La muerte como éxito periodístico

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[Artículo escrito en el 2013] Han asesinado a Luis Choy, fotógrafo de El Comercio, en su mejor momento. Se quedan aquí sus colegas: algunos lo ensalzaron y otros lo mostraron en una vereda, agonizando y recibiendo atención de los paramédicos, tal como ocurrió en un informe del programa Reporte Semanal de Frecuencia Latina.

Las redes sociales cuestionaron la difusión de esas imágenes, incluso antes de que el espacio televisivo saliera al aire el domingo. Fotógrafos y amigos del chino exigían que el canal de Baruch Ivcher retroceda en su propósito, pero fue en vano.

Es moneda corriente que las televisoras del mundo muestren gente en sus últimos segundos de vida. Los editores periodísticos siempre han dicho que ese dolor a color es necesario porque “sensibiliza” a la sociedad contra la barbarie.

Esa tendencia fue arrolladora en los ochentas y noventas, con la guerra entre Irán e Irak, las masacres en Liberia y en la antigua Yugoslavia, pero pronto los teóricos reconocieron que la sangre en las portadas deshumanizaba y hacía volátil el dolor.

Europa nórdica cambió un poco ese mal paradigma periodístico con apoyo de la sociedad civil y de los azorados familiares de Anna Lindh, ministra de Relaciones Exteriores de Suecia que fue asesinada por un psicópata y cuyo cuerpo agónico fue fotografiado y publicado en algunos periódicos de ese país.

El 10 de setiembre del 2003, Lindh se encontraba haciendo compras en un centro comercial de Estocolmo, cuando un sujeto de ascendencia serbia le propinó varias puñaladas en el cuello y en el tórax, dañándole seriamente el estómago y el hígado.

Tenía 46 años y era voceada como la futura primera ministra de Suecia. Ella se encontraba sin sus guardaespaldas pues confiaba en el carácter pacífico de su sociedad.

Apenas llegaron los paramédicos a la escena del ataque, Lindh fue estabilizada y colocada en una camilla, envuelta en una frazada celeste y conectada a una mascarilla de oxígeno. Las heridas eran graves y vivía sus últimos momentos de vida.

Así fue fotografiada por decenas de reporteros gráficos desde una sola posición. Pese a la dramática situación, las imágenes transmitían serenidad: no mostraban sangre y el rostro de Lindh era de paz.

Sin embargo, sus familiares protestaron por la publicación de esas fotos, aún cuando iban acompañadas de respetuosas semblanzas a su carrera política. Y luego se unió el público. Todos reclamaban por la violación de un derecho que aquí apenas podría ser imaginado: la intimidad del tránsito de la vida a la muerte.

Dijeron los defensores de Lindh que la agonía era un momento tan personal y privado, irrepetible e irremediable, que nadie debía alterarlo o difundirlo.

El debate periodístico fue amplio y sensato. Al final, los medios de comunicación brindaron disculpas públicas a la familia de Lindh, especialmente a su viudo y a sus dos hijos.

En Suecia, la agonía y el sufrimiento tienden a ser respetados. Ciertamente existe prensa basura y es posible que el ejemplo de Lindh sea soslayado en algunas ocasiones. Lo importante es que se abrió un precedente ético de acero y la prensa lo sabe.

Entretanto, aquí estamos lejos de ello. Retumban aún las fotos de Walter Oyarce, hincha aliancista que fue arrojado de un palco del estadio crema: muchos periódicos lo mostraron golpeado y con los ojos desorbitados, esperando la muerte. Y luego las tomas de Luis Choy. No posterguemos el debate.

 

 

 

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