Lévano

Enero 23, 2008

 

Del gran César guardo un recuerdo destellante. Fue mi primer editor. Mi primera comisión en Caretas fue cubrir el congreso partidario del APRA de 1999 y César revisó esa nota con categoría.

Era martes en la noche, posiblemente pasadas las 10. Marco Zileri me lleva a una oficina alejada, con una pequeña ventana con vista a la Plaza Mayor de Lima. Las paredes eran amarillas en tono ocre.

“La va a revisar César, quédate un rato”.

A lo lejos pude ver a César Lévano. Lo primero que me llamó la atención fue su máquina de escribir. La Rémington se encontraba parada, tal como hacíamos en Oiga para ganarle espacio al escritorio. Era el único que no usaba computadora.

“Déjamela, yo la reviso”. Le respondí que no, que me quería quedar.

Esperé una hora, dos, tres. Fue mi primer acercamiento al raro reloj de Caretas. Las horas parecen minutos cuando se es parte de la maquinaria (o moledora de carne) y años cuando se observa desde la periferia.

Hasta que me fui.

La esperada nota salió publicada un jueves de enero de 1999 y se tituló compasivamente “Organización desorganizada”. Debió titularse “Organización criminal” porque el congreso partidario del APRA resultó ser un verdadero quilombo. Corrió plata y bala para elegir a sus nuevos jerarcas, sin contar las amenazas, los golpes y hasta los secuestros al paso que se produjeron en la famosa “aula magna” para forzar el endose de votos de candidato a candidato.

En las reuniones de los jueves, donde los editores de Caretas analizaban la revista recién alumbrada y planificaban la fisonomía de la que vendría, César ponía la cadencia y la experiencia de 50 años (o más) de ejercicio periodístico.

Siendo un periodista muy novato, yo iba por exigencia de Enrique Zileri, gesto que yo le agradeceré siempre.

Enrique Zileri escuchaba y reflexionaba cuando (lúdicamente) César traía del pasado momentos y planos históricos similares entre los gobiernos de Alberto Fujimori, Augusto Leguía y Manuel Odría. Y por allí era posible que asomara algún otro dictadorzuelo del Congo, del Paraguay o de alguna zona del Asia.

Siendo un autodidacta, César fue una enciclopedia. Qué desazón para los acomplejaditos que coleccionan maestrías y doctorados.   

Escuchándolo en la mesa de reuniones de Caretas me di cuenta que efectivamente la historia es pendular.

César tenía muchos años encima, cojeaba y usaba un bastón. Pero subía con facilidad los cinco pisos del edificio de Caretas cuando el vetusto ascensor se detenía por falta de mantenimiento o por el cansancio de llevar kilos de tensiones cada minuto. Ojo al tiempo: Eran épocas de dictadura y muy complicadas.

César además era (y es) maestro universitario y cuando cada miércoles todos nosotros dormíamos a pierna suelta luego de cada cierre, él iba a San Marcos a dictar su cátedra.

Había leído todos los libros. Conocía a todos los poetas. Sabía de mujeres. Había sido perseguido, enviado a prisión y deportado.

Cierto día murió César Miró y escribió una hermosa y arquitectónica semblanza que simplemente tituló “Sin César”. Un título corto y bello que deja pasmado a cualquiera. 

Gracias César por tu docencia. Y lo más importante: Ejercida sin darte cuenta.


Reyes

Enero 19, 2008

 

Ser el hombre de confianza de un genio del periodismo como lo fue Paco Igartua debió haber sido muy difícil. Los dotados son seres complejos e incontrastables. Paradógicamente suelen tener mal genio, además.

Jesús Reyes Muñante fue el hombre-editor-columna que soportó Oiga durante casi 30 años, en una especie de auto sacrificio ritual que permitió a Paco Igartua desplegar su gigantesca pericia en el periodismo peruano.

Como genio que era, Reyes era dueño de un carácter fulminante. Era temido por sus periodistas y generaba un respeto que ahora nadie podría encontrar en una redacción. Y también era indescifrable, hermético.

Reyes exigía los textos a las siete de la mañana, sin importar que uno hubiese llegado el día anterior desde los Balcanes, en balsa o nadando. Serísimo y ronco, pedía que el informe o reportaje, empezado a máquina y culminado a mano tensa, sea depositado en su oficina por debajo de la puerta.  

Y eso hice algunas veces, aunque debo suponer que me tenía cierto aprecio porque extraordinariamente me permitía que le entregase los textos al mediodía. Sustento esa sospecha (que me estimaba) en una frase que Reyes me soltó una vez, respecto a un artículo mío que ya no podía editar por falta de tiempo: “Si lo has hecho tú, puedo suponer que es un buen trabajo”.  

Cada vez que Reyes editaba, en su oficina se producían combates de protones y electrones, batallas de logismos y sinlogismos. Su cerebro producía fogonazos y chispas que se impregnaban en las cuartillas que salían de su enorme máquina Rémington. 

En la redacción, los periodistas esperaban la salida de Reyes. Cada uno calculaba en silencio quién iba a ser destruido por su metralla verbal. Impertérrito y reservado, no quedaba otra que ver en sus gestos el veredicto de la noche. La revista que saldrá tiene información de la “puta madre” o simplemente será una completa mierda.  

Cuando todo había salido bien, abandonaba su oficina y se paseaba por la redacción. Aveces imitaba los ladridos de un perro, como si fuera un niño, inmerso en esa marea de relajamiento que siempre llega luego de una crisis de tensión. Caminaba y golpeaba las esquinas de los escritorios con los nudillos, silbando muy bajito.  

A Reyes nunca le faltaba un plumón negro para tachar cualquier error detectado en los textos.  

En 1995 todavía se escribía a máquina en algunas redacciones. Al menor error de tecleo había que arrancar la página. Eso era amor propio. Los editores tachaban con plumón negro la frase equivocada y redactaban el texto correcto en el espacio que había entre línea y línea. Tarea de herreros.

Ahora todo se resuelve con la tecla “delete”.

Recuerdo haberle entregado a Jesús Reyes un texto de seis páginas sobre terrorismo (“La derrota de Sendero Luminoso: Una promesa incumplida”) para un diagramado de apenas dos carillas. Y como el 70% del espacio se iba en la foto abridora y el titular de dos niveles, había que hacerle cirugía mayor a mi informe.

Dos horas después, Reyes me entregó una obra maestra de edición.

“Pronto escribirás con concisión. La concisión se logra escribiendo, no escribiendo poco”. Punto. No dijo más que eso.

Creo que fue en 1998 cuando lo llamé por teléfono a su casa de Lince. Sabía que andaba mal de salud.

-Don Jesús, soy Orazio Potestá. Alfonso Bermúdez me dio su número telefónico…

[Silencio]

-No lo veo desde que cerró Oiga y llamaba para saludarlo…

[Hubo otro silencio] Hasta que secamente dijo: ”Sí. Gracias. Me encuentro bien”.    

Reyes se convirtió en un referente de acero para los que pasaron por la escuela periodística de Oiga, incluso para aquellos que lo odiaban. Lo cierto es que a Reyes se le odiaba con reverencia y se le quería con desconfianza.

Era impredecible y desconocido. Tenía una experiencia vital sorprendente y el registro periodístico de tres vidas terrenales y extraterrenales. Así recuerdo yo a Jesús Reyes Muñante.


Zileri

Enero 19, 2008

 

 

Pocas veces he tenido miedo en mi vida. Una de esas veces fue la noche anterior a mi primer día de trabajo en Caretas. Y ahora recuerdo que ese miedo se multiplicó por cien cuando Marco Zileri me dijo que mi primera tarea iba a ser cubrir el congreso partidario del APRA con Óscar Medrano como fotógrafo. Sí, el mismo que retrató la guerra contra Sendero Luminoso por los andes del Perú.

 

Nunca pensé en no ir. No. Pero ciertamente me arrepentía de haber movido las piezas tan rápido para (por fin) entrar a esa gran revista.
 
Recuerdo que ya en mi nueva oficina, un estruendoso golpe me quitó el pavor. Pero me entregó el estrés que no se fue de mi espalda durante los 12 meses que pasé en esa redacción y que todavía (creo) no me ha abandonado. Y ya han pasado nueve años.
 
Era la puerta de la oficina de Enrique Zileri. Algo no había salido bien, posiblemente una foto, un texto, un gorro, una bajada, una leyenda, un pase, un subtítulo, una viñeta, una infografía, un interlineado. Había tanto en qué fijarse cuando uno diseñaba una página de Caretas, pues todo debía congeniar y concatenarse como en una sonata.  

 

Zileri quería eso y no solamente eso. Transmitía un concepto periodístico, lo mostraba, lo compartía y hasta podría decir que disfrutaba dejando con la boca abierta a los nuevos periodistas que lo veían manejar la información y las fotos con la destreza de un jugador de billar a tres bandas.  

 

Alquien había fallado en la mezcla de esos sagrados condimentos y Enrique Zileri había azotado las bisagras de ese conjunto de listones de madera, que unidos conformaban su sufrida puerta, sospecho que siempre a salvo de termitas. O salvo que esas termitas hayan tenido inoculado el gen de Caretas y que por ello sean conscientemente valientes.
 
Tenía dos horas en Caretas y sin ser periodista de investigación ya había descubierto que la oficina de Zileri quedaba frente a la mía. ¿En qué rayos me había metido? 

 

Pero no. Yo quería conocerlo y aprender de ese gran ejemplo periodístico que los libros de Alfonso Baella Tuesta supieron describir tan bien, como un luchador solitario frente a tantas dictaduras, como la de Juan Velasco Alvarado a la cabeza.

 

Ciertamente, durante ese régimen militar, Zileri fue perseguido y deportado y poca gente salió en su defensa. Una vez le preguntaron en una entrevista si no se había sentido solo en esos tiempos y él respondió con un lacónico sí, pero sin quejas ni rencores.   

 

Dicen que hay ojos que parecen haberlo visto todo. Esa era la mirada de Zileri.

 

Hablaba con las manos, como buen italiano, trazando parábolas imposibles de seguir con la vista. Y como buen intelectual, llevaba muchos libros a las reuniones de los jueves, para comentarlos con nosotros. Y así cada semana.
 
Supongo que Zileri aprendió a ser periodista de Paco Igartua y yo había trabajado con los dos. Me parecía ver en cada manoteo, rictus o alharaca, algo de Paco.

 

Pero eran distintos, periodísticamente hablando.

 

Paco era solidez y precisión. Zileri era precisión, estética y elocuencia.
 
Paco era el todo. El texto y las imágenes debían encapsular un mensaje. Y hasta me atrevería a decir que prefería el texto. Quería en su revista textos sólidos como una roca y eso les pedía a sus periodistas.

 

Para Zileri, una foto publicada en su revista debía gemir y sudar. Y nosotros debíamos encontrar esa foto. 

 

Una vez ingresé a su oficina exaltado, sin tocar la puerta. Tenía en las manos unos documentos que iban a sepultar a un mafioso amigo de los yates y de no pocos narcotraficantes. Era el brazo derecho de Vladimiro Montesinos y su mafia.

 

“Son buenos documentos, pero al tipo ya le diste. Déjalo en paz”.

 

Seguramente vio mi cara de sorpresa.

 

“Fíjate, cuando el caso se resuelve a favor tuyo y el mafioso que tanto te ha fregado se encuentra arruinado, toca pensar en otras cosas. Hay que pensar en la familia”.

 

Yo no sabía si se refería a mis padres, a mi hermano… Y lo notó. Me dijo que me sentara. Codos en la mesa, camisa remangada.

 

“No hay que abusar. Los periodistas no somos asesinos”. 
 
“Ya le diste. Lo tienes. “¿Dime qué más quieres lograr?”.

 

Yo pensé: ¿Acaso no le han dicho que también han enjuiciado a Caretas y que si perdemos todos nos vamos al carajo?

 

Pasaron los años y ciertamente el periodismo nos pone en ocasiones en las que podemos ser magnánimos o asesinos.

 

Fuerza. Terquedad. Genialidad. Fin.


Igartua

Enero 18, 2008
 

Tenía en mente escribir algo sobre los jefes que han marcado mi carrera, que por suerte han sido muchos. Esa idea se me ocurrió cuando en mi auto doblaba la esquina de Miroquesada con Azángaro y sacaba la cuenta de que había trabajado en cincuenta periódicos y en cincuenta revistas.

Dejaba atrás aquella esquina mil veces transitada por mí. El Comercio pasaba a ser una línea más en mi currículo.

Pensé primero en Francisco Igartua. No puedo explicar por qué. 

 

"Los practicantes suelen equivocarse mucho, pero ese no es tu caso"

Me sentí feliz cuando Paco me entregó esa credencial. Me puso PERIODISTA, pese a ser practicante: "Los practicantes suelen equivocarse mucho, pero ese no es tu caso"

Flaco, colorado, parco. Ya he dicho muchas veces que mi papá compraba Oiga y que por eso yo estaba al tanto de la admiración que Paco sentía por Miguel de Unamuno.

También sabía de su descomunal persistencia periodística.

De eso me di cuenta con las investigaciones sobre el comando paramilitar Rodrigo Franco y la inservible maquinaria china con Joy Way a la cabeza. Como ciudadano de ninguna ciudad, Paco era la configuración humana de cualquier fraseo de Unamuno en una hoja de papel.

Lo recuerdo como un dibujante nato, un diseñador practiquísimo que no se hacía bolas con el exceso de fotos ni el exceso de textos.

Lo veía siempre trazando líneas con un lápiz, borrando y repintando. Repintando y calculando al ojo el crecimiento de las fotos cuando el cierre empezaba a sacar tarjetas rojas. Cada revista era un trabajo de fina orfebrería.

Diagramé a su lado un informe que se titulaba jocosamente: “Están naciendo nuevos cartelitos”. Y obviamente se refería al narcotráfico, tema recurrente en mi carrera. Manché una foto con tinta azul, no se molestó conmigo.

“Consigue otra al tiro. Y lávate las manos, hijo”.

Paco iba al grano, no dudaba. Generaba tesis e hipótesis cada minuto y no las abandonaba jamás.

Eran días de guerra para mí. Sin dinero. No recuerdo como iba a Oiga y menos cómo regresaba a casa. Tampoco puedo confirmar si llegué a ir a clases durante los meses que estuve en Oiga.

Debido a la intolerancia de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos, Oiga cerró y yo estuve hasta el final.

Pero sí recuerdo que almorzaba gracias a mi hermano Ítalo, quien tenía su oficina en la avenida Canaval y Moreira, también en San Isidro. 

Enigmático, siempre encerrado en su poncho, paseaba por las tardes en ese larga berma de la calle Paseo Parodi en San Isidro, el último local de Oiga. 

Lo extrañé mucho desde el 2005, cuando me empecé a topar con jefes decididamente torpes y expertos con la pelota y la franela.

Hace poco, César Campos, redactor principal de la revista Oiga, me dijo que había una idea en la mente de algunos periodistas que formaron parte de sus prusianas redacciones. Hacerle un busto y colocarlo en un parque de San Isidro. Emocionado y con la cabeza a mil por los recuerdos, pensé en ese preciso momento que Francisco Igartua merecía el bronce suficiente como para ser mostrado a cuerpo completo.


LOS ARCHIVOS DEL CALLAO

Enero 9, 2008

 

Once upon a time… En el siglo XIX, creo que pasada la segunda mitad, Doménico y Ángela, mis bisabuelos, llegaron al puerto del Callao, desde Italia, pasando por Argentina, ruta muy usada por aquellos que deseaban dejar de ser pobres en América. Italia se encontraba en crisis…

[Antes de seguir con la historia debo aclarar que algo no salió bien porque los Potestá, los Firpo, los Giraldi y sobretodo YO seguimos siendo misios]

Volviendo al tema: Pero Doménico y Ángela no venían solos, eran traídos por sus padres, ya que ambos eran muy niños.

Doménico llegó de la mano de sus papis (mis tatarabuelos) José Potestá y Virginia Firpo, posiblemente comerciantes de Génova. Años después o años antes, no me pidan mucho, Ángela pisaba el Callao gracias a mis otros tatarabuelos: Guiseppe Firpo y Juana Giraldi.

El barco trasatlántico que trajo a Doménico, curiosamente, se llamaba Orazio, como yo. En 1974, mi madre me puso ese formalísimo nombre sin conocer tal episodio, como me lo hizo saber hace pocos años.

Intuyo (ahorita acabo) que mis bisabuelos Doménico y Ángela se conocieron en las calles del Callao, posiblemente en Chucuito, que era la zona de llegada de los inmigrantes genoveses, para casarse en 1898, en la vieja Iglesia Santa Rosa de ese distrito. Tenían 27 y 16 años respectivamente. That’s the story…

Entonces: Mis familiares cruzaron algunos mares y tal vez por eso me encanta el mar y lo que hay adentro. Quise ser cadete naval a los 16, me encanta La Punta y duermo plácidamente con el viento sur, cuando voy en mi auto y me estaciono frente al Malecón Figueredo.

Así como me fascina el mar, debo decir que leo mucho, de noche, antes de dormir. Y que también escribo. Pienso, por ejemplo, que Michael Connelly es el mejor cronista norteamericano de la actualidad y que por eso suelo comprar sus libros frecuentemente en Crisol.

¿Qué hago por la vida? Hasta el momento soy periodista. Decidí no ser figuretti pese a que la carrera periodística es una invitación a ello.

Pienso (en muy buena onda) que el periodismo no es para aquellos que buscan la fama y firmar autógrafos… Yo me resisto a postular a premios, pues me saben vanos o irrelevantes. Mis estímulos los encuentro en mi casa, en los comentarios de mis amigos o sabiendo que los narcos hablan mal de mí desde sus celditas.

Por eso no salgo en televisión (me han entrevistado tres veces en la ‘caja boba’ y luego me he arrepentido copiosamente) y me río mucho cuando me entero que colegas mios llaman a los productores de Tv para que los entrevisten o resalten sus reportajes. Pero igual los quiero.

¿Qué otras cosas hago? Me acabo de acordar que también soy profesor de periodismo de investigacion en la PUCP y que me paso horas de horas corrigiendo exámenes por un sueldo mínimo.

Además, que soy miembro honorario del club de fans de Def Leppard en el mundo, que tenía un piano alemán del siglo XIX que fue obsequiado por mi madre a una monja y que tengo un bravísimo cocker inglés al que he llamado ‘Brasco’ en honor a Donnie Brasco, el valiente agente de la DEA que desarticuló solito una mafia completa de narcos en NY. ¿Qué les parece?