Representatividad electoral: Histórica ausencia en el Perú

RP

Este es un breve comentario sobre la representatividad política en el país, basado en tres lecturas: Representación política en América Latina: El estado de la cuestión y una propuesta de agenda de Juan Pablo Luna, El derecho del sufragio en el Perú de Valentín Paniagua y Revocatoria en el Perú de Fernando Tuesta. El profesor del curso de Representación, Sistemas Electorales y Sistemas de Partidos de la maestría en Ciencia Política y Gobierno de la PUCP (Fernando Tuesta) nos dio media hora para hacer un texto. Esto fue lo que salió.

Escribe ORAZIO POTESTÁ

Probablemente la representatividad siempre estuvo en crisis en el Perú. Respecto a las causas, Valentín Paniagua pone énfasis en lo histórico y en el marco legal que podría remontarse a la Carta de Cádiz (1812) y a la elección indirecta de autoridades, pasando por ensayos como el voto público y la cédula múltiple en los siglos 19 y 20, mientras que Fernando Tuesta hace foco en el diseño institucional y legal, así como en la debilidad del sistema partidario existente desde la República.

Lo cultural, lo legal y lo institucional tienen un impacto visible en la elección de representantes. Y el efecto de ese camino sinuoso mella el concepto sobre la política y su ejercicio.

Pero esa crisis no necesariamente es ‘peruana’. Juan Pablo Luna sostiene que la crisis es Latinoamericana e incluso global. No se tejen vínculos programáticos entre los electores y los partidos políticos, pero lo peor es que poco se sabe de la esencia de lo que queda: la relación no programática.

El Perú y Latinoamérica parecen estar muy lejos de los “partidos responsables”.

Torcal (2005, citado por Luna) señala que las nuevas democracias latinoamericanas y europeas “sufren de un síndrome endémico de baja institucionalización” y sugiere que los actuales sistemas de partidos serían incapaces de generar democracias representativas “con el paso del tiempo”.

Sobre la crisis de la representatividad, Torcal parece responsabilizar más al diseño institucional que a la ausencia de un sólido sistema de partidos, si bien ambas cosas pueden correr de la mano. Al menos en el Perú, ello puede tener sentido si se considera el daño de la ‘lista abierta’ para la elección del Parlamento, aparente responsable de la baja calidad de sus integrantes.

Pero hay más: la crisis de la representatividad en el Perú no es solamente de calidad, sino también de cantidad. Según Tuesta, el Perú es el quinto país con mayor población de América Latina, pero ocupa el puesto 14 en la proporción de parlamentarios por número de habitantes.

¿Incrementar la cifra de escaños es viable? Puede ser necesario, pero sería políticamente un suicidio por el mal concepto que hay sobre ese poder del Estado.

Alcántara (2004, citado por Luna) incide en una “disyuntiva histórica” que ha envuelto a los partidos políticos latinoamericanos: saber si son ‘instituciones partidarias’ o ‘máquinas políticas’.

Desvinculadas de los liderazgos personalistas, las ‘instituciones partidarias’ apuestan por un “programa en el que cristalizan su orientación ideológica” y se “organizan en función de una serie de criterios que conducen a la racionalidad y a la eficacia”. Entretanto, las ‘maquinas políticas’ son vehículos temporales para la consolidación de caudillos sin programa de gobierno ni estructura partidaria.

Si bien Luna sostiene que los partidos políticos latinoamericanos han transitado por ambas rutas, ello no podría aplicarse al Perú a rajatabla.

Aquí los partidos políticos fueron estelares mientras actuaron como ‘máquinas políticas’ al servicio de un caudillo. Belaúnde en 1963, Fujimori en 1990 y Toledo en el 2006, sin pasar por alto a Humala en el 2011.

Lejos de los éxitos electorales, esas instituciones sucumbieron y no tejieron vínculos programáticos con nadie, ni supieron politizar temas presentes en la piel del electorado. Lo que quedó fue volatilidad, fragmentación y mala imagen, tierra fértil para outsiders y caudillos.

Se ha fallado en el tránsito de ‘maquinas políticas’ a ‘instituciones partidarias’. ¿Solamente una ley resolverá el problema? Montesquieu diría que no, teniendo en cuenta que una norma representa el espíritu de una sociedad.

Lo ideal sería la confluencia de dos cosas: un buen marco legal y la mejora de la cultura cívica en el país.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: