TERQUEDAD

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“Normalmente no doy entrevistas, pero por tratarse de ti, lo podemos hacer”. Halagado, nervioso y comprometido a hacerlo bien, quedamos en encontrarnos un sábado por la mañana en el campus de la PUCP.

Orazio Potestá ha trabajado en conocidos medios de comunicación del país, tales como El Comercio, Caretas, Oiga, Panorama y Correo. Egresado en 1996 de la Universidad de San Martín de Porres, hoy estudia Educación y dicta el curso de Periodismo de Investigación en la PUCP. Viaja a Suecia el próximo 13 de octubre (2006) tras ganarse una beca en Periodismo y Democracia de la Universidad de Kalmar. Por eso la entrevista se concertó lo antes posible.

No reconocí a Orazio a pesar de encontrarme a cinco metros de él. Estaba en polo y short, pues venía de correr y de dejar a su hija en alguna actividad sabatina de la PUCP. Yo venía de un viernes con varios Whiskys y una buena compañía que dejó como saldo muchas ideas en la cabeza y sólamente cuatro preguntas apuntadas en una pequeña libreta. Luego de reconocernos, decidí buscar un lugar tranquilo para el diálogo. Resultó imposible, así que en medio del bullicio cachimbo de letras, el profesor y el alumno se sentaron frente a frente.

Entrevista BERNARDO CÁCERES

¿Cómo llegaste al  periodismo?  

Por casualidad y no tengo ningún problema en reconocerlo. No te voy a decir que heredé de alguien las condiciones necesarias para esa tarea, ni siquiera por una cuestión familiar. Mi padre apenas acabó el colegio, al igual que mis abuelos. Yo conozco chicos y chicas que tienen padres profesionales, diplomáticos o literatos, teniendo por esa causa orientación fundamental hacia las humanidades.

En segundo lugar, a mí me gustaban los temas complicados y ciertamente escabrosos desde que estaba en el colegio: narcotráfico y terrorismo. Yo quería ser periodista político y en eso andaba. Sin embargo, cuando llegué a Caretas en 1999 estalló uno de los casos más importantes de narcotráfico que haya habido en el país: el de Los Camellos, mafia vinculada directamente con Vladimiro Montesinos.

Entonces así me metí al periodismo de investigacion, viendo un caso relacionado con las drogas. Y quien me dio la orden de hacerlo fue Marco Zileri, hijo de Enrique… Me dijo simplemente: “Investiga”. Entonces, el que investiga hace investigación (risas) y así entré a la especialidad. El caso Los Camellos fue intimidante, muy pesado y yo era un novato total.

¿Por qué fuiste a Caretas?  

Una vez escuché a un amigo de Aprodeh, Eduardo Cáceres, decir lo siguiente respecto a una persona: “¿Es un periodista de verdad o un periodista de ONG?”. Gracias a esas palabras de Eduardo mi vida cambió y él ni siquiera lo sabe. ¿Cuál era la diferencia? Me di cuenta de que en una ONG puedes vivir en un mundo irreal. Puedes vivir encapsulado en tu oficina recibiendo un sueldo llegado de Holanda y no era eso lo que deseaba. Yo ya venía trabajando cuatro años en Aprodeh y vi que era hora de nuevos retos.

¿Dónde está el periodismo real? Pues en los medios de comunicación. Yo vivía obsesionado por Caretas desde el colegio. Y en la universidad era un sueño llegar allí y conocer a Enrique Zileri. Caretas era mi meta, pero tenía demasiado respeto por Oiga, ya que mi padre, afortunadamente, siempre compraba esa revista para leer a Paco Igartua y fíjate que terminé trabajando en las dos.

Primero entré a Oiga en 1995 como practicante y conocí a ese portento periodístico llamado Paco Igartua. Trabajé en esa Oiga legendaria y me quedé hasta el día de su cierre. Cuatro años más tarde, pude entrar a Caretas, después de haber postulado tres o cuatro veces sin fortuna. Luego me enteré que un editor no me quería en Caretas por mi universidad de origen.

Un día, molesto y frustrado por los sucesivos rechazos, cogí el file que ese bendito editor había ninguneado pese a tener mis reportajes sobre terrorismo y narcotráfico que había publicado en Oiga, mis artículos sobre derechos humanos realizados en Aprodeh y varias notas de opinión que había sacado en La República… También había adjuntado un libro que había publicado en 1998 sobre una violación a los derechos humanos en el marco de la toma de rehenes del MRTA. Y en una hoja le escribí a Marco Zileri: “Marco, te dejo mi file, quiero trabajar acá. Gracias… Orazio Potestá”. Marco me llamó al día siguiente, recuerdo que era domingo, para decirme: “Ven a trabajar”.

– Contesté muy contento: “¿Cuándo?”

– “Mañana

– Ahora replicaba muy asustado: “¿Mañana?”

– “Mañana es lunes y el martes es el cierre, así que te necesito mañana“.

Así comencé mi carrera de verdad, en esa vieja y querida revista, en enero de 1999. Ahora me acabo de acordar que llamé a Marco Zileri desde un teléfono público, en una bodega cercana a mi casa. La gente que hacía cola me apuraba a gritos y eso me puso muy nervioso, pues de hecho Marco escuchaba lo que me decían. En ese tiempo yo vivía en Barranco, mi hija Alexia tenía tres meses de nacida…

¿Cuál es la diferencia fundamental entre lo que enseñan en la universidad y el periodismo real que has descrito? 

García Márquez dijo algo sensacional: “En las universidades se enseña a los alumnos todo lo relacionado al oficio, pero no el oficio mismo”. Aquí en la PUCP la enseñanza se acerca mucho al oficio, hay buenos profesores, mejor dicho, hay buenos profesionales, diría que los mejores del medio… Pero no necesariamente saben llegar al alumno y me incluyo por supuesto.

Veo que hay un problema en el acercamiento entre el profesor y el alumno. Eso se soluciona con mucho diálogo, pues el profesor es muy sensible y generalmente se niega a las críticas de los alumnos, mientras que los alumnos deben poner su cuota de esfuerzo en los estudios y ser tolerantes, ya que piensan que la PUCP tiene el compromiso de poner profesores-genios en el aula, pero eso no es así.

El alumno siempre va a estar en contra del docente, pues esa es su naturaleza y hay que tener mucha muñeca. Yo he sido alumno y ahora soy docente, creo que sé lo que digo.

Debe haber una relación de socios, ambos (profesor y alumno) deben construir una relación de aprendizaje. Definitivamente el profesor es una persona con defectos y por eso hay que ayudarle a enseñar bien. Y el alumno es fundamental en esa tarea, usando la metacognición.

Ahora, lo que habría que mejorar en la PUCP es que se debe vincular al alumno con la calle. El estudiante de la PUCP es muy confiado, confiado en que tiene las puertas laborales abiertas y no les falta razón porque es muy capaz y además estudia en una excelente universidad, pero tiene que poner más de su parte. El alumno de la PUCP tiene conocimientos, pero el de San Marcos tiene fuego adentro.

¿Cómo concilias tu sosegada labor de docente con la adrenalina que brinda el ejercicio del periodismo de investigación?  

De repente estoy cambiando yo. Porque el perfil del periodista de investigación es el de un ser solitario, poco comunicativo, egoísta con sus fuentes de información y reservado con su familia. Mucho se habla de la existencia de una doble personalidad, de un lado oscuro que tienes, con el que convives y que no puedes mostrar. Hay cosas que no le cuento ni a mi hija ni a mi mamá. No puedo decir jamás: “Oye mamá, me voy al Huallaga a seguir a unos narcos”. No puedo decir eso. Tienes un lado salvaje, sumamente pragmático que hace que a veces pienses en la información que una fuente te va a dar y no si esa fuente va a llegar viva a su casa. Por cierto, uno tampoco piensa si va a llegar a su casa completo.

La conciliación de ambas cosas, la adrenalina del periodismo de investigación con la docencia se resolvió también en forma casual, para variar. Yo trabajaba con Cecilia Valenzuela en la agencia de prensa Imediaperú y a ella la llamaron como profesora, siendo el “gran jale” de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la PUCP. Ella me propuso que sea su jefe de práctica y yo acepté.

Siendo sincero, acepté pensando que esa experiencia iba a ser simplemente un ingreso económico más. Pero a los dos meses ambos tuvimos una discusión atroz y yo renuncié a los dos trabajos, a la PUCP y a Imediaperú.  Al poco tiempo, Cecilia dejó de ser profesora de la PUCP y el coordinador de la especialidad de periodismo, Juan Gargurevich, me llamó para retornar en el ciclo 2001-1. Pero no como jefe de práctica, sino como docente, historia que se ha mantenido hasta hoy.

Me siento muy contento en la PUCP porque hay mucha libertad para el trabajo. Y debo decir que descubrí una segunda vocación.

Si bien es cierto que algunos alumnos son dejados y aparentemente poco comprometidos con la carrera, estoy convencido de que tienen un talento y una formación que supera a la impartida en otras universidades. Ustedes tienen que meterse eso en la cabeza. Sin embargo, el alumno de la PUCP carece de ciertos ingredientes que son básicamente emocionales.

Has mencionado mucho a tu familia… 

Raro. Yo no suelo hablar de eso…

¿Cómo se relaciona tu trabajo y tu familia?  

Mira, yo vivo en mi casa todavía. Yo no he acumulado dinero. Y si quisiera hacerlo estaría trabajando en una minera recibiendo 10 mil dólares mensuales y ya me hubiera comprado un departamento. Vivo con mi familia, pero no vinculo mi trabajo con la casa. Gracias a Dios a mi familia nunca le ha pasado algo y jamás han llamado a mi casa a lanzar amenazas.

Podría decirte que me han llamado para amenazarme miles de veces, que me han mandado cabezas de pollo con sangre, que me han pintado la casa con insultos, pero no me gusta engañar. Si me han amenazado, eso ha pasado en contadas ocasiones. No voy a pretender que crean que soy una víctima, un héroe (risas) y menos quiero fomentar la admiración o la lástima social.

A quien compra carne en el mercado, se la dan con hueso. El periodismo de investigación es extraordinario, pero tiene un costo. Y si uno se va a estar quejando de que lo amenazan o lo insultan, no hay problema, pero no es lo lógico. Uno asume la responsabilidad de sus actos. Mi mamá no lee lo que yo escribo…

¿Alguna vez has sentido miedo de que te pase algo?  

Mira, lo que pasa es que desde 1998 soy padre, lo que influye mucho. No soy casado, pero soy padre. Y se supone que yo ya debería estar replegado. Pero no. ¿Qué es lo que ocurre? Más siento miedo a equivocarme en un reportaje, en poner datos errados. No siento miedo de que me hagan algo a mí. Al contrario. Lo que a mi me jode mucho es tener a una niña de ocho años descubierta, mi hija.

Entonces, mientras las cosas sean conmigo y no con mi hija… Yo le voy a agradecer al sicario que me dispare, esos son los códigos que me importan. Yo no puedo esperar que Zeev Chen, el capo de la mafia de La Estrella de Israel, al que hicimos que le anulen una sentencia que lo ponía en libertad en tres meses por otra que lo conmina a 30 años de cárcel, me mande bombones o botellas de vino. Si ese capo me quiere dar, me da pues. Pero tiene que darme a mí. Yo voy a estar feliz. En conclusión, no me causa miedo que me metan tres pepas en la cabeza, con tal que no se metan con mi familia.

Qué te disparen… ¿Es un indicador de que vienes haciendo las cosas bien en el periodismo de investigación? 

¿Qué te quieran dar? No lo sé… Puede que tu trabajo haya causado daño real a una mafia. Pero también hay periodistas que son asesinados por corruptos, pues recibieron plata de una mafia del tráfico de drogas y no publicaron de acuerdo al arreglo. Que te disparen no implica que vengas haciendo las cosas bien. Hay que tener mucho cuidado con mitificar y glorificar a aquellos periodistas que no lo merecen.

¿El periodismo de investigación abusa del poder que tiene?  

Hay periodistas que tienen mucho poder, cierto tipo de poder. Los que salen en televisión, por ejemplo. La televisión genera una dependencia a la cámara y a la pantalla que a veces se convierte en una enfermedad. Por continuar en la televisión y seguir recibiendo sus gollerías empiezas a descuidar a la familia, a los amigos, si eres profesor te olvidas de las clases que debes dictar… Y si esa permanencia se asocia al bendito rating, te alejas de tus principios, traicionas a las fuentes de información, en fin. Entra un gobierno nuevo y le pasas la mano para quedarte en la chamba o para conseguir pepas.

La televisión crea una dependencia terrible. Te da reconocimiento, fama, popularidad, pero no necesariamente credibilidad o respeto. Siendo un rostro masivo pierdes la esencia del periodismo, basada en el anonimato y la sencillez. No puedes investigar a una mafia o conversar tranquila y discretamente con alguien en un lugar. Es como si estuvieras pintado de amarillo.

¿Qué hecho es el más importante al momento de contactarse con una fuente? ¿Los datos o las sensaciones?

En una fuente busco y trato de percibir esas dos cosas. Que brinde datos y que a la vez sea una fuente confiable. Que a la primera vista te genere confianza. Hay fuentes que no brindan esa confianza, pero saben muchas cosas. Las percepciones son básicas, pues te dicen internamente si debes confiar o no en una fuente. Recibes la información, la sopesas y la analizas en lo que dura un click fotográfico. Luego decides reaccionar de un modo A o B. Yo soy básicamente instintivo.

¿Ser instintivo no te podría llevar a un error? 

Hasta el momento no he tenido problemas. Al contrario, me encargo de sacar de problemas a mis colegas que traen a la redacción documentos terriblemente falsos y no se percatan de ello. Una vez, una editora de política me pidió hacer un informe en base a unos documentos que su “fuente estrella” le había entregado. Incluso ya había escogido la fecha de la publicación. A la pobre la habían estafado candorosamente y al principio no lo aceptaba.

En el diario en el que trabajo, si llega un documento o un audio aparentemente revelador, posiblemente me lo den a mí para que lo revise. Soy instintivo en un cien por ciento. ¿De dónde? No lo sé. Jamás voy a decir que tengo un don, pues me daría mucha risa. Yo no tengo fuentes en el Ejército, no conozco a ningún coronel de la DIRANDRO que me regale fotos o atestados policiales, pero he hecho casos de drogas que han sido importantes en el país, como el de la mafia de Los Camellos, el del cártel de Tijuana en el Perú y sus nexos con el Ejército, entre otros.

¿Estás feliz con lo que haces?  

Yo creo que la felicidad no existe. Hay momentos muy buenos, pero la felicidad como una carretera por la que uno transita sin baches o huecos, no me cuadra. El mundo es una mierda. Yo no puedo ser feliz ahora y vaya que se nota en mi rostro. Lo que hay son satisfacciones momentáneas y efímeras que son desplazadas por la primera tristeza que se viene. Y todo cae de bruces. Lo que puedo decir es que estoy satisfecho. Lo único que me falta es plata. Es una broma.

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