Imágenes sin sangre

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Hallado Ciro Castillo en el Valle del Colca y difundidas algunas fotos de su cadáver en diarios, revistas y canales de televisión, surge por enésima vez el trasnochado debate sobre la conveniencia o no de publicar imágenes de personas muertas o accidentadas.

Semanas antes, una foto publicada en Caretas del barrista aliancista Walter Oyarce, agónico y sangrante después de caer de un palco del estadio Monumental, había despertado una cruzada moralista de periodistas de salón y de blogueros que cuestionaron con fiereza al semanario por su ‘irresponsable’ decisión editorial.

Además, posiblemente turbado por esas coberturas, un profesor de periodismo (no de la Universidad de Lima) difundió en internet un decálogo ético que pedía eliminar la publicación de imágenes de muertos o accidentados. Así de tajante. Era el adiós a imágenes de Cristo en el Gólgota y de Bobby Kennedy rendido en la cocina del Hotel Ambassador. Era la censura a la masacre de Lucanamarca e incluso a La Piedad de Miguel Ángel.

Estamos frente a una discusión repetitiva que apareció en el periodismo del siglo XIX con el desarrollo de la fotografía y que siempre acaba en la misma conclusión: lo peor que le puede pasar a la prensa es que le impidan hacer algo.

Se ha querido pintar al periodismo como un monstruo de varias cabezas que revienta lápidas y asola honras por un plato de cebiche. Pero no siempre son culpables los periodistas. Detrás de una foto con sangre existe un sistema sociopolítico que ha fallado y que tiene en la prensa a la única actividad que se atreve a mostrar sus reveses.

¿Cuántas cosas puede ocultar el periodismo? Luego de 50 años en salas de redacción, Ben Bradlee, editor de The Washington Post durante el caso Watergate, dijo que prefería mil veces pecar por publicar que por omitir información.

Hacerle la guerra a las fotos cruentas es una muestra de ingenuidad. En 1997, la revista Cambio 16 de España dedicó su portada a la imagen de un miliciano liberiano que portaba un fusil y que llevaba la mano seccionada de un enemigo entre sus dientes. Tenía una oreja como pendiente y en sus genitales había amarrado la bandera de su grupo armado. ¿Estaban locos los periodistas que la escogieron? Esa y otras fotos confirmaron que en Liberia había una cacería política que Occidente desconocía y que había causado 200 mil muertos en dos guerras civiles azuzadas, desde Libia, por Muamar Gadafi.

La publicación de una imagen con alto contenido de violencia o crueldad debería ser consecuencia de una decisión editorial, responsable y serena, dentro de los medios de comunicación, con editores y periodistas haciendo valoraciones sobre interés público y bien común. Al final, el camino de las dilucidaciones los llevará al dilema ético de siempre: la necesidad de informar o cuidar la susceptibilidad del público. Ello no nos salva de posibles errores, pero logrará que el público demore un poco en lanzar la primera piedra.

Detrás de Caretas hay 60 años de historia periodística, decenas de miles de fotos impresas y un tipo como Enrique Zileri. ¿La decisión de publicar la fotografía de Walter Oyarce se tomó durante una fiesta de cotillón o fue producto de un análisis periodístico? De acuerdo con la filosofía de Caretas, ciertas fotos que revelan un acto de barbarie podrían lucirse en una plaza pública si es que permiten abofetear a la autoridad que se mira el ombligo.

Desde hace 200 años el periodismo maneja procesos y procedimientos independientes que han generado opinión pública y democracias en el mundo.

Publicar una fotografía es complicado y las dudas asaltan a los periodistas hasta en los sueños. Y si al final se produce un desliz, las disculpas engrandecen. Pero nada justifica una censura.

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