LOS INTERESES DE BRASIL EN LA INTEGRACIÓN SUDAMERICANA

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Allá por el siglo XIX, José María da Silva Paranhos, brillante canciller brasileño que pasó a la historia con el apelativo de Barón de Río Branco, dijo que su país estaba “condenado a ser grande”. A inicios del siglo XXI, Brasil lo es o está a punto de serlo, según el libro Brasil Potencia del escritor y analista uruguayo Raúl Zibechi.

Si bien los investigadores brasileños Vania Bambirra y Theotonio Dos Santos[1] señalan que diversos fenómenos económicos moldearon el vaticinio del Barón de Río Branco[2], hubo un hecho sustantivo: la industrialización en Brasil, como consecuencia de la II Revolución Industrial, de la Primera y Segunda Guerras Mundiales, así como de la Crisis de 1929.

Sin embargo, lo político también fue relevante. Bambirra y Dos Santos apuntan a personajes históricos como el popularísimo presidente Getulio Vargas, llamado el ‘modernizador’ de Brasil, primero demócrata y luego dictador-creador del Estado Nuevo, quien gobernó durante 20 años (1930-1945/1951-1954) para luego suicidarse al verse acorralado por sus rivales políticos. Otro es Juscelino Kubitschek, uno de los políticos más racionales de la historia brasileña, autor del célebre Programa de Metas que permitió ejecutar 50 años de gobierno en cinco[3].

Vargas y Kubitschek antecedieron al general EB Humberto Castelo Branco, quien inició en 1964 el proceso militar que duró hasta 1985, gris en la historia brasileña por las violaciones a los derechos humanos, pero importante porque rompió el espinazo del viejo esquema de dominación populista y sentó las bases legales y económicas para el posterior “milagro brasileño” en manos de los “nuevos militares”[4].

Hasta aquí Brasil se encontraba encaminado al progreso, pero casi en solitario, de espaldas a la Sudamérica hispanohablante. El deseo integracionista vendría con fuerza en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y de Luis Ignacio Lula da Silva.

La integración y el objetivo de ser potencia

Este preámbulo intenta subrayar que el desarrollo de Brasil no se gestó recientemente, sino que se remonta al siglo XIX (e incluso cuando era parte del imperio portugués) y que ahora busca nuevas vías para consolidar su tránsito de potencia regional a una de alcance global por medio de un “imperialismo amigable” que buscaría crecer sin imponer, tal como se señala en la Estrategia Nacional de Defensa (END) de Brasil[5].

Para Zibechi, la integración sudamericana es una estrategia que Brasil utiliza para convertirse en una potencia mundial en el mediano plazo. El Proyecto Brasil 2022 resalta el papel del gigante carioca en la región, como líder de una avanzada que contribuya a superar las desigualdades, buscando además que los países se alejen de las tareas primario-extractivas para apuntar a una industrialización.

El objetivo es homogeinizar la región para conformar un bloque que sea aliado de Brasil y que pueda influir en el mundo, teniendo como sustento el poder económico y político que genera la posesión de recursos naturales.

De acuerdo con Zibechi, la iniciativa brasileña ha originado recelos en Sudamérica por algo que finalmente sería inevitable: el rol hegemónico del gigante carioca, si bien esa postura ha sido negada por autoridades políticas y militares que suponen de manera idealista que el crecimiento sin imposición (o abuso) será aplicado por voraces empresas multinacionales como Petrobras, Odebrecht, JBS Fribol, Votorantim y Camargo Correa, repartidas en el mundo con reiterados escándalos de prepotencia y corrupción. Aquí resulta emblemático el conflicto ocurrido entre Electrobras y Paraguay, respecto a la represa binacional de Itaipú[6]. Y también el cerco económico tendido sobre Bolivia, al controlar Brasil el 18% del PBI altiplánico, según cifras del 2005 publicadas por el diario Folha de Sao Paulo.

En buena cuenta, lo que para Brasil es ayuda e integración, para Sudamérica podría ser riesgo y sujeción. Consciente de lo anterior, Brasil propone abrir sus mercados (sin exigir reciprocidad) y construir las megaobras que su propuesta de integración económica y comercial necesita para ser una realidad.

Algo más preocupa a Zibechi, con respecto a las megaobras: Brasil aparece en todas las etapas de su implementación. Es decir, en la formulación del proyecto, en su financiamiento a través del poderoso BNDES[7], en la construcción de la infraestructura y hasta en el consumo de los recursos que allí se produzcan o transporten, sin descartar su comercialización, tal como ocurre con el gas boliviano que es refinado en su territorio para su posterior venta al exterior. He aquí una estratégica concatenación que incomoda a los analistas sudamericanos y norteamericanos: detrás de la mano caritativa brasileña podría esconderse el abrazo de un oso del Amazonas.

En este juego prospectivo integracionista, los intereses de la burguesía de Sao Paulo se entretejen con los objetivos de Brasil como Estado. Zibechi sostiene que el empresariado paulista planifica una nueva conquista de la amazonía, con una vocación claramente imperialista, lo que amenazaría la ecología y la supervencia de miles de nativos de Perú, Bolivia y Paraguay. ¿Cómo lo hará? Pues convirtiendo a la amazonía en un corredor económico, en una ruta para el transporte fluvial de mercancías y en una fuente energética para los complejos industriales de la zona sureste de Brasil. Ello convertiría a la amazonía, según Zibechi, en un “gigantesco pastizal” debido a que se priorizaría la producción de materias primas.

Entiendo que para Zibechi, el deseo paulista vendría a ser un imperialismo expansivo y dañino, distinto (en teoría) al manto económico que Brasil intenta colocar en Sudamérica a través de sus empresas multinacionales y megaobras, sin el uso de la fuerza para la coacción política o ideológica. Sostiene que “la expansión del capital no significa necesariamente imperialismo”.

El factor IIRSA

La Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) parece ser la punta de la alabarda que Brasil busca colocar en Sudamérica.

Presentado en Brasilia por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)[8] en el 2000, el IIRSA pretende ejecutar proyectos físicos y modificar los marcos legales de los países sudamericanos para facilitar el comercio regional y global, sobreponiéndose a caducos instrumentos como la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN) y el ALCA.

El IIRSA uniría las cuencas del Orinoco, del Amazonas y del río de la Plata, con proyectos de transporte aéreo y fluvial, oleoductos, gaseoductos, hidrovías y puertos, lo que implica la formación de nueve ejes regionales en 12 países.

Cardoso culminó su mandato en el 2002 y entregó la posta a Lula da Silva, quien desde el Palacio de Planalto mantuvo un idéntico discurso sobre el IIRSA y sus alcances políticos y comerciales, reflejando la fortaleza de los lineamientos estatales brasileños.

Con el IIRSA aparecen nuevamente los temores: los préstamos de Brasil para las obras de infraestructura en Bolivia obligan a las autoridades altiplánicas a contratar empresas constructoras cariocas, esquema que podría repetir el drama paraguayo con la represa binacional de Itaipú. Además, gran parte de la energía que se produzca en las hidroeléctricas de las cuencas del Orinoco, del Amazonas y del río de la Plata será comprada por Brasil.

Coincido con Zibechi al señalar que el IIRSA propiciaría una integración “hacia afuera” en Sudamérica, basada en una fluidez del tráfico comercial que beneficiaría básicamente a las multinacionales brasileñas y a las “fábricas globales”. En ese contexto, los países menos desarrollados no transformarían su capacidad productiva, teniendo que orientarse a la exportación de commodities. Otro asunto que debe debatirse es si la homogeneización de los marcos legales debilitaría a los Estados frente a las multinacionales, al perder autonomía frente a posibles conflictos comerciales o medioambientales.

La UNASUR y las élites brasileñas

La Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) se estructuró y oficializó en Brasilia, en el 2008. Fue un proyecto integracionista que colocó al gigante carioca como líder y promotor, opacando la presencia de Estados Unidos en la zona.

Uno de los mayores éxitos de la diplomacia de Itamaraty fue el desplazamiento de la OEA, bastión de los intereses norteamericanos, en favor de la UNASUR, en la solución de graves conflictos regionales.

La UNASUR y el pulso diplomático brasileño se hicieron notar en el 2008, al evitar que la ultraderecha boliviana destituya del cargo a Evo Morales, y también en el 2010, cuando protegió a Rafael Correa de la rebelión policial que buscó separarlo del cargo.

Ciertamente, la posterior creación del Consejo de Defensa Sudamericano (CDS)[9] fortaleció la tesis de que para Brasil, la integración regional, siempre y cuando tome la iniciativa diplomática, política y económica, es la mejor estrategia para su ascenso como potencia mundial.

Al parecer, nada de lo que hace Brasil en política internacional es improvisado. Sin embargo, todo ello nace de la política interna y de los debates multidisciplinarios que allí se producen[10].

¿Cómo el Estado brasileño logró tal nivel de planeamiento? ¿Cómo la sociedad carioca pudo construir una visión de país tan articulada a mediano y largo plazo? Según Zibechi, fue (y es) fundamental la articulación de las élites dominantes brasileñas bajo una tríada compuesta por empresarios de avanzada, tecnócratas eficaces y militares desarrollistas. Sumaría a esa lista la presencia de brillantes intelectuales como Fernando Henrique Cardoso, Darcy Ribeiro, Paulo Freyre y Cándido Méndes de Almeida, entre otros.

Referencias bibliográficas: 

[1] GONZÁLEZ CASANOVA, Pablo. Compilador. América Latina: historia de medio siglo. Artículos de Vania Bambarria y Theotonio Dos Santos. México DF: Siglo Veintiuno Editores, 1977.

[2] José María da Silva Paranhos fue ministro de Relaciones Exteriores de Brasil entre 1902 y 1912. Con audacia diplomática y sin guerras, cerró aproximadamente 16 mil kilómetros de fronteras brasileñas con casi una decena de países.

[3] Presidente de Brasil de 1956 a 1961. Durante su gestión se construyó Brasilia, se diversificó la economía y se ejecutaron millonarias obras de infraestructura en todo el territorio.

[4] Concepto acuñado por el politólogo norteamericano Alfred Stepan, profesor principal de la Universidad de Columbia y experto en asuntos sociales y castrenses latinoamericanos. Para Stepan, los “nuevos militares” buscaban la industrialización de sus países (eran desarrollistas) y concebían que la lucha contra la pobreza era uno de los fundamentos de la defensa nacional. En 1978, Stepan publicó el libro Estado y sociedad: Perú en perspectiva comparada, editado por la Universidad de Princeton.

[5] Dicho concepto es rebatido por analistas y estrategas políticos que consideran que no es posible ser potencia sin causar daños colaterales regionales o globales. Un comentario similar hizo el profesor Javier Alcalde en la clase del 30 de octubre del 2013. Sin embargo, el documento que configura la END señala que “Brasil ascenderá al primer plano del mundo sin ejercer hegemonía o dominación”. Entretanto, el Ministerio de Defensa asume la tesis de que “Brasil se engrandezca sin imperar”.

[6] La represa binacional de Itaipú es una de las más grandes del mundo. Fue presupuestada en US$2.000 millones, pero acabó costando US$20.000 millones debido a la sobrefacturación de las constructoras brasileñas. Paraguay no puede disponer libremente de su energía: un contrato lesivo le obliga a vender su excedente a Brasil a precios muy inferiores que los del mercado internacional. Según el experto Ricardo Canese, Paraguay deja de percibir entre US$3.000 y US$4.000 millones anuales. Cuando el presidente paraguayo Fernando Lugo pretendía renegociar el Tratado de Itaipú, Brasil desplegó 10.000 soldados a la frontera común como medida de presión, lo que fue denunciado ante la OEA.

[7] En el 2010, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) se convirtió en la mayor entidad financiera de fomento en el mundo, al desembolsar US$100.000 millones para infraestructura e industria. Entre el 2009 y el 2010, el Banco Mundial hizo préstamos por US$40.300 millones.

[8] A pedido del entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso.

[9] El Consejo de Defensa Sudamericano (CDS) fue una iniciativa de Brasil, como consecuencia de la crisis regional entre Colombia, Ecuador y Venezuela, por la muerte del líder de las FARC, Raúl Reyes, en el 2008.

[10] Apuntes de clase. Comentario del profesor Javier Alcalde en la clase del 23 de octubre del 2013.

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