El Periodismo: Un esfuerzo en bien de la democracia

Abril 9, 2007

 

Ahora que pensaba en el curso de Periodismo y Democracia que se va a realizar en Suecia, me percaté de una cosa: Que mi carrera periodística se inició precisamente bajo una dictadura cívico-militar, encabezada por el entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori, con el decisivo apoyo de las Fuerzas Armadas.

Como cualquier estudiante de periodismo, recuerdo que deseaba conocer a fondo a mi país, incluso sin analizar los riesgos que podían llegar de la mano con esa decisión. En ese rumbo, ingresé a la Asociación Pro Derechos Humanos (Aprodeh) en 1994, en plena época de amenazas y ataques terroristas y cuando grupos de las Fuerzas Armadas y Policiales del Perú practicaban detenciones injustas y arbitrarias, así como ejecuciones extrajudiciales, en el marco de la llamada “guerra contrasubversiva”.

Sendero Luminoso y el MRTA eran organizaciones terroristas sanguinarias y demenciales, que ocasionaron mucho sufrimiento y daño económico al Perú. Sin embargo, pienso con firmeza que un Estado no debe responder con las mismas armas del miedo y la violencia a los grupos terroristas que trata de combatir.

Y eso fue lo que no ocurrió en mi país. Por ese tiempo, escuché una frase del escritor estadounidense Norman Mailer: “¿Hay que matar para enseñar a no matar a las personas?”. Ese pensamiento se me quedó grabado en la mente y suelo compartirlo con mis alumnos en las clases de periodismo de investigación que dicto en la Pontificia Universidad Católica del Perú.

SL en Suecia

Pinta de Sendero Luminoso en Suecia. En el Perú, Abimael Guzmán y sus seguidores le declararon la guerra a la democracia.

En Aprodeh, una discreta pero combativa organización no gubernamental de promoción y protección de los derechos humanos y cuya sede se encuentra en el distrito clasemediero de Jesús María, pude conocer los entretelones de casos tan nefastos y tristes como el asesinato de los nueve estudiantes y un profesor de La Cantuta en 1992, así como el aniquilamiento masivo de los Barrios Altos, en 1991, hechos realizados por grupos paramilitares del Ejército.

Recuerdo haber cargado una caja pequeña y sucia con el cuerpo quemado de una de las víctimas de La Cantuta, lo que me causó una gran conmoción personal y profesional. Imaginé que eso podía pasarme o ser sufrido por uno de mis amigos, lo que no era propio de una sociedad que pretendía ser pacífica y civilizada.

Mala no es la democracia y sus caminos. Malos son aquellos personajes que se aprovechan de la nobleza de ese sistema político para alimentar sus egos y bajos propósitos.  

Lo cierto es que desde muy joven pude conocer las oscuras y peligrosas reacciones de aquellas autoridades que hacen mal uso del poder y que súbitamente se encuentran acorraladas por una minoría que solamente desea conocer la verdad para ejercer la justicia.

Vestidos de negro

Como se sabe, la descomposición política y moral del gobierno de Alberto Fujimori se hizo notar muy pronto y la democracia del Perú se vio seriamente dañada: Desapareció el Estado de Derecho, el Poder Judicial fue copado y maniatado y la prensa independiente fue amedrentada y arrinconada para evitar que se descubran serios casos de corrupción y muerte.

En esas épocas, el ejercicio del periodismo era muy difícil y deprimente, recuerdo. A la dificultad de conseguir la información necesaria para cumplir con nuestro trabajo, debido a que la mayoría de las fuentes formales y organismos oficiales no colaboraban en ese sentido, pues se encontraban inmersos en la corrupción y en la falta de transparencia, había que añadir la posibilidad de ser amenazados, procesados judicialmente y hasta agredidos con resultados que podían ser fatales.

En 1999, cuando trabajaba para la revista Caretas de Lima, investigué el caso de narcotráfico Los Camellos, lo que me sirvió para conocer de cerca la corrupción que habitaba en el Poder Judicial y en la Policía.

Por mis indagaciones fui enjuiciado y procesado en el Poder Judicial para evitar que siga con mi trabajo periodístico. Me acusaban injustamente de haber difamado a un abogado llamado Javier Corrochano, especializado en defender a capos de la droga y que precisamente se hallaba vinculado con la banda de Los Camellos, bajo la supervisión del temido Vladimiro Montesinos.

Fueron momentos muy duros para mí, sobretodo teniendo 24 años de edad. Había que ir muy seguido y muy temprano al Poder Judicial para ser prácticamente interrogado por un magistrado (el ahora honestísimo Saúl Peña Farfán) que seguramente era presionado para condenarme a como fuera lugar. Y así fue: me sentenciaron a cuatro años de prisión suspendida, pena que fue descrita como “benigna” por ser “primerizo en el delito”. Sin embargo, nunca abandonamos el caso Los Camellos y continuamos investigando a los corruptos que se encontraban involucrados. Incluso, muchos de ellos fueron apresados posteriormente, cuando cayó la dictadora de Alberto Fujimori y llegó la democracia al país en el 2000.

Muchas horas de vuelo 

Reflexionando sobre lo que me tocó vivir como periodista en esos momentos de la historia del Perú, pienso que fui muy afortunado. Pero no quiero ser malinterpretado: Por causa de esas malas experiencias, hoy valoro la libertad de expresión y de opinión, la libertad de prensa, el Estado de Derecho y la férrea defensa de los derechos humanos, bajo cualquier punto de vista o circunstancia.

El Perú, durante el siglo pasado, ha vivido casi 50 años bajo el yugo de diversas dictaduras, las mismas que muchas veces han vulnerado el sistema democrático con el apoyo de las grandes mayorías, aunque ello suene paradójico.

La pregunta es por qué ocurre eso. Pienso que democracia es justicia, equidad, inclusión, desarrollo social, salud y educación, características que precisamente no se encuentran en el Perú.

En el Perú, lamentablemente, la extrema pobreza también se vive desde hace 50 años y no ha podido ser derrotada. Y al ser las demandas sociales sumamente terribles e inacabables, ello es aprovechado por caudillos de corte autoritario que utilizan ese contexto para vulnerar la democracia, autodenominándose como los salvadores de la patria.

Y como es lógico, arremeten violentamente contra la prensa, pues no desean que sus acciones y sus desbandes sean fiscalizados o difundidos a la población.

Pero lo cierto es que tampoco los dictadores o gobernantes autoritarios han podido derrotar la pobreza, al menos eso es lo que siempre ha ocurrido siempre en el Perú. Los pobres acaban siendo más pobres, acabando la democracia vulnerada y debilitada, lo que nos obligaba a comenzar de cero la reconstrucción de las instituciones del país y el Estado de Derecho.

En ese sentido, creo que el trabajo de la prensa no es sencillo. De hecho, los periodistas no deben asumir el simple y cómodo papel de ser los implacables críticos de la realidad, cuestionando y socavando todo lo que creen que funciona mal, pensando que de esa manera se protege a la democracia.

¿Qué se debería hacer? Recientemente, como periodista de El Comercio y durante la campaña electoral presidencial en el Perú, pude formar parte del equipo que puso en marcha la campaña cívica Elecciones 2006, Usted Decide, cuya finalidad fue buscar que nuestros ciudadanos sean capaces de ejercer un voto consciente, responsable y basado en la información.

Tal experiencia, luego de haber participado en foros y mesas redondas, me dejó la siguiente conclusión: Que los políticos del Perú deben respetar y honrar a la democracia. Y eso significa que la democracia debe ser usada como el medio decisivo para el logro de grandes y beneficiosas transformaciones sociales, masivas y sostenidas, como la erradicación de la pobreza y la exclusión social.

Para el logro de esos objetivos es fundamental una concertación entre los diversos grupos políticos del país, para el uso de caminos comunes que eviten la paralización y el entrampamiento de nuestro desarrollo, por causa del egoísmo ideológico y político. Sin duda, eso implica pensar primero en el Perú.

En ese sentido, creo que el trabajo de la prensa no es sencillo. De hecho, los periodistas no deben asumir el simple y cómodo papel de ser los implacables críticos de la realidad, cuestionando y socavando todo lo que creen que funciona mal, pensando que de esa manera se protege a la democracia.

La crítica y la fiscalización es positiva, pero la democracia necesita algo que debe trascender tales aspectos. Sin ser obligada por decreto supremo a hacerlo, la prensa debe asumir un papel formador y orientador, para que la población conozca los beneficios de vivir, compartir y desarrollarse en democracia.

Soy un convencido de que los medios de comunicación tienen el deber moral de denunciar la corrupción y las malas prácticas de funcionarios y políticos. Pero necesariamente los periodistas deberían señalar que si existe un funcionario o un político corrupto, no es porque la democracia sea mala o ineficaz.

Mala no es la democracia y sus caminos. Malos son aquellos personajes que se aprovechan de la nobleza de ese sistema político para alimentar sus egos y bajos propósitos. Esa es la gran tarea pendiente de los periodistas del Perú.

Las llaves de la verdad  

Si bien el Perú vive actualmente en democracia, hay cosas que deben ser mejorar: El acceso a la información oficial es una tarea que sigue siendo complicada para la prensa y lamentablemente los políticos del país continúan manejándose bajo una cultura de secretismo y falta de transparencia que deja las puertas abiertas a la corrupción.

De igual modo, los periodistas deben tener sólidos conceptos morales, profesionales y filosóficos sobre la democracia, la juridicidad y el Estado de Derecho, para poder asumir con responsabilidad la protección y la promoción de esos principios durante el ejercicio de su carrera.

Creo que esa es la razón principal que me motiva a postular al seminario Periodismo y Democracia en Suecia.

Finalmente, les agradezco profundamente el hecho de haberme permitido compartir por medio del presente texto algunas ideas sobre la noble y necesaria democracia.

El reto es muy grande y laborioso. No podía ser de otra manera.

Lima, 17 de julio del 2006

Orazio Potestá
Periodista del diario El Comercio


Cuidado con mirarnos el ombligo

Abril 4, 2007

Aprovechando el contexto de la pobreza y el desempleo, en América Latina viene apareciendo un discurso con cierto tufillo radical y autoritario por parte de ciertos jefes de Estado. La democracia es la principal perjudicada.

Cada cierto tiempo, América Latina es remecida por los resoplidos contra la democracia que dos jefes de Estado suelen proferir a la platea mundial cada vez que tienen un bajón en las encuestas de opinión. O lo que es peor: Cuando simplemente desean ocultar los errores de sus gobiernos bajo la cortina de humo de un maquinado duelo verbal con supuestos enemigos peligrosos y de alto vuelo.

Democracia

Hugo Chávez y Evo Morales, presidentes de Venezuela y Bolivia respectivamete, conforman el llamado “eje nacionalista y revolucionario” en América Latina.

Hugo Chávez (Venezuela) y Evo Morales (Bolivia) se han convertido en los personajes de mayor relevancia mediática de los tiempos recientes, pero no por haber aliviado la pobreza de sus respectivos países. Ambos jefes de gobierno, autonombrados hijos predilectos de una ideología nacionalista –controladora y clientelista– suelen ridiculizar y denostar a la democracia y sus caminos, pese a ser el sistema político que generosamente los llevó al poder y a la histórica posibilidad de hacer cosas trascendentes por sus pueblos.

Al considerarse abanderados de la izquierda, es conveniente limpiar la imagen de la izquierda. La izquierda ha demostrado que no solamente puede sobrevivir en democracia, sino que puede actuar como un soporte fundamental de ese sistema político, siendo el motor de inusitados despegues económicos y sociales. Ejemplos claros son Felipe Gonzalez en España y de Luis Ignacio Lula Da Silva en Brasil.

Habría que determinar si ambos personajes –Chávez y Morales– pertenecen realmente a una izquierda comprometida y honesta, como pasó con Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, políticos del Perú que nunca llegaron a jefes de Estado, pero que hicieron cosas notables. O si simplemente se aprovechan del romanticismo y del aroma de lucha social de la izquierda para subirse al carro del poder.

Una izquierda de moda

Juan o Pablo o Enrique o Miguel puede ser el nombre de un jovencito como millones en América Latina, sumido en la pobreza, sin empleo y sin educación, que puede verse encendido y entusiasmado por un discurso incendiario y radical, como los esbozados por Evo Morales y Hugo Chávez.

En la América Latina de hoy pareciera que la izquierda es una moda y no precisamente un modelo a ser implantado con la responsabilidad que las sociedades demandan.

Carlos Decker-Molina, un periodista de Bolivia que llegó a Suecia huyendo de las dictaduras de su país, sostiene que en Latinoamérica no se aprecia una izquierda total y vigorosa, consistente y planificada, sino que conviven “varias izquierdas” cuyos arañazos de cambio radical son desordenados y ciertamente desfasados.

Hugo Chávez tiene ya casi una década en el poder y ha encabezado una guerra contra los periodistas que no han aceptado colocarse la boina que caracteriza su movimiento.

Evo Morales ha planteado a sus legisladores una norma para ser reelegido en el cargo y ha señalado públicamente que los medios de comunicación son los reales enemigos de su gobierno.

“Hugo Chávez y Evo Morales se han convertido en los personajes de mayor relevancia mediática de los tiempos recientes, pero no por haber aliviado la pobreza de sus países”. 

La represión contra la prensa, las sospechas de fraude electoral, las reelecciones enfermizas, el despilfarro de dinero, el autoritarismo y la corrupción, son pinceladas de un enorme paisaje que parece muy conocido.

Se trata de un nuevo sistema autoritario que evita el uso de tanques y aviones artillados como en el Chile de Salvador Allende.

Las nuevas dictaduras

Ahora los métodos son sutiles y menos brutales. Alberto Fujimori (Perú) y Carlos Saúl Menem (Argentina) fueron los precursores de ese nuevo modelo de dictadura, solapada y serpenteante, basada en el control de los poderes y de las instituciones del Estado, junto al ajuste tributario contra los medios de comunicación.

Anmartya Zen tuvo mucha razón cuando dijo que la pobreza en muchas regiones en el mundo no se debía precisamente a la falta de dinero o de recursos naturales, sino a la carencia de instituciones que regulen el trabajo del Estado y sus autoridades.

“Los periodistas que se miran el ombligo son indispensables para los caudillos que desean perpetuarse en el poder. Me refiero a los periodistas que tardan lustros en reconocer la diferencia entre un tigre y un león, entre un dictador y un demócrata”.

Por eso somos pobres en América Latina: lo somos porque cada cierto tiempo aparece un caudillo que jura tener las soluciones a los problemas de su país, sin diálogo ni consenso. Incluso, tales personajes no dudan en querer exportar sus métodos pese a tener mendigos en las puertas de sus respectivas casas de Gobierno.

En Argentina, particularmente en Buenos Aires, se dice que una persona “se mira el ombligo” cuando no es capaz de reconocer lo evidente, rehuyendo a la realidad y renunciando su capacidad de protesta.

Los periodistas que se miran el ombligo son indispensables para los propósitos de los caudillos de perpetuarse en el poder. Me refiero a los periodistas que tardan lustros en reconocer la diferencia entre un tigre y un león, entre un dictador y un demócrata. ¿Una democracia apaleada es una democracia? No hay medias tintas.

Niegan que Hugo Chávez y Evo Morales sean autoritarios o que vayan por ese camino. O son ignorantes o son cobardes. Hay que tener mucho cuidado con las dictaduras modernas.

En el Perú, por debatir eternamente si Alberto Fujimori era dictador o simplemente un gobernante autoritario, casi se queda 25 años en el poder.

Entretanto, centenares de peruanos decentes y comprometidos, estudiantes universitarios, junto a ciudadanos indefensos y humildes, fueron asesinados por grupos paramilitares, mientras el Estado era saqueado y empobrecido.

Muchos periodistas peruanos se miraron el ombligo y no reconocieron que una democracia a medias no es democracia. O que la democracia como sistema de gobierno no puede ser vista como la paleta de un artista, abundante en matices y experimentos de color. La democracia es una sola, sin medias tintas. Lo repito.