Lejos del periodismo gris

 

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La Eminencia Gris, el hombre que derrotó a La Bestia en aquellas oficinas de triplay de La Fábrica en Surco, ojea Nexos con paciencia maoísta. En las paredes y rincones de su privadísima oficina, ubicada en su lejana casa de campo en Cañete, se lucen algunos hitos de una guerra que él libró desde su escritorio, cuando otros se hacían héroes en el campo. “Fui un burócrata, pero fui brillante”, dice. “Hay batallas que se ganan en las mesas de trabajo, con miles de horas de lectura, analizando y conjeturando, tal como se hace en Israel. Yo aquí gané la mía”, agrega.

Veo documentos marxistas, fotografías en blanco y negro del combate verbal con La Bestia y un anillo con la hoz y el martillo cuya identidad del dueño no quiere revelar. Por allí resalta un ‘chaleco antibalas’ de un comando de aniquilamiento de Sendero Luminoso, hecho con piedras planas de río unidas con soguilla y tela de costalillo. La mancha oscurecida a la altura del pecho parece ser sangre. Sangre de un terrorista.

“A tu revista le falta dialéctica, no abre las dos colinas”, afirma de súbito. “En cuanto a las formas, el periodismo está muy emparentado con el marxismo, pero nadie se percata. La acción-reacción debe impregnar las páginas de un periódico, pero más las de una revista”, explica. Bota el humo del cigarro para lanzar su mejor frase: “Una revista es el escenario perfecto para la guerra de ideas, pero también para desarrollar la relación entre el periodismo y el arte”.

El funcionario de parietales grises se enfrentaba ahora al agujero negro que atrapó a la prensa desde el siglo XV: la monotonía. Y desenterraba el vínculo entre la prensa, la belleza y el interés publico que 200 años antes (siglo XIII ) plasmaron los hermanos Lorenzetti en su mural sobre el Buen y el mal gobierno en Siena.

Hoy, ocho centurias después, con Da Vinci, Tiziano, Picasso, Guayasamín y Warhol en el imaginario, las buenas revistas ensalzan al periodismo al unirlo con el arte, con diseños que asumen el color del expresionismo y fotografías que pretenden ser hermanas menores de La Creación de Miguel Ángel. Un revistero de corazón lo intenta, persiste y resiste.

Nexos quiere eso, porque el periodismo de diarios cansa, ahuesa y vuelve grisáceo el talento: el diseño es repetitivo y no depende de las imágenes. Una revista puede ser generosa con una gran foto al darle dos páginas, pero ahí no acaba el trabajo: hay que buscarle un titular inolvidable, una volada de polendas y un gorro que pase a la historia. La noticia es sometida a una autopsia y revivida con el milagro del análisis.

Un texto de revista puede ser consagratorio. Lo saben John Hershey, Philip Roth, Jorge Luis Borges, JD Salinger, Raymond Carver, Truman Capote y Mario Vargas Llosa, quienes dejaron el tranvía tras aparecer en The New Yorker, Life, Esquire, Stern, París Macht y otras.

Las revistas fortalecen el periodismo y por ese camino avanza Nexos, afinando el ojo porque la trocha es casi imperceptible en el Perú. No hay nada como coger una foto y hacerla crecer para diseñar a mano alzada una página. Nada como una descripción bien puesta. Nada como un final críptico para poner nerviosa a alguna autoridad.

Si es verdad que la vida es una fiesta, trabajar en una revista es como bailar con la chica más linda de esa fiesta.

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