Generación Angamos

Captura de pantalla 2014-11-07 a la(s) 10.36.39

Pertenezco a una generación que inició su vida escolar casi en el centenario de la Guerra del Pacífico, apenas acabado el gobierno militar de Morales Bermúdez. En el Colegio Claretiano de Maranga fui uno de los afortunados alumnos del profesor Leopoldo Merino, amo y señor del Combate de Angamos y critico cáustico de Prado, Piérola e Iglesias.

Sí, pertenezco a una generación antichilena, similar a otras que se cultivaron en algunos colegios de Lima en las tumultuosas décadas del setenta y del ochenta, terribles económicamente y aún con el tufo nacionalista de Velasco Alvarado.

Las papas quemaban en los recreos por las broncas entre los hijos de los marinos y algunos compañeritos con sangre chilena por algún lado. Era una cosa normal cada ocho de octubre e incluso los 28 de julio, ganando siempre el ejército rojiblanco, aunque por mayoría numérica.

Solamente una vez enmudecimos: fue cuando Sergio El Negro Torres, de madre chilena, se trepó a una carpeta para gritar que éramos unos “miserables violados”.

La aparición del terrorismo distrajo un poco el revanchismo generacional hacia el sur, pero no en todos. Hubo políticos que culpaban a los chilenos de haber dejado al Perú en una silla de ruedas, tetrapléjico, respirando decadencia.

En la Guerra del Pacífico, el vicealmirante chileno Patricio Lynch, jefe del Ejército de ocupación en el Perú y llamado El último virrey de Lima, fue el demonio (junto con Manuel Baquedano) que incendió casas, bibliotecas, fábricas y templos, fusilando incluso a 13 bomberos que socorrían a los heridos. Él sostuvo que había que generar tanta destrucción y dolor en el Perú, de tal manera que no pueda levantarse en 100 años. Detrás de su demencia latía el plan de Diego Portales, que buscaba posicionar a Chile como el “dueño absoluto del Pacífico Sur”.

Pues bien, ya pasaron 100 años. En realidad, un poco más: 131. El Perú se tomó su tiempo, distraído en eliminar a un enemigo atroz (Sendero Luminoso) y en limpiar su democracia de algunos reyezuelos con banda presidencial, sin olvidar aquellos lunares oligárquicos que se resistieron a salir como la grasa en una olla.

El Perú no es el Olimpo, pero se encuentra encaminado hacia algo que no es el eterno despeñadero que veíamos antes, cuando éramos chicos y despeinados, expertos en estudiar sin luz y en mantenernos vivos con el pan popular del APRA .

Tenemos más territorio y enormes recursos naturales. Más población y una conexión natural con Brasil y China, las potencias que crecen (hasta hoy) sin imposiciones hegemónicas.

Ahora, elegantemente, hay que darle la vuelta a la tortilla. La clase media que se viene formando en el interior del país y en Lima Norte, particularmente en Carabayllo, Comas, San Martín de Porres, Independencia y Los Olivos, microempresaria y asalariada, descendiente de los provincianos que llegaron a Lima desde 1950 en adelante, se prepara para ser un motor de empuje e ideas. ¿Quién iba a pensar que allí, en esos distritos polvorosos y auscultados de reojo por los limeños criollos, iba a gestarse la clase media que tanto necesitó el país?

Algunos hitos confirman el avance: Lima dejó atrás a Santiago en la obtención de la sede de los Panamericanos del 2019, el llamado ‘milagro económico’ dejó de ser chileno para ser (se dice) peruano, y se destruyó a través de una brillante diplomacia el acechante eje Quito-Santiago. ¿Y el reciente fallo de la Corte de La Haya que extiende nuestro mar territorial? Bueno, eso es gratis.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: