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Luego de 15 años como periodista, ejerciendo mi profesión con un militante y respetuoso perfil bajo, me dije una mañana que posiblemente (recalco la palabra posiblemente) ya era hora de ganar pantallas y cierta presencia en esferas mediáticas.

Supuse que era el momento de hacerlo, luego de pasarme la vida jugándome el pellejo con papas calientes que mis famosos colegas nunca trataban en sus medios de comunicación.

Insisto: Posiblemente.

Haber pasado por importantes diarios, revistas y canales de televisión, me hacía “ubicable” y reconocible en algunas redacciones, supongo que por mis investigaciones sobre tráfico de drogas, corrupción y Fuerzas Armadas.

Aclaro: Nunca investigué a generales en retiro, sino en actividad y con poder de tropa. Tampoco a políticos en desgracia y menos a narcotraficantes presos, muertos o exiliados. Todos mis investigados se encontraban con poder y muy cerca de mí.

Retomo: Pensé en la posibilidad de abandonar ese low profile cuando mi carrera atravesaba por un momento de reflexión, esperando una resurrección que no llegaba, habiendo vencido ya el bíblico plazo de las 36 horas.

La piedra que debía mover era muy pesada.

Veía mi carrera como una larga película, donde los flashbacks se hacían interminables y se multiplicaban por mil los dolores ocasionados por las equivocaciones del pasado.

Algo cambiaba en mi manera de ver las cosas.

Pero mi balance es azul, si bien eso no importa mucho al momento de firmar contratos. Nunca le mentí a una fuente. Nunca soborné. Nunca compré información para dañar a terceros. Nunca exageré para ganar espacios o notoriedades.

Escribo aquello pensando que un conocido y laureado periodista le ha pedido a una de sus practicantes, ex alumna mía en la PUCP, que grabe soterradamente a una fuente de información que había aceptado una entrevista.

En el Perú, las grabaciones subrepticias solamente benefician al periodista y sirven para destruir a las fuentes. En la loca carrera por ser “el mejor” no valen las consideraciones éticas.

Lo lamento y me preocupo, pues esa fuente es mi amiga y yo facilité el contacto.

Mi cerebro arroja una disquisición y empiezo a reír. La gente me mira: ¿Debí hacer cosas como esas para ganar algunos diplomas?

Llamada y propuesta

Hasta que me propusieron aparecer como panelista en el programa Pulso.

Cierta tarde de julio o de agosto del 2008, recibí una llamada telefónica. Era Víctor Andrés Ponce: “Le he dado tu nombre a Hugo Chauca, productor de Pulso. Le hablé de tu trayectoria, me dijo que te iba a llamar para proponerte que seas panelista. ¿Te gusta la idea?”…

[Me sorprendió la noticia, no lo niego. Y debo decir que me sentí intranquilo]

“Me parece bien, gracias. Creo que debo salir del ostracismo del periodismo de investigación”.

[Comentarios de ida y de vuelta]

Había dos panelistas en Pulso y faltaba un tercero. ¿Sería yo?

El conductor de Pulso era un personaje ligado a los lobbies de alto vuelo y que era llamado “periodista” porque simplemente conducía un programa de TV.

Así es nuestra carrera: Muy generosa.

Pero eso me desanimaba.

Desde luego, también pensé que era demasiado severo con mis rangos éticos y con las apariencias: ¿Cómo voy a trabajar con un lobista?

Fuera de la fiesta

Pero no era el único lobista en ese programa de TV.

Mi amigo Víctor Andrés Ponce compartía la mesa de panelistas con un angelito que entre el 2001 y el 2002 me llamó para abogar por una familia ligada al tráfico de repuestos y municiones en las Fuerzas Armadas: Los famosos hermanos Díaz Costa.

Lo puse en evidencia en una nota que publiqué en el diario Correo, al sindicarlo como el relacionista público de ese clan.

El lobi-periodista, que en ese tiempo trabajaba en Canal N, me llamó por teléfono, furioso y dando resoplidos. Recuerdo haberle dicho que “si cobraba rico, que aceptara las consecuencias”.

Hugo Chauca me citó y hablé con él por espacio de dos horas, en el tradicional edificio de Panamericana Televisión, ubicado en la avenida Arequipa y al que yo llegué a conocer bien en mi época de reportero en Panorama.

“Te llamaré”. “Listo, gracias por considerarme”.

Pasó el tiempo y esa timbrada nunca se produjo. Un domingo observé que habían convocado a Catherine Lanceros, con lo que se completaba el trío de panelistas.

Amigos en Lurigancho

Me resigné y confirmé algo: Todo se mueve en función de las relaciones sociales, lo que nunca me empeñé en tener como periodista de investigación.

Mis relaciones sociales siempre se circunscribieron al “Jirón de La Unión” del penal de Lurigancho o a la Plaza de Aucayacu, en el valle cocalero del Alto Huallaga.

Al poco tiempo, Pulso cambió de conductor y fue contratado el analista político Santiago Pedraglio.

Santiago le dio al programa de TV el prestigio que Pulso no había podido ganar en años. Ciertamente, me sentí motivado para salir en pantallas.

Pero Santiago renunció porque no se sintió cómodo debido a una serie de presiones ejercidas por un Ministro de Estado. ¿La causa? En Pulso había sido entrevistado un médico que lideraba a los profesionales de la salud que se encontraban en huelga y en guerra contra el gobierno.

Y ahora sí, mi teléfono celular sonó como nunca antes. Era Hugo Chauca: “¿Te unes al equipo? Empezamos contigo el domingo, será buenísimo para nosotros y para tu carrera”.

Le dije que no.

Con calma le expliqué que no era el momento adecuado, considerando que la renuncia de Santiago Pedraglio era un hecho que le había restado mucho crédito a Pulso.

“Hagamos una cosa, Orazio. Mira el programa el domingo y saca tus conclusiones. Hablamos en la semana que viene”. Hugo fue muy respetuoso con mi decisión.

Entretanto, supe que muchos coleguitas le reventaban el teléfono celular a Hugo para pedirle una oportunidad en Pulso.

Nuestra querida TV

Algunas cosas no le dije a Hugo: Que salir en ese programa hubiese sido legitimar y echarle tierra a la penosa salida de Santiago Pedraglio. Si deseaban emitir el mensaje de que “no había pasado nada” en Pulso, no iba a ser conmigo.

Tampoco le confesé que me jodió que no me convocara cuando Santiago conducía ese espacio y que lo hiciera solamente cuando se fue.

Luego algo me dio la razón: El lobi-periodista y amigo de los hermanos Díaz Costa fue colocado en la mesa central de conducción.

Víctor Andrés Ponce renunció a Pulso y ahora es analista de un sintonizado programa radial.

¿Yo? Yo le dediqué al episodio mi clásica media sonrisa.

Casi salgo en Pulso. No se acaba el mundo.

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