien Sánchez Cerro fue el héroe fundador, en cuanto arquetico simbólico esencial del urrismo, Flores fue una suerte de heredero del legado arquetípico de Sánchez Cerro, y desde su férrea voluntad de poder y vigoroso dinamismo como organizador, supo lograr también, para las multitudes urristas, la condición de líder carismático[22].

El antes y después de la Unión Revolucionaria llegaría en mayo, apenas culminaron los funerales de Sánchez Cerro: se definió con nitidez el proyecto político del Estado totalitario, y se organizó el sustento ideológico y orgánico que lo haría viable en el país. Tal proceso se ejecutó desde la perspectiva puramente fascista de Flores, fermentada desde la teoría, su férrea voluntad política y la ciega admiración profesada a El Duce [23]. En 1968, Flores dijo que Mussolini “era uno de los grandes personajes de la historia”[24].  

La especial presencia de Flores, líder y “jefe supremo” de la Unión Revolucionaria en esa rígida, vertical y piramidal organización que tuvo el urrismo, supuso toda una connotación mesiánica, muy típica del fascismo, y en el Perú se resignificó desde las condiciones socioculturales en donde lo político y lo religioso, de alguna manera, hacen posible el carisma como figura recurrente en la historia política del país[25].

A diferencia de otras organizaciones políticas en el Perú, la muerte de Sánchez Cerro no comprometió la sobrevivencia de la Unión Revolucionaria. Podría decirse que reforzó el sentido de unidad y el afán de revancha de la organización, convenciendo a sus militantes de que la toma del poder era un objetivo innegociable y aprobado por Dios.

Entre 1933 y 1936, la Unión Revolucionaria fue preparando su proyecto político en total aislamiento y aplicando el sectarismo como estrategia de concentración ideológica. Además de su feroz odio al APRA, se enfrentó al gobierno de Óscar R. Benavides y rompió con el Partido Nacionalista, dirigido por Clemente Revilla, quien renunció al urrismo tras el asesinato del caudillo. Según Molinari, el Partido Nacionalista era relevante porque controlaba el Congreso[26].

Ni las alianzas ni el diálogo eran prioridad para la Unión Revolucionaria. Flores dedicó las energías partidarias a la articulación de las bases en Lima y el interior, reclutando gente dispuesta a inmolarse por Sánchez Cerro y el fascismo. Pronto la Unión Revolucionaria tomaría el camino del enfrentamiento sin cuartel, incluso con sus potenciales aliados.

La radicalización: el germen de la ruina política

Flores estaba creando una máquina de guerra que disuada a sus enemigos de cometer otro magnicidio, ahora contra él, y que elimine física e históricamente al “aprocomunismo” y al liberalismo, pero también a cualquier otro actor que se interponga en sus propósitos, previa demonización. Rumbo al régimen del partido único, la política era un combate y no una competencia democrática. De pronto, Lima empezó a notar la presencia de jóvenes vigorosos y adustos, ataviados con ropa oscura, desfilando y haciendo ejercicios con tinte marcial. Eran los Camisas Negras: una “auténtica organización paramilitar, presentada formalmente como la vanguardia del Partido”[27].

Después de Sánchez Cerro, la Unión Revolucionaria vivió su mejor momento político en 1936, cuando quedó segundo en las elecciones presidenciales con el 29% de los votos, escoltando al Partido Socialdemócrata, cuyo candidato Luis Antonio Eguiguren obtuvo el 37%. Como se sabe, Benavides anuló los comicios por la sospecha de que Eguiguren había sido apoyado por el APRA y el Partido Comunista, agrupaciones que estaban proscritas por su carácter “internacional”[28].

En esa coyuntura, el músculo electoral del urrismo habría sido significativo, al contar con el apoyo de sectores oligárquicos (agroexportadores, banqueros, petroleros y mineros) y comerciales, así como de pequeños y medianos industriales, comerciantes, profesionales emergentes y de clase media, y multitudes populares heterogéneas.

Pese al aparente apoyo masivo, Contreras y Cueto detallan que “diplomáticos italianos nunca tomaron en cuenta a Flores, porque su partido no llegó a tener un arraigo popular significativo y porque estaba enfrentado con el gobierno de Benavides, que llegó a perseguir y a deportar a algunos de sus miembros”[29].

Así, la embajada de Italia en el Perú habría tejido mayores vínculos con el Fasci Italiani All’ Estero-Sezione di Lima, integrada por italianos e hijos de italianos que se reunían en los colegios Raymondi y Santa Margarita, y en las compañías de bomberos Italia, Roma y Garibaldi, ubicadas en el Callao y la capital.  

En el Perú se habría estado gestando un “fascismo popular” aislado y a la peruana, alejado del nervio ideológico situado en Italia. Si Flores esperaba contar con el blindaje de Roma para hacer y deshacer con el fin de instalar un Estado totalitario, estaba muy lejos de la realidad. He aquí un posible error de cálculo que podría sugerir que el proyecto fascista en el país era hasta cierto punto informal y artificial.

Invalidados los comicios de 1936, el Congreso amplió el mandato de Benavides hasta 1939. Militantes de la Unión Revolucionaria iniciaron una revuelta con el apoyo de algunos efectivos de Ejército, originando que el gobierno los persiga y encarcele, mientras que Flores y otros líderes urristas eran deportados a Chile.

Benavides temía a los fascistas de Flores. Los consideraba organizados y peligrosos, y por eso utilizó el aparato policial y militar para erradicarlos.

La organización Unión Revolucionaria fue debilitada y sufrió una serie de divisiones. La más importante ocurrió en 1938, cuando el urrista Cirilo Ortega repudió a Flores y fundó una facción que apoyó a Benavides y luego a Manuel Prado, presidente entre 1939 y 1945, quitándole miles de partidarios a su otrora líder[30].

Entretanto, el urrismo de Flores seguía enfrentado a Prado.

Otro golpe ocurrió en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el Perú dejó de ser “neutral” y Prado se declaró a favor de los aliados: lamentó el ataque a Pearl Harbor, base marítima norteamericana en el Pacífico, y cerró además las embajadas en Roma, Tokio y Berlín. En 1945, Lima le declararía la guerra al Eje, mejorando sustantivamente las relaciones con Estados Unidos, en desmedro del comercio con Italia[31].  

Flores retornó al Perú en 1945, bajo los aires democráticos de José Luis Bustamante y Rivero. Intentó reagrupar a los urristas, pero el desprestigio del fascismo era inmenso. Como se dijo antes, la Segunda Guerra Mundial lo había herido de muerte. Después de varios años de agonía, la Unión Revolucionaria desapareció de la escena política a inicios de la década del sesenta.

En 1968, cuando tenía 69 años, le preguntaron a Flores por qué el urrismo desapareció de la política nacional:

Por mis nueve años de destierro y los sucesivos gobiernos hostiles, además de la persecución y el encarcelamiento de miles de urristas. Se habla, oiga usted, de que el partido que más ha sufrido persecuciones ha sido el APRA. Nadie más golpeado que la Unión Revolucionaria. Benavides encarceló más de 4.000 urristas. Nos combatió a muerte. En dos oportunidades, Benavides mandó al Consejo de Ministros en pleno a pedir mi desafuero en la Cámara. No pudo cerrar el Congreso[32].

Una serie malos cálculos políticos y de contexto hundieron a la Unión Revolucionaria. Según Molinari, enfrentarse a Benavides, militar y autócrata al mando de las fuerza militares y policiales, pretendió ser un movimiento táctico-electoral rumbo al proyectado Estado totalitario. No obstante, ello ocasionó su ilegalización, clandestinidad y ocaso. Es decir, el inicio de su liquidación política[33].

Conclusiones:

  • Es interesante cómo Sánchez Cerro y el urrismo lograron concentrar el apoyo de diversos sectores históricamente antagónicos: la oligarquía y el conservadurismo, frente a las clases medias y bajas. Si bien ese “entendimiento” se debió a factores políticos, económicos, sociales y hasta religiosos, el eje fue la necesidad de orden y estabilidad en el país. El orden era un tópico llamativo antes y lo sigue siendo ahora en época electoral. En estos tiempos, el reto sería instalar el orden en un marco de legalidad y democracia. Aquí hay que ser imperativos: si el orden no se alcanza con Estado de derecho, los caudillos lo buscarán a su manera.
  • Una agrupación política trasciende en el tiempo no solamente con dinero, maquinaria o locales partidarios. También es relevante el soporte intelectual, ideológico y cultural, representado en personas e instituciones, algo que la Unión Revolucionaria fue perdiendo aceleradamente. Detrás del APRA había una ideología encarnada en Haya de la Torre. Detrás del urrismo, poco o nada. El fascismo fue popular, pero careció de esos anclajes. Ampliando el foco, el conservadurismo en el Perú perdió presencia y trascendencia sin la Generación del 900.
  • Tal vez se haya amplificado la real dimensión de la Union Revolucionaria en el país. Resulta interesante la declaración del diplomático italiano Giuseppe Talamo, citado por Contreras y Cueto, respecto a que el urrismo nunca fue un movimiento de masas y que jamás lo sería por estar acorralado por Benavides y algunos grupos políticos. La parafernalia y la “dramaturgia de masas” cumplieron con lograr impacto y temor, pero no consolidación.
  • En la mayoría de casos, la radicalización es el inicio de la liquidación política. La radicalización de la Unión Revolucionaria evitó escenarios de diálogo y pacto, esenciales para la subsistencia. Extremista en sus inicios, el APRA moldeó sus lineamientos al contexto, buscó periodos de convivencia y escapó de la persecución.
  • Algo hay que decir sobre el mesianismo en la política peruana: ha estado tan presente en el siglo 20, que probablemente siga en décadas de la actual centuria. En manos de dictadores o demócratas, con ropajes de izquierda o derecha, aquel fenómeno ha hecho mucho daño a la institucionalidad. El problema es de fondo, y debería resolverse desde el sistema educativo.

 

Bibliografía utilizada:

 

[1] CASTILLO OCHOA, MANUEL. El populismo conservador: Sánchez Cerro y la Unión Revolucionaria. En Adrianzén, Alberto (Editor). Pensamiento político peruano: 1930-1968. Lima: Desco, 1990. Página 47.

[2] Concepto extraído del libro El fascismo en el Perú. La Unión Revolucionaria: 1931-1936. Autor: Tirso Molinari.

[3] CASTILLO OCHOA, MANUEL. El populismo conservador: Sánchez Cerro y la Unión Revolucionaria. En Adrianzén, Alberto (Editor). Pensamiento político peruano: 1930-1968. Lima: Desco, 1990. Página 53.

[4] Ibíd. Página 55.

[5] Ibíd. Página 57.

[6] Disponible en: http://goo.gl/WjFcJd

[7] Apuntes de clase del curso de Historia Política del Perú en el Siglo XX, dictado por Antonio Zapata en el ciclo 2015-II. Maestría en Ciencia Política y Gobierno de la PUCP. Como es sabido, militantes apristas asesinaron en 1933 al presidente Luis Sánchez Cerro, y en 1935 al director de El Comercio, Antonio Miró Quesada, junto a su esposa María Laos. En 1932, durante la llamada Revolución de Trujillo, mutilaron y dieron muerte a una docena de efectivos del Ejército y la policía, quienes se encontraban detenidos en el Cuartel O’Donovan.  

[8] CONTRERAS, CARLOS y CUETO, MARCOS. Historia del Perú contemporáneo. Lima: IEP, 2013. Página 266.

[9] Concepto extraído del tomo X del libro Historia de la República del Perú. Autor: Jorge Basadre.

[10] CONTRERAS, CARLOS y CUETO, MARCOS. Historia del Perú contemporáneo. Lima: IEP, 2013. Página 266.

[11] Según cifras de la ONPE, Alberto Fujimori obtuvo en primera vuelta el 64% de los votos, frente al 26% de Javier Pérez de Cuéllar, su principal contrincante.

[12] CHIRINOS SOTO, ENRIQUE. Historia de la República: 1930-1985. Lima: AFA Editores, 1986. Página 91.

[13] Ibíd. Página 92.

[14] Sánchez Cerro llegó al poder derrocando a Augusto B. Leguía en agosto de 1930, al sublevarse con las guarniciones de Arequipa y Puno. La Junta de Gobierno Militar que formó solamente duró hasta febrero de 1931. Renunció ante una junta de notables, debido a las persistentes rebeliones militares que se oponían a su intención de quedarse en el poder. Luego fue elegido en urnas presidente del Perú, el 8 de diciembre de 1931. Su mandato duró hasta el día de su asesinato, el 30 de abril de 1933.

[15] CASTILLO OCHOA, MANUEL. El populismo conservador: Sánchez Cerro y la Unión Revolucionaria. En Adrianzén, Alberto (Editor). Pensamiento político peruano: 1930-1968. Lima: Desco, 1990. Página 65.

[16] CONTRERAS, CARLOS y CUETO, MARCOS. Historia del Perú contemporáneo. Lima: IEP, 2013. Página 266.

[17] Ibíd. Página 267.

[18] MOLINARI, TIRSO. El fascismo en el Perú. La Unión Revolucionaria: 1931-1936. Lima: Fondo Editorial de la UNMSM, 2006. Página 78.

[19] Ibíd. Texto publicado en El Comercio, el 23 de setiembre de 1932.

[20] Ibíd. Página 98.

[21] MOLINARI, TIRSO. El partido Unión Revolucionaria y su proyecto totalitario-fascista. Perú 1933-1936. Revista Investigaciones Sociales, número 16, año X. Páginas 321-346. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006. Página 324. Fecha de consulta: 21 de octubre del 2015. Disponible en: http://goo.gl/X4rU0k  

[22] Ibíd. Página 340.

[23] Ibíd. Página 324.

[24] Entrevista de Ricardo Müller, publicada en el suplemento dominical Suceso del diario Correo, el 5 de mayo de 1968. Flores añadió que Mussolini “quizá llegó demasiado tarde para el medio en el que actuó” y que “teniendo un escenario como el de Alemania, habría sido la gran figura”. Disponible en: http://goo.gl/c2Oa8D

[25] MOLINARI, TIRSO. El partido Unión Revolucionaria y su proyecto totalitario-fascista. Perú 1933-1936. Revista Investigaciones Sociales, número 16, año X. Páginas 321-346. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006. Página 340. Fecha de consulta: 21 de octubre del 2015. Disponible en: http://goo.gl/X4rU0k

[26] Ibíd. Página 324.

[27] Ibíd. Página 325.

[28] Según el artículo 53 de la Constitución de 1933.

[29] CONTRERAS, CARLOS y CUETO, MARCOS. Historia del Perú contemporáneo. Lima: IEP, 2013. Página 280. La fuente sería el diplomático italiano Giuseppe Talamo, quien habría hecho esa declaración en 1937.

[30] El ingeniero Manuel Prado Ugarteche fue presidente en dos periodos: primero entre 1939 y 1945, y luego entre 1956 y 1962.

[31] CONTRERAS, CARLOS y CUETO, MARCOS. Historia del Perú contemporáneo. Lima: IEP, 2013. Página 280.

[32] Entrevista de Ricardo Müller, publicada en el suplemento dominical Suceso del diario Correo, el 5 de mayo de 1968. Luis Flores moriría el 28 de mayo del año siguiente. Disponible en: http://goo.gl/c2Oa8D

[33] MOLINARI, TIRSO. El partido Unión Revolucionaria y su proyecto totalitario-fascista. Perú 1933-1936. Revista Investigaciones Sociales, número 16, año X. Páginas 321-346. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006. Página 325. Fecha de consulta: 21 de octubre del 2015. Disponible en: http://goo.gl/X4rU0k 

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