Ombliguismo periodístico

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La no renovación del contrato a Rosa María Palacios, abogada que conducía el programa televisivo Prensa Libre de América Televisión, ha dejado perplejos y fastidiados a muchos personajes, incluso a los que se mantenían silenciosos cuando el gobierno de Alberto Fujimori hacía cosas similares o peores.

Podría decirse que es un avance en la defensa de nuestros fueros, pero no. Los que cuestionaron la decisión de los directivos de América Televisión fueron básicamente periodistas alejados de los medios de comunicación, políticos e intelectuales que no recibían un salario de esa u otras empresas.

Salvo escasas excepciones, la mayoría de los que trabajan en el Grupo El Comercio han callado. Y le sacan la vuelta al imperativo moral del cuestionamiento con la teoría del “yo lucho desde dentro”.

Les ayudó mucho una declaración del uruguayo Danilo Arbilla, expresidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, quien recomendó a los periodistas peruanos no presentar sus cartas de renuncia, sino esperar a que los despidan. Dijo que “renunciar es dejar el camino libre” y que “otra forma de denuncia es que los echen porque así se puede decir que no estuvieron dispuestos a ceder”.

Es decir, no a las medidas enérgicas, no a los plantones. Nada de escándalos. ¿No es eso lo que más les conviene a las empresas periodísticas?

Ciertamente, la reflexión de Danilo Arbilla no parece ser imparcial: es un empresario de los medios de comunicación y fue jefe del Centro de Difusión e Información de Uruguay durante el régimen del dictador Juan María Bordaberry, cargo al que renunció a fines de 1975. Además, como era previsible, la Sociedad Interamericana de Prensa no agrupa a periodistas de planta, sino que congrega a los propietarios y directores de diarios, revistas y agencias informativas de América.

Hace poco, en su columna del diario La República, Augusto Álvarez Rodrich denominó ‘Zombiland’ a la modorra que cubre a ciertos periodistas del Grupo El Comercio y vaya que algunos despertaron inmediatamente para reclamarle por el calificativo.

Con serenidad, el exdirector de Perú 21 sostuvo que “los directivos de dicha empresa han optado, como ya lo han hecho en otros de sus medios de comunicación, por una planilla periodística de zombis que hacen lo que el dueño les indica, ni más ni menos y sin pensarlo”.

Esta terrible complicidad ha asesinado a más periodistas que cualquier guerra. Al igual que una peste, se ha llevado a la tumba a los profesionales más talentosos de sus generaciones, pero carentes de sangre en la cara. Y de valor.

Acomodarse sin reticencias al pensamiento del gobierno o de la empresa que nos contrata resulta peligroso en todos los sentidos. De aquellos periodistas brillantes que sucumbieron en esa tormenta, recuerdo a dos: el peruano Alfonso Baella Tuesta y el argentino Mariano Grondona, miembros de una generación que explotó en la década del setenta, con dictaduras en Palacio de Gobierno y en la Casa Rosada, regentadas por Juan Velasco Alvarado y Rafael Videla, respectivamente. Hoy, ambos cargan una cruz: se aliaron a gobiernos cuestionados y ahora afrontan la indiferencia del público. Y si hablamos de medios de comunicación, el reproche alcanza también a los diarios Clarín de Argentina y El Mercurio de Chile, entre otros.

La naturaleza del periodismo pasa por confirmar y denunciar lo que no camina bien. ¿Se puede dormir tranquilo cuando el librito de los principios rectores se usa como abanico? Hay demasiadas cabezas bajas en las redacciones. ¿Hasta qué punto ello es justificable?

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