LÍNEAS PARA MEJORAR EL SISTEMA DE PARTIDOS

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Ante todo es necesario señalar que en los ochentas el Perú contaba con un sistema de partidos de horizonte ideológico claro (izquierda, centro y derecha) y cuyas agrupaciones estaban de alguna manera estructuradas en función de una ideología conocida y predecible, tal como alguna vez lo señalara Henry Pease. El sistema de partidos era pluripartidario-moderado y con tendencia centrípeta, pese al factor perturbador que significó Sendero Luminoso y su afán de destruir al Estado.

Era un sistema de partidos que además sobrevivía a la grave crisis económica y al narcotráfico, sin olvidar la informalidad en todo ámbito, fenómenos que a la larga le ocasionaron daños devastadores. Además, no existía una relación programática con el elector promedio y una rendición de cuentas de los gobernantes, cosas que no pueden faltar en un modelo democrático, según O’Donnell.

A los noventas, con Fujimori asomando la cabeza, el sistema partidario llegó fragmentado, desprestigiado y responsabilizado por la grave crisis política, social y económica del país, siendo víctima de un electorado volátil y sin lealtades. El autogolpe del 5 de abril de 1992 fue una consecuencia y no un inicio.

En la actualidad, sin terrorismo ni crisis económicas galopantes, lo que existe es un sistema de partidos ahogado en la baja institucionalidad. No obstante, Torcal (2005, citado por Luna) señala que la crisis no solamente es peruana, sino también latinoamericana y hasta europea: “Muchos sistemas de partidos sufren de un síndrome endémico de baja institucionalización que no podrá generar democracias representativas con el paso del tiempo”.

Aquí, para salir de la baja institucionalidad del sistema de partidos, Tuesta plantea una reforma basada en la “unicidad” y en la “integralidad” del concepto partido político y que busque resolver los siguientes fenómenos:

En primer lugar, el fraccionamiento partidario, observado en el excesivo crecimiento de las agrupaciones políticas, aunque sin una mejora en la calidad de la representación. Tuesta señala que cuando un sistema partidario supera los cinco partidos, concertar y llegar a acuerdos que propicien cierta gobernabilidad se hace casi imposible. Así las cosas, el actual Congreso alberga ocho bancadas que representan a por lo menos 12 agrupaciones políticas, algunas absolutamente desconocidas para el votante promedio.

Otro punto resaltado por Tuesta es el bajo nivel organizativo, que implica la dificultad de los partidos de captar nuevos miembros y mantener a los vigentes. Los partidos sufren por la huida de cuadros (aquí es emblemática la experiencia del PPC) y porque la estructura partidaria no ofrece incentivos para hacer carrera política. Y al sumar “militantes” solamente en épocas electorales, las agrupaciones se convierten en máquinas políticas, aunque débiles y sin planes.

Al respecto, Tuesta coincide con Alcántara (2004, citado por Luna) al señalar que esas máquinas políticas son vehículos temporales para la consolidación de caudillos sin programa de gobierno ni estructura partidaria, tal como se vio en las recientes elecciones subnacionales del pasado 5 de octubre.

Pero la organización no solamente involucra personas. También incluye espacios físicos (locales partidarios) que sirvan como punto de encuentro de voluntades y debates políticos. Sin espacios físicos la vida partidaria desaparece, pasando a depender de lo que se hace en el Congreso o en los ámbitos regionales o distritales.

La baja cohesión interna y disciplina partidaria también complota contra la crisis de institucionalidad de los partidos. Los intereses personales son aupados por el voto preferencial y el candidato siente que no se debe al partido sino a su imagen y a su relación con el elector. Según Tuesta, los candidatos se resisten a seguir los lineamientos partidarios en el Congreso o en otras instancias de poder, lo que finalmente distorsiona la relación partido-electorado.

También influye la distancia entre la representación nacional y provincial, fenómeno que involucra directamente a los partidos nacionales. Agrupaciones históricas y con experiencia de gobierno (Acción Popular, PPC, Perú Posible y el fujimorismo) resaltan en el ámbito parlamentario, pero desaparecen en las regiones y más en las provincias y distritos. En ese sentido, Tuesta señala que “existe un nivel de representación compartimentado y no interconectado”. Y en sentido contrario, se aprecia la inexistencia de incentivos para que las agrupaciones regionales o locales se fortalezcan y alcancen una dimensión nacional, politizando temas de interés ciudadano o tejiendo lazos programáticos con el votante.

Finalmente, el alto personalismo es un defecto muy marcado en las agrupaciones políticas del país. Un partido debe construir líderes porque de sea manera asegura su permanencia en el tiempo, por lo que todo falla cuando la alternancia en el liderazgo queda hipotecada en función del caudillismo y del mesianismo, perfiles que no respetan tendencias o facciones, tal como lo afirma Lynch.

“Voluntad popular” en crisis

Estas falencias tienen un impacto directo en la institucionalidad partidaria, pero también en el lugar que debe ocupar la “voluntad popular” en las agrupaciones políticas y en las agendas de los gobiernos. Para Stockes es fundamental “centrarse en el efecto de los partidos sobre la capacidad de respuesta de los gobiernos ante los ciudadanos”.

Entonces los partidos deberían tener un rol protector y mediador respecto al poder, algo que no se observa en el Perú ni en Latinoamérica. Stockes afirma que sin partidos fuertes, los gobernantes quedan impunes respecto a sus decisiones: “Liberados por las plataformas de los partidos, los gobernantes eligen políticas públicas que tienen a ser erráticas y de corto plazo”. Y agrega: “Se inclinan más por la demagogia y el populismo, vicios que tienen efectos nocivos sobre la democracia”.

Otra consecuencia de la falta de institucionalidad y de la poca disciplina partidaria es que los gobiernos pueden enredarse en las legislaturas, ocasionando inmovilidad e inestabilidad. Este concepto de Stockes podría aplicarse a la demora del Congreso en la elección del Defensor del Pueblo, medida pendiente desde hace casi cuatro años. En el 2011, Beatriz Merino renunció a ese cargo, siendo asumido por Iván Vega. Y hasta ahora.

Sin cuadros ni incentivos para hacer una carrera política formal y responsable, Béjar afirma que los parlamentarios latinoamericanos rara vez se “especializan” y “profesionalizan”. Las consecuencias acaban reflejándose en las comisiones congresales, supuestos “foros de gran relevancia para la integración de la representación ciudadana”. ¿Cómo así? Decrece la calidad del debate y aparecen obstáculos para la conformación de consensos. Tan igual como en el Perú.

 

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