Una humana disyuntiva

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El 15 de febrero se produjo una detonación en mi memoria, pero otras 30 en el pecho de Boris Foguel, antigua fuente mía y de Caretas que ayudó a tejer en 1999 las ataduras de Vladimiro Montesinos con el tráfico de drogas en el Perú y América Latina. Él fue interceptado por dos vehículos y abaleado por un grupo de sicarios, al parecer colombianos, cuando conducía una camioneta Lexus 4×4 que acabó trepada en una vereda del exclusivo barrio de Coco del Mar, en la ciudad de Panamá.

Muestra del pavor de Foguel en el ataque es que su pie derecho se quedó pegado al pedal del freno. Incluso horas después de la vendetta, las luces rojas posteriores seguían prendidas.

Foguel fue sindicado por la policía de ser el líder de Los Camellos, posiblemente la mafia más grande que haya operado alguna vez en el Perú, sea por las sólidas relaciones políticas y sociales de sus integrantes, pues todos hablaban dos o más idiomas, así como por las rutas de entrega de la droga que iban desde Estados Unidos y Centroamérica, pasando por Asia, Europa occidental y del Este.

Es complicado el asunto de las fuentes periodísticas. Primero suelen ser informantes, luego simplemente fuentes, pero luego el revoltijo emocional de ejercer el periodismo con peligro nos teje una vil trastada: el uso utilitario periodista-fuente deja de ser tal.

Nunca fui su amigo, si bien sus alertas fueron precisas y siempre agradecidas, sintiéndome obligado a cruzar ventanas y ciudades por precaución. Intuyo que su desbocada red de contactos le ayudaba a conocer los secretos más escabrosos de los políticos, los ascensos de nuestros militares y hasta los negociados más inverosímiles.

Algunos cuestionaron que Caretas sustente una parte de sus investigaciones sobre Montesinos en los dichos de Foguel. Si bien esa queja provenía del fujimontesinismo, merece igual una respuesta. Dada la naturaleza del periodismo de investigación, que abre zanjas en asuntos delictivos, las fuentes jamás serán éticamente perfectas. Todo lo contrario. Incluso es posible que esas fuentes hayan participado en el delito y en otros posiblemente peores.

En los noventa, los periodistas independientes se acostaban y levantaban con un sueño: tumbarse al ‘Doctor’ y a los militares que hacían de las suyas en el valle cocalero del Huallaga. Me plegué a ese objetivo y Foguel, metodológicamente, pasó a convertirse en una fuente y no en un investigado.

Y aquí añado una sutileza: no hubiera sido malo investigar y destruir a Foguel desde la prensa. Lo condenable era que ello se hiciera para evitar que las investigaciones periodísticas y judiciales llegaran al SIN de Montesinos y a varios militares o ministros de Estado.

Caretas no convirtió a Foguel en espantapájaros o en cortina de humo como sí lo hicieron medios de comunicación de la mafia como Expreso, La Revista Dominical de América Televisión y el Contrapunto de los hermanos Winter.

Antes y después de su muerte se han escrito muchas cosas macabras de Foguel. En lo personal, nunca lo vi como un tradicional capo del narcotráfico con cadenas y esclavas de oro, tatuajes, tics nerviosos, cirugías distractivas, amenazas a flor de labio o billetes rebozando los bolsillos.

Tal vez esa sea otra lección. Con esa facha, el fujimontesinismo acogió a muchos políticos, militares y funcionarios. El delito cobra caro, es cierto. Pero no todos pasan por caja.

Foguel siempre se ufanó de tener información que podía sepultar a Montesinos. Como periodista de Caretas y El Comercio intenté convencerlo de declarar a la justicia. Llamadas, visitas y entrevistas. Aceptó, se arredró y volvió a aceptar. Hoy está muerto.

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