¿Que por qué soy periodista?

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Responder esta pregunta es sumamente difícil. Pero más lo es esta otra: ¿Y por qué de investigación? Haré un esfuerzo. Espero que el sueño atrasado me deje ser didáctico.

Soy periodista desde el colegio, y tal vez desde mucho antes. Recuerdo que escribí mi primer artículo periodístico a los 7 años, que dirigí una sencillísima y corrosiva revista universitaria (Retorno era su nombre) a los 18, y que el gusto por las letras y las humanidades fue un referente vocacional muy importante.

Tuve un abuelo que quiso ser poeta, un padre que gastó fortunas en la compra de las mejores enciclopedias, y una tía profesora de lengua y literatura que me inculcó la lectura de clásicos y la práctica de una adecuada ortografía.

El descarte tuvo también mucho que ver: en números era realmente malo. Pero lo curioso es que estos ingredientes, por sí solos, no hacen a un periodista. Por lo menos eso pasó conmigo.

Hace falta un condimento que no se vende en las bodegas y que tampoco se aprende leyendo libros: las ganas irrefrenables de joder. Eso: joder. Joder al que tiene la sartén por el mango, al que abusa, al que roba, al que mata y al que habla en voz alta creyéndose dueño de una total impunidad.

Pienso que solamente hay dos tipos de periodismo: aquel que es capaz de cambiar a un país, y otro que sólo se contenta con divertirlo y relajarlo. Uno escoge en que bando desea estar. 

Hasta aquí podríamos decir que ser periodista, en los términos más castizos y criollos posibles, es ser un aguafiestas. ¿Y por qué? Pues porque nos encargamos de decirle al gobernante de turno, envanecido por el poder, que es tan humano e imperfecto como nosotros. Pues porque le decimos al asesino lo que es y no “héroe de la pacificación”. Pues porque le decimos al militar o funcionario corrupto que el dinero que se roba impide, por un lado, que se ganen las guerras, y por otro, que no lleguen las vacunas contra la polio al otro lado de los andes.

En ambos casos, lamentablemente, los afectados quedan limitados para siempre, al menos en lo físico: soldados sin piernas por las minas explosivas, y niños inválidos y desplazados para siempre.

Quebramos falsos sueños y ponemos en tierra firme a quienes andan trepados en sus nubes. ¿Incomodar será lo mismo que ser rebelde o no saber callar? Prefiero quedarme con la segunda opción pero con un par de añadidos: se debe ser prudente y justo.

Los periodistas no deben vociferar. Es una obligación fundamentar -sin acusar- a la hora de informar, y analizar -sin exagerar ni adulterar- al momento de colocar el hecho noticioso en un contexto. ¿Y de dónde saqué esas ganas de joder o de no callar? Realmente no lo sé.

La redacción parecía un campo de batalla y las máquinas de escribir, auténticas metralletas. Pero fue el temple de Paco Igartua lo que me impresionó. Dirigía la revista a gritos, desde su oficina, como si fuera el centro de operaciones de un acto bélico.

Un familiar mío se hizo la pregunta y obtuve algunas respuestas. Pude conocer, por ejemplo, que uno de mis tatarabuelos participó en una revolución en Europa, y que mi padre, hace ya varios años, apagaba incendios con una manguera delgada y un trapo mojado en la cabeza. Era bombero voluntario.

Los pasos previos

Mi carrera periodística transcurrió por una combativa ONG de derechos humanos, Aprodeh, y por la revista Oiga, la verdadera, la de Paco Igartua.

En Aprodeh socialicé con el Perú y conocí que en nuestra tierra habían ocurrido masacres como las habidas en Vietnam.

Afronté como periodista y estudiante universitario el caso La Cantuta y palpé cómo podían ser las reacciones del poder cuando se encuentra, de pronto, acorralado por una minoría.

Eso era lo que a don Paco le encantaba: el efecto casi clandestino de la imagen difusa. Sus editoriales los hacía a mano, con lápiz, papel y borrador, como un herrero que forja estatuas.  

Demás está decir que tardé mucho en comprender y racionalizar cómo un ser humano que antes amaba, hablaba, bromeaba, y que encerraba energía, proyectos y esperanzas, podía ser convertido en trozos de carne amorfa. “Aquí han colocado un cuerpo”, escuché que dijo alguien en el tráfago de las exhumaciones de Cieneguilla y Huachipa. Era una caja de zapatos con objetos pequeños sonando en su interior.

En Oiga estuve dos o tres meses, hasta su cierre definitivo, causado, como se sabe, por la asfixia tributaria que el gobierno de Alberto Fujimori le infringió por no compartir sus propósitos políticos. Oiga, como paso previo a Caretas, que era, a la postre, mi meta profesional más deseada, me ayudó a saber lo que era enfrentarse a un cierre de edición, y usando, aunque parezca increíble, una Remington de 1965.

Por cierto, la redacción parecía un campo de batalla y las máquinas de escribir, auténticas metralletas. Pero fue el temple de Paco Igartua lo que me impresionó. Dirigía la revista a gritos, desde su oficina, como si fuera el centro de operaciones de un acto bélico, aunque a veces ésta podía parecer una carpa con muertos y heridos.

Era brillante para encontrar la noticia y buscarle una explicación. Además le daba forma gráfica al diagramar la misma y buscarle fotos, a veces, teniendo que dividir en cuatro un contacto de negativo con el fin de extraer la parte más llamativa e impactante. La imagen podía acabar en una página entera y borrosa por el exagerado crecimiento.

Eso era lo que a don Paco le encantaba: el efecto casi clandestino de la imagen difusa. Sus editoriales los hacía a mano, con lápiz, papel y borrador, como un herrero que forja estatuas. Pero lo que más atesoro de este maestro de periodistas fue la terca y religiosa defensa de sus principios. Nunca claudicó y no entregó Oiga -para salvarla- a quienes querían convertirla en su vocero oficial.

Todas estas experiencias, sin saberlo, me ayudaron a perfeccionar un perfil profesional y personal al que ahora hecho mano.

La vieja y querida Caretas

Es aquí donde espero contestar aquella segunda pregunta que consigné al inicio de este artículo: ¿Y por qué periodista de investigación?

Si bien tenía ciertas preferencias y afinidades hacia los temas que trata el periodismo de investigación, fue la casualidad la que me empujó hacia el partidor.

El 31 de marzo de 1999 cayó en el puerto del Callao un embarque de varias toneladas de cocaína que tenía como destino Europa. Era la noticia de la semana y Caretas no podía dejarla pasar. Pero no solamente eso: el caso y sus destapes debían ser propiedad de la revista, así como lo habían sido, en el pasado, las legendarias investigaciones sobre Villa Coca, Carlos Lamberg, y Vladimiro Montesinos.

La droga era de la banda de Los Camellos, tal vez la mayor organización del narcotráfico que haya operado en el país. Al menos eso decían algunos miembros de la Policía Nacional del Perú y ciertas fuentes de la DEA. Pero eso, claro está, yo no lo sabía.

Era jueves, recuerdo. Entraba a mi oficina -tenía apenas dos semanas en Caretas– cuando Marco Zileri, con ese vozarrón muy suyo, me dijo, textualmente, señalando una primera página de un diario: “métete de cabeza… el caso tiene que ser nuestro… hazme caso… aquí hay carne”.

Y vaya que tuvo razón. Y vaya que hubo carne: fue lomo de primera. Fue una orden (de vez en cuando el periodismo de Caretas no pide opiniones) que acaté sin calibrar la dimensión del asunto. Lo repito: mi entrada al periodismo de investigación fue circunstancial. Y no me avergüenza decirlo.

La droga era de la banda de Los Camellos, tal vez la mayor organización del narcotráfico que haya operado en el país. Al menos eso decían algunos miembros de la Policía Nacional del Perú y ciertas fuentes de la DEA. Pero eso, claro está, yo no lo sabía.

Esta mafia reportaba directamente con Vladimiro Montesinos y Caretas estuvo a punto de probarlo. Llegamos hasta el número dos de la organización, el abogado Javier Corrochano Patrón, un hombre pedante y exquisito que se ufanaba de su vieja amistad con el ex asesor presidencial y de manejar a su antojo el Poder Judicial.

Pienso que en casos como este -y a diferencia del fútbol- más importantes son las victorias morales que permiten que uno pueda dormir tranquilo y mirar a los hijos a los ojos.

Me costó mucho acceder a la información porque no tenía fuentes ni informantes en el tema de tráfico de drogas. Y para graficar mejor el drama, diré que ni siquiera sabía donde quedaba la sede de la Dirección Nacional Antidrogas (DINANDRO).

Ante la impotencia, pensé en renunciar a la revista en varias ocasiones. Los Camellos sacaban toneladas de droga a la semana por nuestros puertos y con apoyo de altos oficiales de la DINANDRO, luego de convertir la costa del país en un alargado y descuidado desierto. Incluso, se daban el lujo de transportar sus insumos en helicópteros del Ejército.

Corrochano Patrón me entabló una demanda judicial por medio millón de dólares que perdí en varias instancias, pese a tener pruebas contundentes.

Por ejemplo, demostramos la existencia de transferencias millonarias a sus cuentas -que intentó disimular con la venta ficticia de yates- y hasta un viaje secreto a Cuba para negociar la rendición de uno de los cabecillas de Los Camellos, el corredor de autos Bruno Chiappe Ebner, el mismo que terminó siendo su patrocinado.

Corrochano Patrón, de acuerdo al encargado de finanzas de Los Camellos, el panameño Boris Foguel y Suengas, reportaba directamente con Vladimiro Montesinos la salida de la droga, la protección de los embarques y el precio que se debía pagar.

Este hecho, por cierto, se conoció tiempo después. El caso dejó como resultado, al menos, una treintena de presos. Javier Corrochano Patrón no estaba entre ellos pese a haberlo merecido.

Este abogado de la mafia cayó detenido meses después por otro escándalo y no tuvo otra alternativa que acogerse a la ley de colaboración eficaz luego de delatar y detallar sus carreras y faenas con Vladimiro Montesinos.

Caretas le dedico al tema de Los Camellos cinco portadas y no menos de 20 reportajes que eran redactados con presión, temor y con un abogado al costado, por el proceso judicial que tenía yo pendiente y que fue presentado para amedrentarme.

Es que para llegar a ser como Enrique Zileri, uno debe afrontar -como él lo ha hecho- por una veintena de juicios y decenas de persecuciones y deportaciones. Le cabe a este viejo genio el dudoso honor de ser el periodista más asediado y amenazado de América Latina.

Pero el plan no les resultó. Fue un caso espectacular para alguien que debutaba en el periodismo de investigación y en el terreno inseguro de las amenazas de muerte.

Para defenderme, de hecho, tuve que joder como nunca antes lo había hecho.

Enrique Zileri, el director, me dijo un día: “Con este juicio ya tienes un par de galones, eres teniente, pero debes lucharla duro para ser general”. Me quedé mudo. Estaba frente a un mariscal.

Sus palabras retumban todavía en mi cabeza y aveces, lo confieso, las repito y absorbo como si fueran los ingredientes de un jarabe multi vitamínico cada vez que paso por momentos complicados. O sea, cada 15 minutos y siete segundos.

Es que para llegar a ser como Enrique Zileri, uno debe afrontar -como él lo ha hecho- por una veintena de juicios y decenas de persecuciones y deportaciones. Le cabe a este viejo genio el dudoso honor de ser el periodista más asediado y amenazado de América Latina.

Ya en lo mío, el juicio por difamación, que tantas horas de sueño me cobró, volvió a fojas cero, una vez derrumbada la pasada dictadura. Y tal vez ahora lo gane, pero eso poco me importa.

Pienso que en casos como este -y a diferencia del fútbol- más importantes son las victorias morales que permiten que uno pueda dormir tranquilo y mirar a los hijos a los ojos.

Alejado un poco de las tormentas, aunque no sé por cuanto tiempo, dedico mi tiempo actual a dos cosas: dirigir la unidad de investigación del diario Correo y al dictado del curso de periodismo de investigación en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Algo quiero decir al final de esta historia. Pienso que solamente hay dos tipos de periodismo: aquel que es capaz de cambiar a un país, y otro que sólo se contenta con divertirlo y relajarlo. Uno escoge en que bando desea estar.

Orazio Potestá

Jefe de la Unidad de Investigación del diario Correo. Docente de la especialidad de periodismo de la PUCP. Julio 2002.

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