Lévano

C-Levano

Del gran César guardo un recuerdo destellante. Fue mi primer editor. Mi primera comisión en Caretas fue cubrir el congreso partidario del APRA de 1999 y César revisó esa nota con categoría.

Era martes en la noche, posiblemente pasadas las 10. Marco Zileri me lleva a una oficina alejada, con una pequeña ventana con vista a la Plaza Mayor de Lima. Las paredes eran amarillas en tono ocre.

“La va a revisar César, quédate un rato”.

A lo lejos pude ver a César Lévano. Lo primero que me llamó la atención fue su máquina de escribir. La Rémington se encontraba parada, tal como hacíamos en Oiga para ganarle espacio al escritorio. Era el único que no usaba computadora.

“Déjamela, yo la reviso”. Le respondí que no, que me quería quedar.

Esperé una hora, dos, tres. Fue mi primer acercamiento al raro reloj de Caretas. Las horas parecen minutos cuando se es parte de la maquinaria (o moledora de carne) y años cuando se observa desde la periferia.

Hasta que me fui.

La esperada nota salió publicada un jueves de enero de 1999 y se tituló compasivamente “Organización desorganizada”. Debió titularse “Organización criminal” porque el congreso partidario del APRA resultó ser un verdadero quilombo. Corrió plata y bala para elegir a sus nuevos jerarcas, sin contar las amenazas, los golpes y hasta los secuestros al paso que se produjeron en la famosa “aula magna” para forzar el endose de votos de candidato a candidato.

En las reuniones de los jueves, donde los editores de Caretas analizaban la revista recién alumbrada y planificaban la fisonomía de la que vendría, César ponía la cadencia y la experiencia de 50 años (o más) de ejercicio periodístico.

Siendo un periodista muy novato, yo iba por exigencia de Enrique Zileri, gesto que yo le agradeceré siempre.

Enrique Zileri escuchaba y reflexionaba cuando (lúdicamente) César traía del pasado momentos y planos históricos similares entre los gobiernos de Alberto Fujimori, Augusto Leguía y Manuel Odría. Y por allí era posible que asomara algún otro dictadorzuelo del Congo, del Paraguay o de alguna zona del Asia.

Siendo un autodidacta, César fue una enciclopedia. Qué desazón para los acomplejaditos que coleccionan maestrías y doctorados.

Escuchándolo en la mesa de reuniones de Caretas me di cuenta que efectivamente la historia es pendular.

César tenía muchos años encima, cojeaba y usaba un bastón. Pero subía con facilidad los cinco pisos del edificio de Caretas cuando el vetusto ascensor se detenía por falta de mantenimiento o por el cansancio de llevar kilos de tensiones cada minuto. Ojo al tiempo: Eran épocas de dictadura y muy complicadas.

César además era (y es) maestro universitario y cuando cada miércoles todos nosotros dormíamos a pierna suelta luego de cada cierre, él iba a San Marcos a dictar su cátedra.

Había leído todos los libros. Conocía a todos los poetas. Sabía de mujeres. Había sido perseguido, enviado a prisión y deportado.

Cierto día murió César Miró y escribió una hermosa y arquitectónica semblanza que simplemente tituló “Sin César”. Un título corto y bello que deja pasmado a cualquiera.

Gracias César por tu docencia. Y lo más importante: Ejercida sin darte cuenta.

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Comments

  1. Franklin E. Briceño says:

    César Lévano, creo que es uno de los periodistas peruanos vivos que mejor escribe. He leído estos últimos días muchos de sus artículos de Caretas en el archivo de la facultad de Ciencias Sociales de la PUCP. Buena semblanza. Sobre todo ahora que está vivo.

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