Zileri

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Pocas veces he tenido tanto miedo. Una de esas veces fue la noche anterior a mi primer día de trabajo en Caretas. Ahora recuerdo que ese miedo se multiplicó por 100 cuando Marco Zileri me dijo que mi primera tarea iba a ser cubrir el congreso partidario del APRA , con Óscar Medrano como fotógrafo. Sí, el mismo que retrató la guerra contra Sendero Luminoso por los Andes del Perú.

Nunca pensé en no ir. No. Pero ciertamente me arrepentía de haber movido las piezas tan rápido para (por fin) entrar a esa gran revista.

Recuerdo que ya en mi nueva oficina, un estruendoso golpe me quitó el pavor.

Era la puerta de la oficina de Enrique Zileri. Algo no había salido bien, posiblemente una foto, un texto, un gorro, una bajada, una leyenda, un pase, un subtítulo, una viñeta, una infografía o un interlineado. O tal vez una sumilla, un recuadro, una volada o un juego de palabras. Había tanto en qué fijarse cuando uno diseñaba una página de Caretas, pues todo debía concatenarse como en una sonata.

Zileri quería eso y no solamente eso. Transmitía los conceptos periodísticos, los mostraba, los compartía y hasta podría decir que disfrutaba dejando con la boca abierta a los nuevos periodistas que lo veían manejar la información y las fotos con la destreza de un jugador de billar.

Alguien había fallado en la mezcla de esos condimentos y Enrique Zileri había azotado las bisagras de ese conjunto de listones de madera, que unidos conformaban su sufrida puerta, sospecho que siempre a salvo de termitas. Salvo que esas termitas hayan tenido inoculado el gen de Caretas y que por ello sean conscientemente resistentes.

Tenía dos horas en Caretas y sin ser aún periodista de investigación ya había descubierto que la oficina de Zileri quedaba frente a la mía. ¿En qué rayos me había metido?

Pero no. Yo quería conocerlo y aprender de ese gran ejemplo periodístico que los libros de Alfonso Baella supieron describir tan bien, como un luchador solitario frente a dictaduras como la de Juan Velasco Alvarado.

Ciertamente, durante ese régimen militar, Zileri fue perseguido y deportado, pero poca gente salió en su defensa. Una vez le preguntaron en una entrevista si se sintió abandonado en esos tiempos y él respondió con un lacónico sí, pero sin quejas ni rencores.

Dicen que hay ojos que parecen haberlo visto todo. Esa era la mirada de Zileri.

Hablaba con las manos, como buen italiano, trazando parábolas imposibles de seguir con la vista. Y como buen intelectual, llevaba muchos libros a las reuniones de los jueves para comentarlos con nosotros. Y así cada semana.

Supongo que Zileri aprendió algunas cosas del periodismo que hacía Paco Igartua, con quien también trabajé en 1995.

Pero eran distintos, periodísticamente hablando. Paco era emoción, solidez y precisión. Zileri era precisión, estética y elocuencia.

Paco era el todo. El texto y las imágenes debían encapsular un mensaje. Pero me atrevería a decir que prefería el texto. Quería en su revista textos sólidos como el cemento y eso les pedía a sus periodistas.

Para Zileri, una foto de Caretas debía gemir y sudar. Y nosotros debíamos encontrar esa foto.

Una vez ingresé a su oficina exaltado, sin tocar la puerta. Tenía en las manos unos documentos que iban a sepultar a un mafioso amigo de los yates y de no pocos narcotraficantes. Era el brazo derecho de Vladimiro Montesinos y su mafia. Además nos había enjuiciado (a Enrique y a mí) por medio millón de dólares.

“Son buenos documentos, pero al tipo ya le diste. Déjalo en paz”, me dijo. Seguramente vio mi cara de sorpresa.

“Fíjate… Cuando el caso cambia a favor tuyo y el mafioso que tanto te ha fregado se encuentra arruinado, toca pensar en otras cosas. Hay que pensar en la familia”, recalcó.

Yo no sabía si se refería a mis padres o a mi hermano… Y lo notó. Me dijo que me sentara. Camisa remangada y codos sobre la mesa: “No hay que abusar. Los periodistas no somos asesinos. Ya le diste. Lo tienes. ¿Qué más quieres lograr?”, añadió.

Yo pensé: “¿Acaso no le han dicho que ese mafioso nos tiene de las bolas con el juicio a Caretas y que si perdemos todos nos vamos al diablo?”.

Pasaron los años y ciertamente el periodismo nos pone en ocasiones en las que podemos ser magnánimos o asesinos.

Enrique la tuvo clara. Y mucho.

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