JDC

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Javier Diez Canseco ha muerto y ha dejado a la izquierda sacudida y atontada, tal como quedaban los banqueros (incluido su padre, director del Banco Popular) cada vez que brindaba algún discurso en el Congreso o en alguna plaza pública.

A JDC lo han llorado como si se tratara de un exministro o de un ex jefe de Estado, pero no fue ninguna de las dos cosas. La ‘ubicua’ derecha nunca lo hubiera permitido, tampoco los apristas y menos el sector militar. Tal vez él haya protagonizado el que podría ser el último de los sepelios masivos en esta democracia de audiencias, que genera liderazgos televisivos plásticos y con poco bagaje moral. Eso debe hacernos pensar. ¿A qué otro político del país la gente podría despedir así? ¿Tal vez a Luis Bedoya? JDC fue un radical, un hombre que envolvía sus palabras con dinamita y que fue odiado por esa clase media de derecha conservadora que transitó los ochenta escondiendo la cabeza.

JDC atravesó ese decenio con el seño fruncido y sin sonreír en las fotos que los periódicos publicaban cada vez que lo entrevistaban o se referían a él. Vi eso como escolar y estudiante universitario, lo que me llamó poderosamente la atención. No enseñaba los dientes, al menos no en público. Años después confirmé en el archivo fotográfico de Caretas que JDC recién empezó a estirar sus cachetes a partir del 2000, vestido con ropa clara y no con las guayaberas o casacas oscuras que lo pintaron como el barbudo antisistema.

Sí: en los ochenta JDC era el perfecto demonio en una saga de peruanos que pretendían agringarse haciendo colas en el recién llegado Kentucky Fried Chicken (hoy KFC) o en el Centro Comercial Camino Real, ambos en San Isidro.

Mi padre lo detestaba y decía que JDC jamás veía algo bueno en el país. En el segundo gobierno del APRA se opuso a la exploración de Camisea (1986) y a otros proyectos de inversión cuyos archivos durmieron años en las gavetas del Estado, siendo ejecutados ahora con regalías millonarias. Claro, no para todos. JDC era un incendiario y un atrevido saboteador del capitalismo, pero fue en los noventa que su estatura política creció en estratégica proporción con los abusos del fujimorato.

Fue allí cuando lo conocí.

En 1994, la Asociación Pro Derechos Humanos (Aprodeh) era un enjambre de iras y penas centrífugas por los centenares de hijos arrancados a sus madres, asesinados o desaparecidos en Lima y en el interior. Habían sido los marinos, los cachacos o “unos encapuchados”. Nadie daba razón. Quemaba La Cantuta y corroía Barrios Altos. Golpeando el piso con la bota que le completaba la pierna afectada por la polio, desgastando y rozando las piezas de la estructura metálica que lo mantenía en pie, rompiendo las leyes de la inercia con su bamboleante andar, JDC iba y venía agitando papeles que seguramente sustentaban algún abuso del gobierno.

Se dijo que en los setenta y ochenta sus camaradas del Partido Unificado Mariateguista (PUM ) le exigieron pasar a la clandestinidad para iniciar la lucha de clases en un escenario con monstruosos actores: el MRTA y Sendero Luminoso. JDC no fue esa clase de líder. Su metralla fue verbal y sus emboscadas se dejaron ver en la oscuridad de un régimen que gestó bribones y tecnócratas desprejuiciados.

¿JDC habrá querido alguna vez ocupar una cartera ministerial? ¿Le faltó eso para cerrar con satisfacción su carrera política? Quién sabe y poco importa. Aparentemente no lo deseaba, pues nunca activó aquellos mecanismos sociales y de poder que los políticos utilizan cada vez que desean un fajín o una embajada. Se fue un “mal necesario”. No olvidemos a JDC .

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