Ponce

Marzo 11, 2008

 

“Chileno controla Petroperú”. “Surge grupo clandestino en las Fuerzas Armadas”. “Sendero planea atacar Cabana”. “Hija de Silva Vallejo trabaja en Petroperú”. “Schutz y Toledo: Historias secretas”. 

¿No se nota ahí la mano de Víctor Andrés Ponce, editor general de Correo en su mejor época? Vehemente, insistente, periodismo-pasión. Buenas épocas profesionales viví con Víctor Andrés.   

Fue él quien me contó los alucinantes titulares de Jorge Lanatta en Página 12, como ejemplos de originalidad y valentía periodística durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, en Argentina.  

Loco como pocos, Lanatta puso en su lugar, como director de Página 12, al capo de capos Pablo Escobar, luego que Carlos Saúl Menem dijera que muchos periodistas eran financiados por las mafias de la droga.  

Página 12 | Director: PABLO ESCOBAR    

Argentina cayó al suelo de risa. Genial. Y meses después, cuando el mismo Menem sugirió que la prensa argentina era amarilla, Lanatta imprimió una portada de Página 12 del color de un semáforo. Y el pobre Menem jamás volvió a atacar a los medios de comunicación.  

Víctor Andrés fue uno de los mejores editores que he tenido, por la pasión que contagiaba y también por la paciencia que me tuvo en Correo, pues reconozco que yo era demasiado temperamental.  

Como dijo alguna vez Juan Carlos Tafur, Correo era lo más parecido a una cabina de Internet, con pupitres colocados en desorden y con discretas computadoras que ya pedían descanso. Los periodistas que trabajaban allí, a quienes hoy admiro desde la distancia que regala el tiempo, no tenían más de 23 años y muchos de ellos eran universitarios con sueldos muy discretos. Pero además de ser talentosos tenían fuego.  

Pese a incorporarse como editor general meses después del nacimiento de Correo, mucho de ese fuego salía de los gestos y aspavientos de Ponce, al menos para mí. El respeto llegó de a pocos y en eso hay algo que nunca supo Víctor Andrés.

Yo ya lo conocía bien y no por su trabajo en Expreso o en Canal N. La gente de izquierda con la que yo había trabajado en una ONG de derechos humanos lo detestaba y eso generó en mí muchas sospechas.  

Ponce dejó la recia militancia de izquierda, esa de marchas, bombazos y pistolas, por el camino de la derecha, por la ruta del liberalismo, lo que para muchos fue una traición. Cuentan que tomó la decisión de despegarse de la izquierda luego de una caminata de semanas, sin nada en los bolsillos, absorto, sin comer, decepcionado por la muerte de unos camaradas. No estoy autorizado para contar la historia completa.  

Cierto día me llamó Juan Carlos Tafur para decirme que debía reunirme con el nuevo editor general de Correo.  

“La cagada”. Eso pensé cuando Juan Carlos Tafur me dijo que Víctor Andrés Ponce iba a ocupar el cargo.  

- “Estará a la altura de ustedes”.  

- Le respondí: “Sí lo conozco”.  

“Avísale a Américo, para que se reúnan con él mañana mismo”. Llamadas previas, Víctor Andrés nos citó en el café Haití a las siete y media de la mañana, lo que nos habló claramente de su reciedumbre.

Era resistido por algunos periodistas de Correo, pero no pasó eso con los miembros de la Unidad de Investigación que yo dirigía.  

Ponce trasladó la dialéctica de anteriores experiencias políticas a las páginas de Correo. Si un político opinaba sobre un tema en particular, al lado, ritualmente, como un planeta a su atmósfera, debía aparecer una versión contraria, siempre discordante. La teoría de las dos líneas, que le llaman.  

Ponce era avezado y eso se reflejaba en sus titulares, mordaces como aquel que decía “Chileno controla Petroperú” en referencia a Matías Rojas Bruce, un empresario chileno vinculado con esa importante empresa del Estado y con mafias que convertían la gasolina peruana en una de las más caras del mundo.  

Juan Carlos Tafur se encontraba de viaje y recuerdo que Ponce me dijo: “A la mierda cholo, lo ponemos así”. Fue una portada explosiva para Perú Posible.   

Ponce colocaba comas en un titular principal y eso me sorprendió. Una o dos comas, dependiendo de la idea, formaban titulares vigorosos, con cadencia y docencia. Comas explicativas, tal como se lee en los libros de gramática. ¡Poner dos comas en un titular de dos líneas es una locura! Pero Ponce lo hacía. Y yo ahora lo imito.    

Cierta vez un grupo de policías detuvieron a Carlos Castro, miembro de la Unidad de Investigación, cuando tomaba fotos de la fachada de un casino ligado con mafias de la droga. Nos encolerizamos todos y Ponce conformó un “comando de rescate” para traer de vuelta al colega en aprietos. Dos o tres horas estuvimos forcejeando y discutiendo hasta que logramos sacar a Carlos de allí.  

El escándalo fue tal que llegó a oídos del Ministerio del Interior, a cargo de un viejo amigo. Fue una noche movida para nosotros porque apenas llegamos a la redacción de Correo, nos entregaron un sobre con un video y una tarjeta: “Ojalá les sirva, lamentamos lo ocurrido”.  

Era la gente del Ministerio del Interior que temía el furibundo reclamo de Correo por la detención de uno de sus periodistas.  

¿Y qué había en el video? Imágenes exclusivas de la tragedia de Utopía, ocurrida una semana atrás. Faltaba espacio, pero en dos resoplidos le dimos vuelta a la edición, resumiendo y metiendo información en cualquier resquicio libre del periódico. Política y locales en una página y media. El resto era para el reportaje gráfico de Utopía que veníamos cocinando. 

Entretanto, Víctor Andrés, Carlos Castro y yo visualizábamos el video en la pantalla del enorme televisor que teníamos en la redacción, mientras los flashes se repetían incansables.   

- “Mañana la rompemos”. “Sí, ya se jodieron todos”.  

Con serenos textos y bellas leyendas de Gaby García, jefa de crónicas de Correo, cerramos un suplemento gráfico que dio mucho de qué hablar. Y no solamente por las fotos que publicábamos, fuertes y latientes, sino por el respeto que mostramos hacia las víctimas de Utopía.   

Había chicas tumbadas en el suelo, quienes en su intento fallido por escapar se habían despojado de sus ropas.  

Siempre he pensado que el mejor periodismo se hace desde la adversidad, desde la carencia, obviamente sin que eso suene a excusa para los empresarios.  

Eso que pienso lo comprendí en Correo, lo viví en Caretas y lo había saboreado en Oiga… En el diario Correo, nosotros, repito, mocosos universitarios, teníamos como deporte sacarle la vuelta a muchos periódicos arrogantes, con ingenio y talento. Nunca nos ganaron en información.  

Fue un placer trabajar contigo, Ponce. Gracias y perdona mis excesos. Total, tenía solamente 26. Prometo que he cambiado.

  


Rospigliosi

Febrero 23, 2008

 

Me precio muchísimo de haber trabajado con Fernando Rospigliosi, a quien conocí en APRODEH, la combativa ONG de derechos humanos, en el lejano 1998. Todos estábamos jodidos: sin fuerzas, sin dinero, sin libertades. 

“Rospi” iba a dirigir un programa radial de APRODEH que se llamaba Acción Urgente, en Radio Cadena y que ahora ya no existe. ¿Rospigliosi va a trabajar aquí con nosotros? Nos preguntamos Laura, Cecilia y yo, el equipo de mocosos que producía ese espacio.

“Sí, claro, viene Fernando. Empieza el 15”.

“Rospi” era el columnista más avezado de Caretas, el que no dejaba respirar a Alberto Fujimori ni a Vladimiro Montesinos. Y menos a los corruptos narcojefes de las Fuerzas Armadas que habían en ese entonces y que ahora no son pocos. Además era el editor de la sección de seguridad de esa revista, que había sacado excelentes casos de investigación.

Fernando podía ser áspero, cáustico e incluso soberbio con la gente que no conocía. Pero no era así con nosotros. A mí me llamó la atención su coherencia. Incluso, pienso que abandonar la izquierda fue un acto de coherencia. Me contaron que renunció al equipo fundador de APRODEH, en la década de los ochenta, porque en un momento dado se cuestionó si el rechazo a rajatabla a la pena de muerte era viable.

Pero “Rospi” volvió a APRODEH y adoptó a los despeinados del tercer piso (nosotros) para sacar adelante ese espacio radial que francamente nadie escuchaba, gracias a Dios.

Fui su jefe de informaciones cuando ocupó el cargo de director de informaciones de Radio Cadena y allí lo conocí un poco más. En cierta ocasión, mis colegas convocaron a una reunión para sacarme del puesto, por causa de mi inexperiencia periodística. Quien azuzaba esa idea era Laura, la que se suponía que era mi mejor amiga en ese tiempo. Pero Fernando me respaldó plenamente.

Reunidos todos para pedir mi cabeza, nadie se atrevía a hablar. Era una mañana de octubre o noviembre.

“A ver Laura, empieza, tú has convocado la reunión”. Fernando la puso en evidencia.

Horas después, todavía con la decepción rondándome la cabeza, Fernando me preguntó: “¿Puedes continuar? Sigue con tus funciones, no ha pasado nada”.

Admiro a Fernando porque en las peores crisis se reía de todo. Y vaya que con los amigos no es el concentrado tipo que aparece en la televisión señalando que la actual Fiscal de la Nación es una aliada del narcotráfico.

Fernando dijo las cosas a tiempo y lo hace todavía. Se la jugó contra la dictadura, le dijo a esos mafiosos lo que nadie se atrevía, pero no para promocionarse a sí mismo. Esa es la lógica que comparto yo también. El periodismo es exposición y confrontación. Y nuevamente, exposición y confrontación. O como en el box: Jap-cintura-jap.

Fernando prologó mi primer libro (Tan Cerca de la Muerte) y me dijo una vez, delante de mucha gente: “Qué bien anda Caretas con tus reportajes, sale muy bien todos los jueves”. Fue un centro sensacional que hasta ahora le agradezco.

Coincidimos una vez en Caretas, en el hall de la sala de reuniones, frente a un retrato de Doris Gibson que hay en una de las paredes. Marco Zileri nos vio y en son de broma nos quiso meter a la reunión de los jueves. ¿Nos extrañaban en esa revista?

El periodismo es para “Rospi” una constante dialéctica, el constante ejercicio del tiro al blanco, no con plumillas sino con exocets. Lo más parecido a una pelea de gallos, donde debes cortar y sazonar la herida con tierra. 

A veces leo sus columnas (Controversias) en las revistas Caretas que mandé a empastar hace buen tiempo y veo que eran dinamita.

No tengo dudas que Fernando le hizo al régimen de la mafia más daño que muchos periodistas que ahora dicen haber sido opositores totales. Y tampoco dudo que haya sufrido represalias por eso. Pero Fernando no cuenta esas cosas. No salen de su fuero interno. No son relevantes para él.   

“Rospi” y yo coincidimos nuevamente en la agencia de prensa Imediaperú.com que dirigía Cecilia Valenzuela y cubrimos periodísticamente el último año de la mafia.

“Rospi” debe pensar que el narcotráfico será imparable en cinco años. Que nos convertiremos en el espejo de México y que esos cuerpos que siempre aparecen descuartizados en los ríos de Lima se multiplicarán por cincuenta en el 2013.

Seguro cavila que el cártel de Sinaloa ya ha llegado a Chimbote y que lo convertirá en una zona liberada, mientras que los capos del Golfo y de Tijuana lucharán por Paita en una guerra a muerte. Se vienen momentos terribles por causa de la droga.

Fernando se proyecta a veinte años y siempre acierta. Pero ojalá nos veamos en cinco y con las mismas fuerzas de 1998. 

 


Lévano

Enero 23, 2008

 

Del gran César guardo un recuerdo destellante. Fue mi primer editor. Mi primera comisión en Caretas fue cubrir el congreso partidario del APRA de 1999 y César revisó esa nota con categoría.

Era martes en la noche, posiblemente pasadas las 10. Marco Zileri me lleva a una oficina alejada, con una pequeña ventana con vista a la Plaza Mayor de Lima. Las paredes eran amarillas en tono ocre.

“La va a revisar César, quédate un rato”.

A lo lejos pude ver a César Lévano. Lo primero que me llamó la atención fue su máquina de escribir. La Rémington se encontraba parada, tal como hacíamos en Oiga para ganarle espacio al escritorio. Era el único que no usaba computadora.

“Déjamela, yo la reviso”. Le respondí que no, que me quería quedar.

Esperé una hora, dos, tres. Fue mi primer acercamiento al raro reloj de Caretas. Las horas parecen minutos cuando se es parte de la maquinaria (o moledora de carne) y años cuando se observa desde la periferia.

Hasta que me fui.

La esperada nota salió publicada un jueves de enero de 1999 y se tituló compasivamente “Organización desorganizada”. Debió titularse “Organización criminal” porque el congreso partidario del APRA resultó ser un verdadero quilombo. Corrió plata y bala para elegir a sus nuevos jerarcas, sin contar las amenazas, los golpes y hasta los secuestros al paso que se produjeron en la famosa “aula magna” para forzar el endose de votos de candidato a candidato.

En las reuniones de los jueves, donde los editores de Caretas analizaban la revista recién alumbrada y planificaban la fisonomía de la que vendría, César ponía la cadencia y la experiencia de 50 años (o más) de ejercicio periodístico.

Siendo un periodista muy novato, yo iba por exigencia de Enrique Zileri, gesto que yo le agradeceré siempre.

Enrique Zileri escuchaba y reflexionaba cuando (lúdicamente) César traía del pasado momentos y planos históricos similares entre los gobiernos de Alberto Fujimori, Augusto Leguía y Manuel Odría. Y por allí era posible que asomara algún otro dictadorzuelo del Congo, del Paraguay o de alguna zona del Asia.

Siendo un autodidacta, César fue una enciclopedia. Qué desazón para los acomplejaditos que coleccionan maestrías y doctorados.   

Escuchándolo en la mesa de reuniones de Caretas me di cuenta que efectivamente la historia es pendular.

César tenía muchos años encima, cojeaba y usaba un bastón. Pero subía con facilidad los cinco pisos del edificio de Caretas cuando el vetusto ascensor se detenía por falta de mantenimiento o por el cansancio de llevar kilos de tensiones cada minuto. Ojo al tiempo: Eran épocas de dictadura y muy complicadas.

César además era (y es) maestro universitario y cuando cada miércoles todos nosotros dormíamos a pierna suelta luego de cada cierre, él iba a San Marcos a dictar su cátedra.

Había leído todos los libros. Conocía a todos los poetas. Sabía de mujeres. Había sido perseguido, enviado a prisión y deportado.

Cierto día murió César Miró y escribió una hermosa y arquitectónica semblanza que simplemente tituló “Sin César”. Un título corto y bello que deja pasmado a cualquiera. 

Gracias César por tu docencia. Y lo más importante: Ejercida sin darte cuenta.


Reyes

Enero 19, 2008

 

Ser el hombre de confianza de un genio del periodismo como lo fue Paco Igartua debió haber sido muy difícil. Los dotados son seres complejos e incontrastables. Paradógicamente suelen tener mal genio, además.

Jesús Reyes Muñante fue el hombre-editor-columna que soportó Oiga durante casi 30 años, en una especie de auto sacrificio ritual que permitió a Paco Igartua desplegar su gigantesca pericia en el periodismo peruano.

Como genio que era, Reyes era dueño de un carácter fulminante. Era temido por sus periodistas y generaba un respeto que ahora nadie podría encontrar en una redacción. Y también era indescifrable, hermético.

Reyes exigía los textos a las siete de la mañana, sin importar que uno hubiese llegado el día anterior desde los Balcanes, en balsa o nadando. Serísimo y ronco, pedía que el informe o reportaje, empezado a máquina y culminado a mano tensa, sea depositado en su oficina por debajo de la puerta.  

Y eso hice algunas veces, aunque debo suponer que me tenía cierto aprecio porque extraordinariamente me permitía que le entregase los textos al mediodía. Sustento esa sospecha (que me estimaba) en una frase que Reyes me soltó una vez, respecto a un artículo mío que ya no podía editar por falta de tiempo: “Si lo has hecho tú, puedo suponer que es un buen trabajo”.  

Cada vez que Reyes editaba, en su oficina se producían combates de protones y electrones, batallas de logismos y sinlogismos. Su cerebro producía fogonazos y chispas que se impregnaban en las cuartillas que salían de su enorme máquina Rémington. 

En la redacción, los periodistas esperaban la salida de Reyes. Cada uno calculaba en silencio quién iba a ser destruido por su metralla verbal. Impertérrito y reservado, no quedaba otra que ver en sus gestos el veredicto de la noche. La revista que saldrá tiene información de la “puta madre” o simplemente será una completa mierda.  

Cuando todo había salido bien, abandonaba su oficina y se paseaba por la redacción. Aveces imitaba los ladridos de un perro, como si fuera un niño, inmerso en esa marea de relajamiento que siempre llega luego de una crisis de tensión. Caminaba y golpeaba las esquinas de los escritorios con los nudillos, silbando muy bajito.  

A Reyes nunca le faltaba un plumón negro para tachar cualquier error detectado en los textos.  

En 1995 todavía se escribía a máquina en algunas redacciones. Al menor error de tecleo había que arrancar la página. Eso era amor propio. Los editores tachaban con plumón negro la frase equivocada y redactaban el texto correcto en el espacio que había entre línea y línea. Tarea de herreros.

Ahora todo se resuelve con la tecla “delete”.

Recuerdo haberle entregado a Jesús Reyes un texto de seis páginas sobre terrorismo (“La derrota de Sendero Luminoso: Una promesa incumplida”) para un diagramado de apenas dos carillas. Y como el 70% del espacio se iba en la foto abridora y el titular de dos niveles, había que hacerle cirugía mayor a mi informe.

Dos horas después, Reyes me entregó una obra maestra de edición.

“Pronto escribirás con concisión. La concisión se logra escribiendo, no escribiendo poco”. Punto. No dijo más que eso.

Creo que fue en 1998 cuando lo llamé por teléfono a su casa de Lince. Sabía que andaba mal de salud.

-Don Jesús, soy Orazio Potestá. Alfonso Bermúdez me dio su número telefónico…

[Silencio]

-No lo veo desde que cerró Oiga y llamaba para saludarlo…

[Hubo otro silencio] Hasta que secamente dijo: ”Sí. Gracias. Me encuentro bien”.    

Reyes se convirtió en un referente de acero para los que pasaron por la escuela periodística de Oiga, incluso para aquellos que lo odiaban. Lo cierto es que a Reyes se le odiaba con reverencia y se le quería con desconfianza.

Era impredecible y desconocido. Tenía una experiencia vital sorprendente y el registro periodístico de tres vidas terrenales y extraterrenales. Así recuerdo yo a Jesús Reyes Muñante.


Zileri

Enero 19, 2008

 

 

Pocas veces he tenido miedo en mi vida. Una de esas veces fue la noche anterior a mi primer día de trabajo en Caretas. Y ahora recuerdo que ese miedo se multiplicó por cien cuando Marco Zileri me dijo que mi primera tarea iba a ser cubrir el congreso partidario del APRA con Óscar Medrano como fotógrafo. Sí, el mismo que retrató la guerra contra Sendero Luminoso por los andes del Perú.

 

Nunca pensé en no ir. No. Pero ciertamente me arrepentía de haber movido las piezas tan rápido para (por fin) entrar a esa gran revista.
 
Recuerdo que ya en mi nueva oficina, un estruendoso golpe me quitó el pavor. Pero me entregó el estrés que no se fue de mi espalda durante los 12 meses que pasé en esa redacción y que todavía (creo) no me ha abandonado. Y ya han pasado nueve años.
 
Era la puerta de la oficina de Enrique Zileri. Algo no había salido bien, posiblemente una foto, un texto, un gorro, una bajada, una leyenda, un pase, un subtítulo, una viñeta, una infografía, un interlineado. Había tanto en qué fijarse cuando uno diseñaba una página de Caretas, pues todo debía congeniar y concatenarse como en una sonata.  

 

Zileri quería eso y no solamente eso. Transmitía un concepto periodístico, lo mostraba, lo compartía y hasta podría decir que disfrutaba dejando con la boca abierta a los nuevos periodistas que lo veían manejar la información y las fotos con la destreza de un jugador de billar a tres bandas.  

 

Alquien había fallado en la mezcla de esos sagrados condimentos y Enrique Zileri había azotado las bisagras de ese conjunto de listones de madera, que unidos conformaban su sufrida puerta, sospecho que siempre a salvo de termitas. O salvo que esas termitas hayan tenido inoculado el gen de Caretas y que por ello sean conscientemente valientes.
 
Tenía dos horas en Caretas y sin ser periodista de investigación ya había descubierto que la oficina de Zileri quedaba frente a la mía. ¿En qué rayos me había metido? 

 

Pero no. Yo quería conocerlo y aprender de ese gran ejemplo periodístico que los libros de Alfonso Baella Tuesta supieron describir tan bien, como un luchador solitario frente a tantas dictaduras, como la de Juan Velasco Alvarado a la cabeza.

 

Ciertamente, durante ese régimen militar, Zileri fue perseguido y deportado y poca gente salió en su defensa. Una vez le preguntaron en una entrevista si no se había sentido solo en esos tiempos y él respondió con un lacónico sí, pero sin quejas ni rencores.   

 

Dicen que hay ojos que parecen haberlo visto todo. Esa era la mirada de Zileri.

 

Hablaba con las manos, como buen italiano, trazando parábolas imposibles de seguir con la vista. Y como buen intelectual, llevaba muchos libros a las reuniones de los jueves, para comentarlos con nosotros. Y así cada semana.
 
Supongo que Zileri aprendió a ser periodista de Paco Igartua y yo había trabajado con los dos. Me parecía ver en cada manoteo, rictus o alharaca, algo de Paco.

 

Pero eran distintos, periodísticamente hablando.

 

Paco era solidez y precisión. Zileri era precisión, estética y elocuencia.
 
Paco era el todo. El texto y las imágenes debían encapsular un mensaje. Y hasta me atrevería a decir que prefería el texto. Quería en su revista textos sólidos como una roca y eso les pedía a sus periodistas.

 

Para Zileri, una foto publicada en su revista debía gemir y sudar. Y nosotros debíamos encontrar esa foto. 

 

Una vez ingresé a su oficina exaltado, sin tocar la puerta. Tenía en las manos unos documentos que iban a sepultar a un mafioso amigo de los yates y de no pocos narcotraficantes. Era el brazo derecho de Vladimiro Montesinos y su mafia.

 

“Son buenos documentos, pero al tipo ya le diste. Déjalo en paz”.

 

Seguramente vio mi cara de sorpresa.

 

“Fíjate, cuando el caso se resuelve a favor tuyo y el mafioso que tanto te ha fregado se encuentra arruinado, toca pensar en otras cosas. Hay que pensar en la familia”.

 

Yo no sabía si se refería a mis padres, a mi hermano… Y lo notó. Me dijo que me sentara. Codos en la mesa, camisa remangada.

 

“No hay que abusar. Los periodistas no somos asesinos”. 
 
“Ya le diste. Lo tienes. “¿Dime qué más quieres lograr?”.

 

Yo pensé: ¿Acaso no le han dicho que también han enjuiciado a Caretas y que si perdemos todos nos vamos al carajo?

 

Pasaron los años y ciertamente el periodismo nos pone en ocasiones en las que podemos ser magnánimos o asesinos.

 

Fuerza. Terquedad. Genialidad. Fin.


Igartua

Enero 18, 2008
 

Tenía en mente escribir algo sobre los jefes que han marcado mi carrera, que por suerte han sido muchos. Esa idea se me ocurrió cuando en mi auto doblaba la esquina de Miroquesada con Azángaro y sacaba la cuenta de que había trabajado en cincuenta periódicos y en cincuenta revistas.

Dejaba atrás aquella esquina mil veces transitada por mí. El Comercio pasaba a ser una línea más en mi currículo.

Pensé primero en Francisco Igartua. No puedo explicar por qué. 

 

"Los practicantes suelen equivocarse mucho, pero ese no es tu caso"

Me sentí feliz cuando Paco me entregó esa credencial. Me puso PERIODISTA, pese a ser practicante: "Los practicantes suelen equivocarse mucho, pero ese no es tu caso"

Flaco, colorado, parco. Ya he dicho muchas veces que mi papá compraba Oiga y que por eso yo estaba al tanto de la admiración que Paco sentía por Miguel de Unamuno.

También sabía de su descomunal persistencia periodística.

De eso me di cuenta con las investigaciones sobre el comando paramilitar Rodrigo Franco y la inservible maquinaria china con Joy Way a la cabeza. Como ciudadano de ninguna ciudad, Paco era la configuración humana de cualquier fraseo de Unamuno en una hoja de papel.

Lo recuerdo como un dibujante nato, un diseñador practiquísimo que no se hacía bolas con el exceso de fotos ni el exceso de textos.

Lo veía siempre trazando líneas con un lápiz, borrando y repintando. Repintando y calculando al ojo el crecimiento de las fotos cuando el cierre empezaba a sacar tarjetas rojas. Cada revista era un trabajo de fina orfebrería.

Diagramé a su lado un informe que se titulaba jocosamente: “Están naciendo nuevos cartelitos”. Y obviamente se refería al narcotráfico, tema recurrente en mi carrera. Manché una foto con tinta azul, no se molestó conmigo.

“Consigue otra al tiro. Y lávate las manos, hijo”.

Paco iba al grano, no dudaba. Generaba tesis e hipótesis cada minuto y no las abandonaba jamás.

Eran días de guerra para mí. Sin dinero. No recuerdo como iba a Oiga y menos cómo regresaba a casa. Tampoco puedo confirmar si llegué a ir a clases durante los meses que estuve en Oiga.

Debido a la intolerancia de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos, Oiga cerró y yo estuve hasta el final.

Pero sí recuerdo que almorzaba gracias a mi hermano Ítalo, quien tenía su oficina en la avenida Canaval y Moreira, también en San Isidro. 

Enigmático, siempre encerrado en su poncho, paseaba por las tardes en ese larga berma de la calle Paseo Parodi en San Isidro, el último local de Oiga. 

Lo extrañé mucho desde el 2005, cuando me empecé a topar con jefes decididamente torpes y expertos con la pelota y la franela.

Hace poco, César Campos, redactor principal de la revista Oiga, me dijo que había una idea en la mente de algunos periodistas que formaron parte de sus prusianas redacciones. Hacerle un busto y colocarlo en un parque de San Isidro. Emocionado y con la cabeza a mil por los recuerdos, pensé en ese preciso momento que Francisco Igartua merecía el bronce suficiente como para ser mostrado a cuerpo completo.


LOS ARCHIVOS DEL CALLAO

Enero 9, 2008

 

Once upon a time… En el siglo XIX, creo que pasada la segunda mitad, Doménico y Ángela, mis bisabuelos, llegaron al puerto del Callao, desde Italia, pasando por Argentina, ruta muy usada por aquellos que deseaban dejar de ser pobres en América. Italia se encontraba en crisis…

[Antes de seguir con la historia debo aclarar que algo no salió bien porque los Potestá, los Firpo, los Giraldi y sobretodo YO seguimos siendo misios]

Volviendo al tema: Pero Doménico y Ángela no venían solos, eran traídos por sus padres, ya que ambos eran muy niños.

Doménico llegó de la mano de sus papis (mis tatarabuelos) José Potestá y Virginia Firpo, posiblemente comerciantes de Génova. Años después o años antes, no me pidan mucho, Ángela pisaba el Callao gracias a mis otros tatarabuelos: Guiseppe Firpo y Juana Giraldi.

El barco trasatlántico que trajo a Doménico, curiosamente, se llamaba Orazio, como yo. En 1974, mi madre me puso ese formalísimo nombre sin conocer tal episodio, como me lo hizo saber hace pocos años.

Intuyo (ahorita acabo) que mis bisabuelos Doménico y Ángela se conocieron en las calles del Callao, posiblemente en Chucuito, que era la zona de llegada de los inmigrantes genoveses, para casarse en 1898, en la vieja Iglesia Santa Rosa de ese distrito. Tenían 27 y 16 años respectivamente. That’s the story…

Entonces: Mis familiares cruzaron algunos mares y tal vez por eso me encanta el mar y lo que hay adentro. Quise ser cadete naval a los 16, me encanta La Punta y duermo plácidamente con el viento sur, cuando voy en mi auto y me estaciono frente al Malecón Figueredo.

Así como me fascina el mar, debo decir que leo mucho, de noche, antes de dormir. Y que también escribo. Pienso, por ejemplo, que Michael Connelly es el mejor cronista norteamericano de la actualidad y que por eso suelo comprar sus libros frecuentemente en Crisol.

¿Qué hago por la vida? Hasta el momento soy periodista. Decidí no ser figuretti pese a que la carrera periodística es una invitación a ello.

Pienso (en muy buena onda) que el periodismo no es para aquellos que buscan la fama y firmar autógrafos… Yo me resisto a postular a premios, pues me saben vanos o irrelevantes. Mis estímulos los encuentro en mi casa, en los comentarios de mis amigos o sabiendo que los narcos hablan mal de mí desde sus celditas.

Por eso no salgo en televisión (me han entrevistado tres veces en la ‘caja boba’ y luego me he arrepentido copiosamente) y me río mucho cuando me entero que colegas mios llaman a los productores de Tv para que los entrevisten o resalten sus reportajes. Pero igual los quiero.

¿Qué otras cosas hago? Me acabo de acordar que también soy profesor de periodismo de investigacion en la PUCP y que me paso horas de horas corrigiendo exámenes por un sueldo mínimo.

Además, que soy miembro honorario del club de fans de Def Leppard en el mundo, que tenía un piano alemán del siglo XIX que fue obsequiado por mi madre a una monja y que tengo un bravísimo cocker inglés al que he llamado ‘Brasco’ en honor a Donnie Brasco, el valiente agente de la DEA que desarticuló solito una mafia completa de narcos en NY. ¿Qué les parece?

 


Dos constantes en mi vida

Diciembre 30, 2007

 

 

Entrevista de Melissa Silva 

[Para la Maestría en Periodismo de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia]  

Periodismo y narcotráfico… ¿Dos temas constantes en su vida, no?  

Viéndolo como lo dices, sí, han sido dos constantes en mi vida, pero de mi vida profesional. Primero me dediqué a investigar casos de terrorismo, cuando Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) arremetían en el Perú. Luego el narcotráfico se hizo notorio en el país y me interesó mucho. Ahora, para desgracia nuestra, ambas lacras se han unido estratégicamente y hacen mucho daño a la sociedad peruana. Ahora tenemos al grupo terrorista que fue considerado como el más sanguinario del mundo –de acuerdo con Simon Strong– junto a uno de los problemas más complicados de la actualidad: el tráfico de drogas.      

Usted afirma que Perú es un narcoestado. ¿Por qué? 

Ante todo, debo decir que quienes se han empeñado en señalar que el Perú no es un narcoestado han sido o son consumidores de drogas en el Perú. Me refiero a dos ex presidentes de la República y a varios políticos. ¿Con qué moral pueden referirse al tema y sobretodo minimizar una amenaza tan terrible?  

Si actualmente el Perú no es un narcoestado, se encuentra a medio milímetro de serlo. Hay la certeza de que las mafias de la droga financian a los partidos políticos en el Perú en época de elecciones y que las entidades bancarias lavan el dinero de ese negocio sin ningún reparo.  

El Perú es el segundo productor de cocaína en el mundo y también el segundo productor de hoja de coca a nivel mundial. Actualmente, solamente tres países pueden cultivar hoja de coca y el Perú es uno de ellos junto a Colombia y Bolivia. Nos encontramos en un lugar privilegiado del cinturón de fuego del narcotráfico y pese a ello hay personas (políticos, empresarios e intelectuales) que piensan que no somos un narcoestado. ¿Y acaso podrían sustentar por qué el Perú no es un narcoestado todavía? No van a poder hacerlo pues no saben dónde están parados.  

Seguramente desean ver a un capo de la mafia de Tijuana como ministro del Interior o como presidente de la República para recién decir: “Sí, lo reconocemos, somos un narcoestado”. Pero eso no va a ocurrir pues el narcotráfico preferirá mil veces operar detrás de una autoridad sobornada, corrupta o atemorizada. Y esto no lo digo con alegría… Simplemente eso es lo que pienso como investigador de ese tema en mi país.    

Cuando Sendero Luminoso nació a la luz pública hace 27 años, los políticos de ese entonces (que son los mismos que ahora niegan que seamos un narcoestado) dijeron que los miembros de esa banda terrorista eran abigeos (ladrones de ganado) y simples locos que ponían bombas. Y vaya que luego nos estalló tremenda bomba en la cara.     

¿Hay muchos políticos implicados? 

Muchos y muy “respetados”. Algunos han llegado a ser presidentes de la República.    

 

¿Qué pruebas hay al respecto? 

Por ejemplo, con respecto a Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos hay mucha información que se maneja en las procuradurías anticorrupción del país. Y de modo concreto puedo referirme a un ex ministro del gobierno de Alejandro Toledo que estuvo vinculado con Los Camellos, posiblemente la mafia más grande de tráfico de drogas que haya operado en el país y que yo investigué en la revista Caretas. Hay muchos casos, pero lamentablemente el tráfico de drogas es un delito que deja muy pocas huellas en el camino. Y recurren a la muerte para eso.    

¿Cómo funcionan las mafias? 

Son organizaciones compartimentadas, basadas en supuestas lealtades y regidas por el temor a la muerte. Osea, fallas o eres desleal y te caen tres balas en el cráneo. Ese comportamiento puede resultar terrible, pero vaya que ha disciplinado a las mafias y ayudado a mejorar exponencialmente su ilegal productividad y rentabilidad. Se han escrito muchos libros al respecto. Uno de ellos es el de John Davis: “La Dinastía Mafia”.    

¿Cuál es la participación de grupos como Sendero Luminoso en el narcotráfico? 

Sendero Luminoso presta servicios de seguridad a las mafias mexicanas y colombianas que operan en el Perú, especialmente en zonas como el Alto Huallaga y el VRAE. Abimael Guzmán vivía como un gran burgués con el dinero que Sendero Luminoso recibía del narcotráfico y con el que financiaba reglajes y atentados con “coches-bombas”.    

¿Por investigar casos de narcotráfico se ha metido en problemas con la justicia? 

Sí, en diversas oportunidades. Pero a diferencia de otros colegas, mi política es no hablar de los juicios ni de las amenazas en mi contra. No hago publicidad de esas cosas. Son hechos normales en la vida de un periodista de investigación.    

¿Ha estado en la cárcel?

No, pero quisieron detenerme en 1999, durante el gobierno mafioso de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Querían sembrarme pruebas absurdas. Fue cuando investigaba precisamente a la mafia de Los Camellos.     

¿Ha tenido juicios?

Sí he tenido varios juicios.    

¿Cómo se sintió en esos momentos?

Sentí lo mismo que siente alguien que estudia un máster en una buena universidad. La cosa es que no te amedrenten.    

¿Qué pensaba en esos momentos?

En seguir masacrando (periodísticamente) al mafioso que me enjuició.     

¿Valió la pena?

Honestamente no lo sé… Ese es el eterno pensamiento de un periodista de investigación que se enfrenta a las mafias del narcotráfico.    

¿El Perú saldrá de tanta corrupción?

En 150 años, posiblemente. Hoy en día debemos educar al tatarabuelo de ese peruano honesto que en el futuro lejano nos sacará de la pobreza y en el marco de un sistema limpio y sin baldones.    

¿Cuál será su próximo trabajo de investigación?

Estoy culminando una investigación sobre una empresa de bandera en el Perú que se encuentra vinculada al narcotráfico. Hace poco digitalicé uno de mis mejores casos: Los vínculos del cártel de Tijuana con altos mandos del Ejército peruano. Lo he hecho para mostrarlo a mis alumnos. 

Sin embargo, debo decir que actualmente no me dedico a investigar. Me encuentro realizando labores de edición (editor regional) en una agencia de prensa llamada INFOREGIÓN que se especializa en temas de narcotráfico, terrorismo y desarrollo social en zonas cocaleras del país.    

¿Qué es lo más difícil de hacer periodismo en Perú?

El Perú es una gran dificultad.    

¿Y lo más fácil?

Solía llegar tarde a mi casa.    

¿Por cuál camino se va usted?

Hasta ahora voy derecho. Es el camino más rápido a un lugar que no conozco.   


A propósito del Día del Periodista…

Diciembre 3, 2007

 

Entrevista: Diana Plasencia [2006]  

 

El Diccionario de la Lengua Española define al periodista como la “persona profesionalmente dedicada en un periódico o en un medio audiovisual a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión”. Sin embargo, la definición plasmada en papel resulta bastante estrecha. La experiencia y la práctica en la vida periodística de hoy desafían cualquier definición teórica.

 

Las labores de un periodista se extienden mucho más allá de los confines de una oficina de diario y las diversas situaciones lo pueden llevar a conocer lugares y personas con los que jamás pensó toparse. En un país como el nuestro, en donde la independencia periodística ha cobrado un valor altísimo debido a su escasez, son los periodistas de vocación los que han logrado salir ilesos.

 

Y es justamente por esa vocación que actualmente muchos jóvenes deciden dedicarse a la labor periodística, la cual les promete riesgos y responsabilidades, pero a la vez muchas satisfacciones personales.  Hemos decidido entrevistar a algunos de los profesores más representativos de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la PUCP. Uno de ellos es Orazio Potestá.

 

 

¿Hace cuantos años te dedicas a la labor periodística?

Desde 1993, cuando estaba en el tercer ciclo de la Universidad. Sin presentar papeles tuve la oportunidad de entrar a una ONG de derechos humanos que se llama Aprodeh, lo que fue una experiencia muy rica para mí.

¿En qué medios de comunicación trabajaste? 

Mientras estuve en Aprodeh colaboré en una revista llamada Vivir Bien, era panelista de Radio Cadena y eventual articulista de la página de opinión de La República. Luego de Aprodeh, ingresé a la revista Oiga, con Paco Igartua, para luego ir a Caretas (1999) con Enrique Zileri. En el 2000 trabajé con Cecilia Valenzuela en Imediaperú. En el 2001 me llamaron de Panorama y posteriormente fui a Correo como jefe de la Unidad de Investigación.

 

Ahora hago investigaciones periodísticas para la sección política del diario El Comercio y dedico buena parte de mi tiempo en pelearme con una colega que quiere imponerme ciertos sistemas de trabajo cada vez que la jefa se va de viaje.

¿Cómo decidiste ser periodista?

Ya sabía que iba a ser periodista desde que estaba en el colegio. En eso fui muy afortunado, pues no perdí tiempo. Ahora sí lo pierdo con ganas.

¿Qué satisfacciones te ha dado la carrera?

Supongo que varias. Materiales muy pocas. Los viajes son incomparables, al igual que las experiencias que uno vive con diversos tipos de gente. Podría decir que vivo tranquilo.

¿En alguna situación estuviste a punto de arrepentirte de hacer periodismo? ¿Cuándo fue?

A cada rato me arrepiento, sobretodo cuando las cosas se complican. Pero luego me sereno y pienso: “No había otra opción, Orazio”. O digo: “Mañana es otro día”. Por último, digo: “El periodismo es lo tuyo”.

¿Cuáles son tus virtudes como periodista y cuáles son tus debilidades?

Virtudes: la memoria, leo un montón, construyo mis informes con mucha lógica y soy mordedor. Cuando cojo carne no la suelto, algo así como un pitbull.

Debilidades: pienso las cosas el doble, descuido fuentes y últimamente no he estado reporteando mucho.

 

¿Qué opinas de la idea de que cualquier persona medianamente instruida y con buen criterio puede hacer las veces de periodista?

 

El periodismo es tan generoso que brinda la posibilidad a todos para ejercerlo. Nada se puede hacer contra eso. Creo que cada persona debe autoevaluarse para conocer si realmente ejerce correctamente el periodismo. Sin embargo, tengo una sospecha: los errores periodísticos de mayor y penosa trascendencia en el Perú no han sido cometidos por egresados de la carrera, sino por los figurettis de otras profesiones que ejercen el periodismo. Habrá que confirmarlo.

¿Cuál crees que es la función del periodista dentro de una sociedad como la nuestra?

Ver, comprobar y publicar. Punto.

 

¿Cuáles considerarías que son los principales problemas del periodismo peruano actualmente?

 

La falta de preparación de los colegas periodistas, la nula lectura y deficiente capacidad para hacer inferencias. Muchos se contentan con un buen sueldo y dejan de morder y joder.

De no haber seguido periodismo… ¿Qué hubieses estudiado?

Arquitectura. Lo loco es que ahora estudio otra carrera que no es esa: Educación para el Desarrollo en la PUCP. Pienso ser millonario enseñando…

¿Celebras el Día del Periodista? ¿Cómo?

La verdad me da igual. Sin embargo, hoy celebraré porque voy a tener una muy buena compañía. Vamos a ver qué pasa.


TERQUEDAD

Noviembre 27, 2007

Una conversación con Orazio Potestá, un periodista de investigación 

Entrevista de BERNARDO CÁCERES [Realizada en el 2006] 

“Normalmente no doy entrevistas, pero por tratarse de ti, lo podemos hacer”. Halagado, nervioso y comprometido a hacerlo bien, quedamos en encontrarnos un sábado por la mañana en el campus de la PUCP. 

Orazio Potestá ha trabajado en conocidos medios de comunicación del país, tales como El Comercio, Caretas, Oiga, Panorama y Correo. Egresado en 1996 de la Universidad de San Martín de Porres, hoy estudia Educación y dicta el curso de Periodismo de Investigación en la PUCP. Viaja a Suecia el próximo 13 de octubre (2006) tras ganarse una beca en Periodismo y Democracia de la Universidad de Kalmar. Por eso la entrevista se concertó lo antes posible.  

No reconocí a Orazio a pesar de encontrarme a cinco metros de él. Estaba en polo y short, pues venía de correr y de dejar a su hija en alguna actividad sabatina de la PUCP. Yo venía de un viernes con varios Whiskys y una buena compañía que dejó como saldo muchas ideas en la cabeza y sólamente cuatro preguntas apuntadas en un pequeño block.  

Luego de reconocernos, decidí buscar un lugar tranquilo para el diálogo. Resultó imposible, así que en medio del bullicio cachimbero de la cafetería de letras, el profesor y el alumno se sentaron frente a frente.    

¿Cómo llegaste al  periodismo?  

Por casualidad y no tengo ningún problema en reconocerlo. No te voy a decir que heredé de alguien las condiciones necesarias para esa tarea, ni siquiera por una cuestión familiar. Mi padre apenas acabó el colegio, al igual que mis abuelos. Yo conozco chicos y chicas que tienen padres profesionales, diplomáticos o literatos, teniendo por esa causa orientación fundamental hacia las humanidades.  

En segundo lugar, a mí me gustaban los temas complicados y ciertamente escabrosos desde que estaba en el colegio: narcotráfico y terrorismo. Yo quería ser periodista político y en eso andaba. Sin embargo, cuando llegué a Caretas en 1999 estalló uno de los casos más importantes de narcotráfico que haya habido en el país: el de Los Camellos, mafia vinculada directamente con Vladimiro Montesinos.

Entonces así me metí al periodismo de investigacion, viendo un caso relacionado con las drogas. Y quien me dio la orden de hacerlo fue Marco Zileri, hijo de Enrique… Me dijo simplemente: “Investiga”. Entonces, el que investiga hace investigación (risas) y así entré a la especialidad. El caso Los Camellos fue intimidante, muy pesado y yo era un novato total. 

¿Por qué fuiste a Caretas?  

Una vez escuché a un amigo de Aprodeh, Eduardo Cáceres, decir lo siguiente respecto a una persona: “¿Es un periodista de verdad o un periodista de ONG?”. Gracias a esas palabras de Eduardo mi vida cambió y él ni siquiera lo sabe. ¿Cuál era la diferencia? Me di cuenta de que en una ONG puedes vivir en un mundo irreal. Puedes vivir encapsulado en tu oficina recibiendo un sueldo llegado de Holanda y no era eso lo que deseaba. Yo ya venía trabajando cuatro años en Aprodeh y vi que era hora de nuevos retos.   

¿Dónde está el periodismo real? Pues en los medios de comunicación. Yo vivía obsesionado por Caretas desde el colegio. Y en la universidad era un sueño llegar allí y conocer a Enrique Zileri. Caretas era mi meta, pero tenía demasiado respeto por Oiga, ya que mi padre, afortunadamente, siempre compraba esa revista para leer a Paco Igartua y fíjate que terminé trabajando en las dos.  

Primero entré a Oiga en 1995 como practicante y conocí a ese portento periodístico llamado Paco Igartua. Trabajé en esa Oiga legendaria y me quedé hasta el día de su cierre. Cuatro años más tarde, pude entrar a Caretas, después de haber postulado tres o cuatro veces sin fortuna. Luego me enteré que un editor no me quería en Caretas por mi universidad de origen.

Un día, molesto y frustrado por los sucesivos rechazos, cogí el file que ese bendito editor había ninguneado pese a tener mis reportajes sobre terrorismo y narcotráfico que había publicado en Oiga, mis artículos sobre derechos humanos realizados en Aprodeh y varias notas de opinión que había sacado en La República… También había adjuntado un libro que había publicado en 1998 sobre una violación a los derechos humanos en el marco de la toma de rehenes del MRTA. Y en una hoja le escribí a Marco Zileri: “Marco, te dejo mi file, quiero trabajar acá. Gracias… Orazio Potestá”. Marco me llamó al día siguiente, recuerdo que era domingo, para decirme: “Ven a trabajar”.

-Contesté muy contento: “¿Cuándo?”

-”Mañana

-Ahora replicaba muy asustado: “¿Mañana?” 

-”Mañana es lunes y el martes es el cierre, así que te necesito mañana“.

Así comencé mi carrera de verdad, en esa vieja y querida revista, en enero de 1999. Ahora me acabo de acordar que llamé a Marco Zileri desde un teléfono público, en una bodega cercana a mi casa. La gente que hacía cola me apuraba a gritos y eso me puso muy nervioso, pues de hecho Marco escuchaba lo que me decían. En ese tiempo yo vivía en Barranco, mi hija Alexia tenía tres meses de nacida… 

¿Cuál es la diferencia fundamental entre lo que enseñan en la universidad y el periodismo real que has descrito?   

García Márquez dijo algo sensacional: “En las universidades se enseña a los alumnos todo lo relacionado al oficio, pero no el oficio mismo”. Aquí en la PUCP la enseñanza se acerca mucho al oficio, hay buenos profesores, mejor dicho, hay buenos profesionales, diría que los mejores del medio… Pero no necesariamente saben llegar al alumno y me incluyo por supuesto.  

Veo que hay un problema en el acercamiento entre el profesor y el alumno. Eso se soluciona con mucho diálogo, pues el profesor es muy sensible y generalmente se niega a las críticas de los alumnos, mientras que los alumnos deben poner su cuota de esfuerzo en los estudios y ser tolerantes, ya que piensan que la PUCP tiene el compromiso de poner profesores-genios en el aula, pero eso no es así.

El alumno siempre va a estar en contra del docente, pues esa es su naturaleza y hay que tener mucha muñeca. Yo he sido alumno y ahora soy docente, creo que sé lo que digo.    

Debe haber una relación de socios, ambos (profesor y alumno) deben construir una relación de aprendizaje. Definitivamente el profesor es una persona con defectos y por eso hay que ayudarle a enseñar bien. Y el alumno es fundamental en esa tarea, usando la metacognición.

Ahora, lo que habría que mejorar en la PUCP es que se debe vincular al alumno con la calle. El estudiante de la PUCP es muy confiado, confiado en que tiene las puertas laborales abiertas y no les falta razón porque es muy capaz y además estudia en una excelente universidad, pero tiene que poner más de su parte. El alumno de la PUCP tiene conocimientos, pero el de San Marcos tiene fuego adentro.  

¿Cómo concilias tu sosegada labor de docente con la adrenalina que brinda el ejercicio del periodismo de investigación?  

De repente estoy cambiando yo. Porque el perfil del periodista de investigación es el de un ser solitario, poco comunicativo, egoísta con sus fuentes de información y reservado con su familia. Mucho se habla de la existencia de una doble personalidad, de un lado oscuro que tienes, con el que convives y que no puedes mostrar. Hay cosas que no le cuento ni a mi hija ni a mi mamá. No puedo decir jamás: “Oye mamá, me voy al Huallaga a seguir a unos narcos”. No puedo decir eso. Tienes un lado salvaje, sumamente pragmático que hace que a veces pienses en la información que una fuente te va a dar y no si esa fuente va a llegar viva a su casa. Por cierto, uno tampoco piensa si va a llegar a su casa completo.  

La conciliación de ambas cosas, la adrenalina del periodismo de investigación con la docencia se resolvió también en forma casual, para variar. Yo trabajaba con Cecilia Valenzuela en la agencia de prensa Imediaperú y a ella la llamaron como profesora, siendo el “gran jale” de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la PUCP. Ella me propuso que sea su jefe de práctica y yo acepté.  

Siendo sincero, acepté pensando que esa experiencia iba a ser simplemente un ingreso económico más. Pero a los dos meses ambos tuvimos una discusión atroz y yo renuncié a los dos trabajos, a la PUCP y a Imediaperú.  Al poco tiempo, Cecilia dejó de ser profesora de la PUCP y el coordinador de la especialidad de periodismo, Juan Gargurevich, me llamó para retornar en el ciclo 2001-1. Pero no como jefe de práctica, sino como docente, historia que se ha mantenido hasta hoy.

Me siento muy contento en la PUCP porque hay mucha libertad para el trabajo. Y debo decir que descubrí una segunda vocación.

Si bien es cierto que algunos alumnos son dejados y aparentemente poco comprometidos con la carrera, estoy convencido de que tienen un talento y una formación que supera a la impartida en otras universidades. Ustedes tienen que meterse eso en la cabeza. Sin embargo, el alumno de la PUCP carece de ciertos ingredientes que son básicamente emocionales. 

Has mencionado mucho a tu familia… 

Raro. Yo no suelo hablar de eso… 

¿Cómo se relaciona tu trabajo y tu familia?  

Mira, yo vivo en mi casa todavía. Yo no he acumulado dinero. Y si quisiera hacerlo estaría trabajando en una minera recibiendo 10 mil dólares mensuales y ya me hubiera comprado un departamento. Vivo con mi familia, pero no vinculo mi trabajo con la casa. Gracias a Dios a mi familia nunca le ha pasado algo y jamás han llamado a mi casa a lanzar amenazas.

Podría decirte que me han llamado para amenazarme miles de veces, que me han mandado cabezas de pollo con sangre, que me han pintado la casa con insultos, pero no me gusta engañar. Si me han amenazado, eso ha pasado en contadas ocasiones. No voy a pretender que crean que soy una víctima, un héroe (risas) y menos quiero fomentar la admiración o la lástima social.  

A quien compra carne en el mercado, se la dan con hueso. El periodismo de investigación es extraordinario, pero tiene un costo. Y si uno se va a estar quejando de que lo amenazan o lo insultan, no hay problema, pero no es lo lógico. Uno asume la responsabilidad de sus actos. Mi mamá no lee lo que yo escribo… 

¿Alguna vez has sentido miedo de que te pase algo?  

Mira, lo que pasa es que desde 1998 soy padre, lo que influye mucho. No soy casado, pero soy padre. Y se supone que yo ya debería estar replegado. Pero no. ¿Qué es lo que ocurre? Más siento miedo a equivocarme en un reportaje, en poner datos errados. No siento miedo de que me hagan algo a mí. Al contrario. Lo que a mi me jode mucho es tener a una niña de ocho años descubierta, mi hija.

Entonces, mientras las cosas sean conmigo y no con mi hija… Yo le voy a agradecer al sicario que me dispare, esos son los códigos que me importan. Yo no puedo esperar que Zeev Chen, el capo de la mafia de La Estrella de Israel, al que hicimos que le anulen una sentencia que lo ponía en libertad en tres meses por otra que lo conmina a 30 años de cárcel, me mande bombones o botellas de vino. Si ese capo me quiere dar, me da pues. Pero tiene que darme a mí. Yo voy a estar feliz. En conclusión, no me causa miedo que me metan tres pepas en la cabeza, con tal que no se metan con mi familia.  

Qué te disparen… ¿Es un indicador de que vienes haciendo las cosas bien en el periodismo de investigación?  

¿Qué te quieran dar? No lo sé… Puede que tu trabajo haya causado daño real a una mafia. Pero también hay periodistas que son asesinados por corruptos, pues recibieron plata de una mafia del tráfico de drogas y no publicaron de acuerdo al arreglo. Que te disparen no implica que vengas haciendo las cosas bien. Hay que tener mucho cuidado con mitificar y glorificar a aquellos periodistas que no lo merecen.  

¿El periodismo de investigación abusa del poder que tiene?  

Hay periodistas que tienen mucho poder, cierto tipo de poder. Los que salen en televisión, por ejemplo. La televisión genera una dependencia a la cámara y a la pantalla que a veces se convierte en una enfermedad. Por continuar en la televisión y seguir recibiendo sus gollerías empiezas a descuidar a la familia, a los amigos, si eres profesor te olvidas de las clases que debes dictar… Y si esa permanencia se asocia al bendito rating, te alejas de tus principios, traicionas a las fuentes de información, en fin. Entra un gobierno nuevo y le pasas la mano para quedarte en la chamba o para conseguir pepas.

La televisión crea una dependencia terrible. Te da reconocimiento, fama, popularidad, pero no necesariamente credibilidad o respeto. Siendo un rostro masivo pierdes la esencia del periodismo, basada en el anonimato y la sencillez. No puedes investigar a una mafia o conversar tranquila y discretamente con alguien en un lugar. Es como si estuvieras pintado de amarillo.  

¿Qué hecho es el más importante al momento de contactarse con una fuente? ¿Los datos o las sensaciones?  

En una fuente busco y trato de percibir esas dos cosas. Que brinde datos y que a la vez sea una fuente confiable. Que a la primera vista te genere confianza. Hay fuentes que no brindan esa confianza, pero saben muchas cosas. Las percepciones son básicas, pues te dicen internamente si debes confiar o no en una fuente. Recibes la información, la sopesas y la analizas en lo que dura un click fotográfico. Luego decides reaccionar de un modo A o B. Yo soy básicamente instintivo.  

¿Ser instintivo no te podría llevar a un error? 

Hasta el momento no he tenido problemas. Al contrario, me encargo de sacar de problemas a mis colegas que traen a la redacción documentos terriblemente falsos y no se percatan de ello. Una vez, una editora de política me pidió hacer un informe en base a unos documentos que su “fuente estrella” le había entregado. Incluso ya había escogido la fecha de la publicación. A la pobre la habían estafado candorosamente y al principio no lo aceptaba.

En el diario en el que trabajo, si llega un documento o un audio aparentemente revelador, posiblemente me lo den a mí para que lo revise. Soy instintivo en un cien por ciento. ¿De dónde? No lo sé. Jamás voy a decir que tengo un don, pues me daría mucha risa. Yo no tengo fuentes en el Ejército, no conozco a ningún coronel de la DIRANDRO que me regale fotos o atestados policiales, pero he hecho casos de drogas que han sido importantes en el país, como el de la mafia de Los Camellos, el del cártel de Tijuana en el Perú y sus nexos con el Ejército, entre otros.  

¿Estás feliz con lo que haces?  

Yo creo que la felicidad no existe. Hay momentos muy buenos, pero la felicidad como una carretera por la que uno transita sin baches o huecos, no me cuadra. El mundo es una mierda. Yo no puedo ser feliz ahora y vaya que se nota en mi rostro. Lo que hay son satisfacciones momentáneas y efímeras que son desplazadas por la primera tristeza que se viene. Y todo cae de bruces. Lo que puedo decir es que estoy satisfecho. Lo único que me falta es plata. Es una broma.