Seguimos adelante

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La noche del 17 de diciembre de 1986, sicarios de Pablo Escobar asesinaron a don Guillermo Cano, director del diario El Espectador de Colombia. Menos de dos semanas antes, el 6 de noviembre, Cano había escrito un editorial corrosivo contra el narcotraficante de Medellín, héroe ahora de contemporáneas series televisivas. La lucha de Cano fue solitaria, tanto que ni sus discípulos apoyaban públicamente sus opiniones. Almorzaba en soledad y conducía sin guardaespaldas. Su última columna de opinión fue un dignísimo obituario: A los 61 años recibió ocho proyectiles de ametralladora cuando dejaba el periódico rumbo a su hogar. Aquí la reproducimos a modo de homenaje:

“Hace más de una semana que la Cámara de Representantes, a pesar de iniciales vacilaciones y dilaciones, levantó la presunta inmunidad parlamentaria que dizque protegía al individuo Pablo Escobar Gaviria, en mala hora elegido suplente de la Cámara Baja en papeleta con su protegido, el señor Jairo Ortega.

El susodicho individuo Escobar Gaviria está pendiente de resolución judicial por narcotráfico y sindicado por la justicia de Colombia como presunto autor intelectual, en unión de su primísimo Gustavo Gaviria, de la muerte violenta de dos agentes de seguridad al servicio de la República.

Casi en paralelo, el juez que investiga el doble homicidio impartió una orden de captura, en cumplimiento del correspondiente auto de detención y sin dudas constitucionales respecto a la posible inmunidad parlamentaria de Escobar Gaviria. Sin embargo, el capo de Medellín y su primo carnal Gustavo siguen gozando de cabal libertad como si las órdenes de los jueces no fueran de obligatoria obediencia por parte de las autoridades encargadas de hacer efectivas las capturas de los delincuentes.

Hace mucho más de un mes otro juez de la República dictó auto de detención y expidió la correspondiente boleta de captura contra un individuo de las mismas calañas y mañas que los primos Escobar Gaviria: el narcotraficante Carlos Lehder, vinculado dentro y allende de nuestras fronteras al delito de comerciar con estupefacientes y de enriquecerse con esa abominable y unible profesión”.

El editorial prosigue: “Durante mucho tiempo estos personajes siniestros lograron engañar y embobar a las gentes ingenuas halagándolas con migajas y propinas, con dineros todos calientes, mientras que nuestra sociedad, acobardada y en algunos casos engolosinada con los espejismos y atractivos de la vida cómoda del jet set emergente, veía crecer a su alrededor el imperio de la inmoralidad. Desenmascarados estos grandes personajotes de la mafia del narcotráfico, la justicia, tan lerda y temerosa en el pasado, comenzó a actuar.

Se sabe quiénes son y por dónde andan los fugitivos de la justicia. Muchas gentes los ven, pero los únicos que no los ven o se hacen que no los ven son los encargados de ponerlos, aunque sea transitoriamente, entre las rejas de una prisión”.

A día siguiente del crimen, pese al abatimiento y terror por la pérdida de su jefe, los periodistas de El Espectador colocaron en primera plana dos palabras maravillosas: “Seguimos adelante”.

Tres años después, el 2 de setiembre de 1989, la sede de El Espectador fue destruida por un coche bomba con 145 kilos de dinamita. Nuevamente, Pablo Escobar, el diablo colombiano, rozaba con su cola aquel nido de águilas. Desde las pocas computadoras y oficinas que resistieron la brutal onda expansiva, hombres de buena fe sacaron la edición adelante. Otra vez el periódico tituló en portada: “Seguimos adelante”.

Pues bien, sigamos adelante. Enorme el legado de don Guillermo Cano y sus periodistas en tiempos de ídolos falsos.

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