Partidos desafiantes: Retos e importancia

r2

En América Latina, luego de las difíciles transiciones de la década de los ochenta, surgió una grave crisis de representatividad que convivió con desequilibrios económicos e intentonas golpistas que buscaban retornar al pasado militar. Los sistemas de partidos tuvieron que aplicar reingenierías en sus estructuras para asimilar nuevos ejes programáticos y clivajes a la competencia entre partidos, con el fin de adaptarse a las nuevas demandas sociales. Algunos partidos establecidos (o tradicionales) tuvieron éxito en ello, pero no la mayoría. La consecuencia fue el surgimiento de los llamados partidos desafiantes, caracterizados por competir contra el statu quo, tener fuertes soportes sociales y mostrar novedosas características orgánicas e institucionales.

Ejemplos son el Partido de Acción Nacional (PAN) de México y el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, fundado a fines de los setenta y liderado por Lula Da Silva, que llegó al poder en tres oportunidades.

Santiago López señala que un partido desafiante es “un partido cuyo accionar se basa en impugnar a los actores establecidos, pero siempre reconociéndolos como actores legítimos en la disputa por el poder, buscando alimentar nuevos clivajes de competencia democrática en lugar de sobrepasarlos”.

López también sostiene que “los partidos desafiantes son oposiciones emergentes en un contexto de transformaciones del sistema de representación, las que aún no han alcanzado el gobierno, pero que compiten por él representando una alternativa (a los partidos del statu quo) ante la ciudadanía”.

Finalmente, López afirma que los partidos desafiantes son “agentes de transformación de los sistemas de partidos. Cuando se volvieron actores relevantes y estables de la política democrática, funcionaron como válvulas de escape a los problemas del funcionamiento democrático pos-transiciones”.

¿Existen partidos desafiantes en el Perú? ¿Existieron en el pasado reciente?

Si vale como antecedente, los conceptos de López podrían hacer creer que Cambio 90, agrupación que llevó a Alberto Fujimori a la presidencia en 1990, fue un partido desafiante. No obstante, carece de un requisito básico: lejos de haber reconocido a los partidos como actores legítimos de la política, los vapuleó y cuestionó como parte de un eficaz discurso antisistema que reflejó el colapso del sistema partidario nacional.

Además, el partido fujimorista jamás colaboró en la estabilización de la democracia. Si Cambio 90 fue un partido desafiante, lo fue pero contra la democracia. Y como maquinaria caudillista, tampoco fue una real válvula de escape. Por el contrario, obstaculizó cualquier iniciativa de mejora democrática para preparar el camino al autogolpe del 5 de abril de 1992.

En el Perú, el fracaso más sonado de un partido desafiante lo representa el FREDEMO, surgido en 1987 para evitar la estatización de la banca de Alan García. Ser una alianza con partidos tradicionales (Acción Popular y el PPC) y “no adoptar estrategias de competencia coherentes con el tipo de representación alternativa que le hizo emerger” (López) en seno de un contexto complejo, ocasionó su rápido naufragio.

Mirando al Perú

Las recientes elecciones subnacionales del 5 de octubre confirmaron nuevamente la notoria debilidad institucional y electoral de los partidos nacionales. Con excepción de Lima, han sido fantasmales en la gran mayoría de las 25 regiones, en las 195 alcaldías provinciales y en los 1.843 distritos del interior.

Dentro de ese bosque marchito, el partido Alianza para el Progreso fue el árbol más nutrido, aunque no exuberante: apenas ganó dos regiones (La Libertad y Lambayeque) y dos provincias (Tumbes y en Chiclayo) en un proceso electoral que pudo afrontar con amplios recursos humanos y financieros.

¿Puede ser Alianza para el Progreso, liderado por César Acuña, un partido desafiante? Mi respuesta es no. En todo caso, no lo fue en el reciente proceso subnacional. Dicha agrupación no puso en apuros a los partidos establecidos, ni fue “un canal eficaz de representación de demandas e intereses que haya nutrido a la calidad y estabilidad del régimen democrático”. Lejos de poseer un perfil institucional, fue una maquinaria política (Alcántara, 2004) en beneficio de su máximo dirigente.

López señala que “la emergencia exitosa de los partidos desafiantes tiene efectos positivos para el sistema democrático”. Carente de estructura organizativa, vínculos programáticos con el electorado y disciplina partidaria, Alianza para el Progreso nuevamente queda lejos de calzar en el membrete. Tampoco podrían lograrlo agrupaciones como Perú Patria Segura de Renzo Reggiardo o el Partido Humanista Peruano de Yehude Simon, por citar dos ejemplos.

López señala además que los partidos desafiantes suelen apoderarse de “problemas sustantivos de la sociedad que no son comprendidos en la función representativa de los partidos del statu quo”. La pasividad para politizar carencias y omisiones estatales y gubernamentales demuestran que Alianza para el Progreso no se mueve con comodidad en esa órbita, en la que parece resaltar Tierra y Dignidad de Marco Arana, aunque en un escenario pequeño y cerrado como el de Cajamarca.

En suma: pienso que no hay partidos desafiantes en el Perú y que eso tiene relación precisamente con la ausencia de una democracia de (o con) partidos. En una democracia con partidos, los partidos desafiantes entrarían en competencia con los establecidos para hacerse de los clivajes. En una democracia sin partidos, los supuestos “partidos desafiantes” serían más bien agrupaciones outsiders y caudillescas. Tal como ha ocurrido en el Perú.

El reto de lo programático

Ahora viene el asunto del vínculo programático. ¿Es posible tejerlo en una sociedad fragmentada y heterogénea como la peruana? Patricia Marenghi lo niega. Y remata O’Donnell, quien sostiene que en democracias delegativas como las Latinoamericanas eso es prácticamente imposible.

No tenemos partidos desafiantes y tampoco vínculos programáticos que se inserten en las mentes de los votantes. Los partidos nacionales, regionales y provinciales tejen relaciones clientelistas y carismáticas con los ciudadanos, vicios que según Marenghi socavan la construcción de cualquier telaraña ideológica o propositiva.

Según Dargent y Muñoz, la debilidad programática es algo que también explica una vieja historia en el Perú: que gobiernos elegidos con planes de gobierno de izquierda moderada o de centro acaben aplicando recetas de derecha en el poder. Pasó con Alan García (2006) y especialmente con Ollanta Humala en el 2011.

Debido a los nexos clientelistas, al final del mandato de alguna autoridad, los votantes se abstienen a aplicar el accountability electoral en función de un intercambio material. Y por causa de una relación carismática, el electorado no se fija en lo que el gobernante “hizo” en el poder, sino en lo que “es”.

Entonces, aquí se teje un juego de causalidad. Un sólido y permanente sistema de partidos parece ser el mejor escenario para una relación programática con el votante promedio. Y esa correlación podría traer como consecuencia el nacimiento de partidos desafiantes, útiles para la democracia, según López, por su carácter “representativo, renovador y reformista”.

 

 

 

 

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: